ELOY, EL GRAN EMPRENDEDOR: DE SALVAR A MEDIA ESPAÑA A SALIR POR PATAS HACIA EL SALVADOR
Lo de Eloy es digno de estudio. Tenemos ante nosotros a otro de esos emprendedores de YouTube que aparecen con una cámara, cuatro ideas cogidas con pinzas y una seguridad en sí mismos inversamente proporcional a la solidez de sus proyectos. Durante una temporada se dedican a explicar cómo hay que vivir, cómo hay que invertir, cómo hay que escapar del sistema y cómo conseguir la libertad financiera. Y cuando llega la hora de comprobar los resultados, resulta que el siguiente capítulo de su gran aventura consiste en cambiar de país.
Qué casualidad.
El hombre que tenía respuestas para todo parece haber descubierto que la realidad no se deja domesticar con un vídeo de veinte minutos, una miniatura con cara de preocupación y un título del tipo «TOMAMOS UNA DECISIÓN QUE LO CAMBIA TODO».
Porque esa es otra. Los gurús de Internet jamás se equivocan: simplemente evolucionan. Nunca abandonan un proyecto; cierran una etapa. Nunca fracasan; aprenden. Nunca se quedan sin opciones; están explorando nuevas oportunidades. Y nunca salen por patas; emprenden una migración estratégica hacia mercados emergentes.
Que no cunda el pánico: Eloy no se ha marchado, está diversificando geográficamente su marca personal.
Si mañana termina viviendo en una tienda de campaña, seguro que el vídeo se titulará «POR FIN SOMOS LIBRES: NUESTRA NUEVA VIDA MINIMALISTA». Y si acaba durmiendo en un banco, no será porque las cosas hayan ansioso mal, sino porque ha decidido experimentar con la arquitectura urbana de bajo coste.
EL HOMBRE QUE QUERÍA ENSEÑARNOS A VIVIR
Lo verdaderamente llamativo es esa costumbre de algunos personajes de Internet de ponerse en posición de maestros de la vida cuando todavía están intentando resolver la suya.
Eloy no es simplemente un individuo que prueba suerte con un proyecto. El problema aparece cuando uno se presenta como alguien capacitado para asesorar a otros, venderles una visión del mundo y convencerlos de que tiene las claves para salir adelante.
Porque una cosa es contar tus experiencias y otra muy distinta presentarte como quien ha encontrado el camino que los demás no somos capaces de ver.
El ciudadano medio se levanta, trabaja, paga sus facturas, intenta ahorrar y procura no meterse en demasiados líos. Eloy y otros miembros de esta escuela de emprendimiento digital parecen haber descubierto un método superior: grabar el proceso de intentar construir algo, convertir cada contratiempo en contenido y explicar que todo forma parte de un plan maestro.
Es el capitalismo del tutorial: no necesitas demostrar que has construido un negocio rentable; necesitas conseguir que suficientes personas crean que estás a punto de conseguirlo.
Y si además puedes venderles asesoramiento, cursos o la posibilidad de aprender de tu experiencia, mejor todavía.
El negocio ya no consiste necesariamente en construir contenedores, viviendas o proyectos viables. El negocio puede acabar siendo explicar cómo se construyen, aunque el espectador se quede esperando a que llegue el resultado final.
Eso sí que es economía circular: das vueltas alrededor del mismo proyecto, produces vídeos sobre las vueltas que das y monetizas las preguntas de quienes todavía esperan ver el proyecto terminado.
EL SALVADOR: NUEVO PAÍS, NUEVO DECORADO Y LA MISMA CÁMARA
Ahora toca El Salvador.
Parece que algunos emprendedores tienen un GPS especial que, cuando detecta problemas, activa automáticamente la ruta hacia otro país.
España es imposible. Los impuestos son insoportables. El sistema no deja vivir. La burocracia te mata. Los alquileres son una locura. La gente no entiende tu proyecto.
Solución: coger las maletas y probar suerte en otro sitio.
