Los españoles no renuncian a las vacaciones pero recortan el gasto en hostelería
Una paradoja recorre las costas españolas este verano: las playas están llenas, pero muchos chiringuitos y restaurantes ven cómo sus terrazas se vacían mientras los supermercados cercanos registran colas. «Me como un bocadillo en la playa en vez de gastar en un restaurante», resume la nueva estrategia de un país que no está dispuesto a renunciar a sus días de descanso, pero que ha visto cómo su poder adquisitivo se evaporaba.
Según los datos que maneja el sector, una ración de ocho boquerones fritos se cobraba a ocho euros en un chiringuito de playa hace dos temporadas. Ejemplos como este se repiten en cada rincón turístico, donde el precio de una consumición mínima roza lo «irracional». La cesta de la compra ha subido un 30% en tres años, y los salarios no han seguido el mismo ritmo. Ante esta tesitura, los hogares han optado por una solución drástica: mantienen el viaje, pero eliminan todo gasto prescindible.
El turista alemán también aprieta el cinturón
El fenómeno no es exclusivo de los españoles. En Mallorca, los hosteleros ya lloraban el verano pasado al ver cómo los turistas alemanes llegaban con lo justo para pagar el alojamiento y se compraban la comida y las latas de cerveza en el súper. Ni una cerveza con bravas en una terraza. «Esto era antes de la guerra de Irán y de que el queroseno se encareciera un 200%», apuntan fuentes del sector. El turismo de masas, alimentado por energía barata, muestra sus primeras grietas.
Y es que el coste del transporte ha explotado. volar por 20 euros es cada vez más difícil, y el modelo low cost se resiente. Quienes aún pueden permitirse unas vacaciones se alojan en apartamentos compartidos —a veces siete personas en un Airbnb— y cenan precocinado de Mercadona. Incluso ha surgido un nuevo hábito: pedir por Glovo un pack de cervezas y una paella preparada directamente a la toalla.
Hostelería herida de muerte o rescate al alza
La reacción del sector no se ha hecho esperar. Mientras unos achacan la caída de ingresos a la pérdida de poder adquisitivo, otros señalan los márgenes abusivos: «El bar más cutre de cualquier ciudad ya te cuesta 150 euros para dos personas». Algunos apuntan a que el IVA reducido de la hostelería (10%) podría subir al 21%, lo que encarecería aún más el servicio. La guerra entre hoteleros y restauradores está servida: los primeros se llevan la mayor parte del presupuesto vacacional, dejando a los segundos con las migajas.
¿Vuelta a los años 80?
Hay quien ve en esta tendencia un retorno a las vacaciones de hace décadas: viajes incómodos, comidas frías en la arena y duchas en el camping. «Mi padre íbamos a Benalmádena cinco en un 127 y parábamos en los ríos a comer bocadillo», recuerda un comentario recurrente. La nostalgia se mezcla con la certeza de que, para muchos, el lonchafinismo ha dado paso a una fase de supervivencia más austera.
El debate de fondo es si esta contención del gasto es un ajuste temporal o un cambio estructural. Lo que está claro es que, a medio plazo, el turismo se dividirá en dos: un segmento premium para quien pueda pagar vuelo directo, hotel con encanto y cena con vino; y un turismo low cost low experience, donde el bocadillo en la playa es el plato principal. Entre medias, la clase media que se quedará en casa.
¿Hasta cuándo aguantará el modelo sin que estalle la burbuja turística? La respuesta, probablemente, la dará el precio del barril de petróleo.