¿Y si los pisos del futuro no tuviesen cocina?
La idea de construir apartamentos sin cocina ha encendido el debate sobre el modelo de vivienda que se está imponiendo en las grandes ciudades. La propuesta, que se atribuye al empresario Juan Roig para alojamientos de una o dos personas, choca con una realidad demográfica: cada vez más hogares son unipersonales y las cocinas completas se usan menos. El asunto va más allá del ladrillo: toca la definición misma de lo que significa un hogar.
El origen de la polémica: Roig y los apartamentos sin cocina
La controversia arranca de unas declaraciones atribuidas a Juan Roig, presidente de Mercadona, en las que habría sugerido que los pisos pequeños no necesitan una cocina completa. La reacción no se hizo esperar: desde sectores que lo tildan de querer imponer un modelo de vida precario hasta quienes ven en la idea una solución racional para el centro de las ciudades. La discusión se ha convertido en un termómetro de la tensión entre eficiencia económica y calidad de vida.
El detonante fue una información publicada por
El País en la que se atribuía a Roig la propuesta de eliminar cocinas en apartamentos para una o dos personas. La noticia generó un aluvión de reacciones: desde quienes acusaban al empresario de querer convertir las viviendas en meros lugares de paso hasta quienes recordaban que en Asia es común que los apartamentos pequeños solo tengan un office con microondas y un fuego pequeño. La pregunta de fondo es si España está dispuesta a renunciar a un espacio que históricamente ha sido el corazón de la casa.
¿Qué dice la normativa sobre viviendas sin cocina?
En España, según un participante del debate, la normativa autonómica y municipal exige que toda vivienda tenga una cocina o, al menos, un espacio destinado a la preparación de alimentos. No se pueden construir viviendas sin cocina, pero sí se permiten soluciones tipo office. La clave está en la interpretación de lo que constituye una cocina: desde un espacio con fregadero, fuego y campana hasta un simple rincón con microondas y una placa portátil. La legislación no prohíbe los apartamentos pequeños, pero sí obliga a que tengan un espacio mínimamente equipado para cocinar.
La propuesta de Roig, por tanto, no sería legal en su versión más extrema, pero sí lo sería en formatos intermedios. Lo que está en juego no es solo la legalidad, sino el modelo de ciudad: si se apuesta por viviendas mínimas para solteros y parejas, el centro urbano se llena de unidades habitacionales que no compiten con pisos familiares. Eso, a su vez, presiona a las familias a desplazarse a la periferia.
El argumento económico: ahorro de espacio y costes
Los defensores de eliminar la cocina completa argumentan que se gana espacio útil y se reducen costes de construcción. En ciudades donde el metro cuadrado está por las nubes, prescindir de 8 o 10 metros de cocina puede suponer un ahorro significativo. Además, el auge de la comida a domicilio y los servicios de suscripción alimentaria hacen que cocinar sea una actividad residual para muchos jóvenes y solteros.
El cálculo es sencillo: si una persona come fuera o pide a domicilio cinco días a la semana, la cocina se convierte en un espacio infrautilizado. En Asia, especialmente en ciudades como Singapur, es más barato comer en puestos callejeros que cocinar en casa, según un participante. Ese modelo, importado a España, chocaría con una cultura donde la cocina es el centro de la vida familiar. Pero los datos demográficos son tozudos: el número de hogares unipersonales no deja de crecer y las parejas sin hijos son ya un segmento mayoritario en el centro de las grandes ciudades.
La réplica: sin cocina no hay hogar
La oposición a la idea es visceral en amplios sectores. Se argumenta que una casa sin cocina no es un hogar, sino una habitación de hotel. La palabra «hogar» viene de «fuego», y el fuego se hacía en la cocina. Eliminar ese espacio es, para muchos, despojar a la vivienda de su función socializadora y de autonomía. Cocinar no es solo alimentarse: es una actividad económica, cultural y de subsistencia.
Quienes rechazan el modelo recuerdan que en épocas de crisis, tener una despensa y saber cocinar ha sido la diferencia entre pasar hambre y no pasar hambre. La pandemia dejó claro que depender exclusivamente de la comida a domicilio es un riesgo. Además, señalan que este tipo de viviendas ya existen en el centro de Madrid y otras capitales, y que nadie aguanta mucho tiempo viviendo así. Se ven como alquiler temporal, no como vivienda definitiva.
El modelo asiático: ¿es trasladable a España?
En muchas ciudades asiáticas, los apartamentos pequeños carecen de cocina completa. La comida callejera y los restaurantes suplen esa función. Pero ese modelo responde a una densidad urbana extrema y a una cultura gastronómica distinta. En España, la prohibición de los carritos de comida callejera y la menor oferta de restauración económica hacen que el trasplante no sea directo.
Además, el clima y los horarios juegan un papel: en España se cena tarde y en casa, mientras que en Asia es más común comer fuera a cualquier hora. La comparación, por tanto, es tramposa. Lo que funciona en Singapur o Tokio no tiene por qué funcionar en Madrid o Barcelona. La pregunta es si el mercado español está dispuesto a aceptar un producto que rompe con décadas de tradición residencial.
El futuro demográfico: más solos, menos cocinas
La inversión de la pirámide de población apunta a que el segmento mayoritario será el de personas solas o parejas sin hijos, según un participante. En 25 años, ese perfil dominará el centro de las ciudades. Para ellos, una cocina completa puede ser un lujo innecesario. El mercado ya está respondiendo con apartamentos mínimos, y la tecnología (airfryer, olla lenta, microondas) permite cocinar de forma básica sin grandes instalaciones.
El debate, sin embargo, no es solo económico. Es cultural. La cocina ha sido el último reducto de la soberanía alimentaria. Renunciar a ella es renunciar a decidir qué comes y cómo lo comes. Y eso, para muchos, no tiene precio. La discusión sigue abierta: ¿es el fin del hogar tal y como lo conocíamos o una adaptación inevitable a la nueva realidad demográfica?