Y ojo, que emigrar es perfectamente legítimo. Mucha gente se marcha de España para buscar trabajo, mejorar su situación económica o empezar de nuevo. Lo que resulta llamativo es convertir cada mudanza en una revelación filosófica y cada cambio de escenario en la prueba definitiva de que ahora sí has descubierto cómo funciona el mundo.
Porque cambiar de país no equivale a resolver tus problemas. Los problemas económicos no desaparecen al cruzar una frontera, y las malas decisiones tampoco se quedan esperando en el aeropuerto de Barajas.
Si uno no tiene un modelo de negocio sólido, cambiar de continente no hace que aparezca por arte de magia. Si uno no sabe calcular los costes de una actividad, los números siguen sin cuadrar aunque el fondo del vídeo sea tropical. Y si uno ha dado consejos que han perjudicado a otras personas, mudarse no convierte retrospectivamente esos consejos en buenos.
El pasaporte sirve para cruzar fronteras, no para borrar el historial de tus decisiones.
Me imagino la escena dentro de unos meses.
Eloy sentado frente a la cámara, con cara de haber descubierto una conspiración internacional, explicándonos que la experiencia salvadoreña le ha enseñado cosas que en España era imposible aprender.
«Chicos, después de mucho reflexionar, hemos entendido que el problema no era el proyecto, sino el entorno».
Traducción simultánea: el proyecto sigue teniendo los mismos problemas, pero ahora los grabamos con palmeras detrás.
Y si la aventura sale bien, será una demostración de que tenía razón desde el principio. Si sale mal, será una experiencia de aprendizaje. Si sale regular, será una etapa de transición. Y si tiene que volver a mudarse, siempre podrá publicar un vídeo titulado «CERRAMOS UN CICLO PARA ABRIR OTRO».
Qué tranquilidad debe de dar tener un vocabulario tan flexible.
EL EMPRENDEDOR QUE NUNCA FRACASA
Hay una especie de religión moderna en Internet según la cual todo el mundo debe convertirse en emprendedor, abandonar su trabajo, perseguir sus sueños y construir una vida extraordinaria.
Lo que no te cuentan con la misma alegría es que los negocios tienen gastos, los proyectos requieren planificación, las inversiones pueden salir mal y las decisiones equivocadas tienen consecuencias.
El problema de los gurús no es que emprendan. Ojalá les vaya bien a todos los que intentan montar algo por su cuenta.
El problema es cuando se confunde tener una cámara con tener una empresa, tener seguidores con tener clientes satisfechos y hablar con seguridad con saber de lo que se está hablando.
Porque en YouTube puedes parecer un genio durante tres temporadas sin haber demostrado gran cosa en el mundo real.
Un empresario serio tiene que preocuparse de los números, los contratos, los costes, los plazos y la viabilidad de su negocio. El empresario de contenido tiene otra preocupación fundamental: que la miniatura tenga suficiente dramatismo para que la gente pulse.
Al primero le preocupa que el proyecto funcione. Al segundo, que el episodio funcione.
Y cuando ambas cosas coinciden, estupendo. Pero cuando no coinciden, puedes acabar con una audiencia convencida de que está presenciando una revolución empresarial mientras el protagonista se dedica a anunciar el siguiente cambio de rumbo.
Es el milagro del emprendimiento audiovisual: puedes estar permanentemente empezando sin llegar nunca a terminar.
¿Y QUÉ PASA CON LA GENTE QUE SE CREYÓ EL DISCURSO?
Aquí está la parte que me parece más importante.
Si, como sostienen algunos críticos, Eloy asesoró mal a personas que confiaron en él y acabaron tomando decisiones perjudiciales, la cuestión no se resuelve con una mudanza ni con un nuevo proyecto en otro país.
Habría que analizar qué recomendó exactamente, qué compromisos asumió, qué resultados prometió y qué consecuencias tuvo todo aquello. Cada caso debería juzgarse con hechos y pruebas, no con rumores.
