El menú del día cae un 48%: la era del bar de toda la vida se apaga
El menú del día no está en crisis: está en caída libre. El gasto en los menús de mediodía se ha desplomado un 48% desde 2018, y la primera reacción es buscar culpables. Los hay: precios que han pasado de 8 a 16 euros en cinco años, raciones que encogen sin avisar, salarios que no llegan y una competencia inesperada que se llama Mercadona.
Pero la foto tiene más matices de los que caben en un titular. La caída del gasto convive con un récord de empleo en hostelería y con más restaurantes que nunca. Lo que se está hundiendo, concretamente, es el bar tradicional de menú: el de la cuchara, el vino con casera y el postre casero.
Menos bares, más restaurantes: la estadística que desmonta el mito
Los datos del sector pintan una transformación, no una hecatombe. Según las estadísticas manejadas en el análisis, España tenía más de 202.000 bares en 2010; en 2023 la cifra había caído a 168.065, un 4,5% menos que el año anterior, y hoy se movería en torno a los 164.000. Los establecimientos de bebidas han perdido unos 39.300 locales, un 19,4%, mientras los restaurantes han ganado 15.150, un 21,1%.
Traducción: el bar de toda la vida cierra, pero el espacio lo ocupan otros formatos, sobre todo comida rápida y para llevar. No es que España haya dejado de comer fuera; es que come fuera de otra manera.
El precio ya no es el único problema: la calidad también
Quienes aún defienden el menú del día cuentan maravillas de un pueblo de La Mancha donde por 15 euros se elegía entre siete primeros y siete segundos, con judías con perdiz, carrillera, vino con casera y postre casero. Pero esos sitios son cada vez más la excepción. La norma es la cazuelita bonita con un risotto pequeño, el menú que sube de 13 a 15 euros sin aumentar el plato y zonas donde ya no baja de 20.
La queja se extiende: raciones más pequeñas, atención peor y una relación calidad-precio que ya no compensa. Hay incluso quien se ha propuesto dejar de ir a bares hasta que la experiencia sensorial vuelva a justificar el desembolso. A este paso, el vermut en el Gran Casino de Montecarlo sale más rentable que una mesa sin limpiar en una terraza.
Mercadona, el elefante en la mesa del bar
La competencia no viene solo de otros restaurantes. A las tres de la tarde, la zona de comida del Mercadona está llena: trabajadores, matrimonios, madres con hijos y parejas jóvenes. Por cinco euros comes algo de microondas, eso sí, con el móvil en la mano. Es la economía de la funcionalidad, y es difícil de batir.
Algunos van más allá: llaman a esto normalizar la pobreza. Ahorras unos euros, pero pierdes la comida de verdad, el trato humano y la pausa del mediodía. El menú precocinado es barato, pero no es gratis: se paga en socialización y en calidad nutricional. Mientras tanto, el dueño de la cadena de supermercados sonríe en la caja.
Sueldos que no dan para más: la otra lectura
La explicación que menos gusta al sector es la más incómoda: el país se ha empobrecido y el menú del día se ha convertido en un lujo. El coste de la vida ha subido mucho más que los salarios, y la subida del salario mínimo no ha compensado la inflación de la cesta y los alquileres. El proceso de perder poder adquisitivo no es un accidente: vino para quedarse.
De ahí el cinismo de ver el IBEX en máximos mientras las mesas se vacían. Hay una vieja sabiduría popular que dice que cuando la bolsa sube, el pueblo pasa hambre. No es exactamente eso, pero la dirección es la correcta: el menú del día, ese invento que daba de comer a media España, es hoy un indicador de clase.
¿Se acabará el menú del día?
La previsión no es optimista. Si la tendencia continúa, el menú del día pasará de ser un hábito a una anécdota, un producto de fin de semana en zonas turísticas. Pero no tiene por qué ser así: la demanda existe, como demuestran las colas en los sitios que aún cuidan el producto y el precio. La pelota está en el tejado de la hostelería.
El día que un hostelero vuelva a ofrecer un primero decente, un segundo honesto, pan, bebida y postre por 12 o 13 euros, el bar se volverá a llenar. Mientras tanto, la caída del 48% no será un bache: será el epitafio. Y el único consuelo, para algunos, será ver llorar sangre a los que subieron el precio a 20 euros sin arreglar nada.