Pero, precisamente por eso, estaría bien que alguien que ha ocupado el papel de asesor explicara con claridad qué salió bien, qué salió mal y qué responsabilidad le corresponde.
Porque es muy fácil hablar de libertad, independencia y valentía cuando estás vendiendo una idea. Lo difícil es mantener la misma energía cuando alguien te pregunta por los resultados.
A los seguidores se les puede pedir paciencia. A los clientes, comprensión. A los críticos, que no sean haters. Y al universo, que conspire a tu favor.
Pero llega un momento en el que alguien tiene que presentar las cuentas.
La libertad financiera está muy bien, pero la libertad de dar explicaciones tampoco debería estar mal vista.
Y si realmente hay personas que se consideran perjudicadas, tienen todo el derecho a pedir explicaciones por las vías adecuadas. No hace falta amenazar a nadie ni recurrir a la violencia. Los contratos, los mensajes, las facturas y los hechos son bastante más útiles que cualquier calentón.
Eso sí, hay una diferencia enorme entre recibir críticas por tus decisiones y estar legitimado para ignorarlas porque te has mudado a otro país.
Internet tiene memoria. Los vídeos siguen ahí, las declaraciones pueden recuperarse y las promesas no desaparecen porque cambies la ubicación de tu canal.
Puedes cambiar de continente, pero no puedes exigir que todo el mundo cambie de opinión sobre ti.
ROCKY, EL ÚNICO QUE NO HA FIRMADO EL PLAN DE NEGOCIO
Y ahora llegamos a Rocky, el perro que parece haberse convertido en compañero de reparto de esta aventura.
De verdad, que alguien piense un momento en el animal.
Rocky no ha elegido convertirse en protagonista secundario de una serie documental sobre emprendimiento internacional. No ha rellenado un formulario de traslado, no ha estudiado el mercado salvadoreño, no ha participado en ninguna reunión estratégica y no ha votado a favor del cambio de país.
El perro probablemente solo quiere comer, beber, dormir, pasear y tener una vida tranquila.
Pero ahí lo tienes, convertido en compañero de viaje mientras su dueño intenta escribir el siguiente capítulo de su historia personal.
Rocky no necesita una marca personal. Necesita un dueño que se ocupe de él.
Que se asegure de que tiene agua, comida, atención veterinaria, sombra y un lugar seguro donde descansar. Que el animal no pague las consecuencias de los bandazos humanos.
Y que no se convierta en una herramienta emocional para vender la aventura. Porque en YouTube los animales funcionan de maravilla: generan ternura, humanizan al protagonista y consiguen que hasta el espectador más desconfiado se preocupe por cómo va a terminar la historia.
Pero Rocky no es un recurso narrativo. Es un ser vivo.
Si el proyecto consiste en empezar de cero, que el perro tenga garantizado lo básico antes de convertirlo en parte de la expedición.
Bastante tiene con adaptarse a los cambios sin que encima le toque protagonizar una nueva temporada titulada «EMIGRAMOS A EL SALVADOR Y NADA VOLVERÁ A SER IGUAL».
Y si algún día la aventura vuelve a cambiar de rumbo, esperemos que Rocky no termine siendo el único miembro del equipo que haya tenido que adaptarse a todas las decisiones sin haber podido opinar sobre ninguna.
EL NUEVO HOMBRE LIBRE
Lo más irónico de estos discursos es que suelen presentar la libertad como una cuestión de ubicación geográfica.
Que si España te esclaviza, que si el sistema te impide vivir, que si necesitas abandonar todo para empezar de nuevo.
Pero la libertad también consiste en poder mantenerte económicamente, tomar decisiones informadas y no depender de que una audiencia siga interesada en tus aventuras.
Si para sostener tu proyecto necesitas estar anunciando constantemente un nuevo comienzo, quizá convendría preguntarse si estás construyendo una vida estable o una sucesión de episodios.
Porque una cosa es vivir de una forma diferente y otra muy distinta convertir la inestabilidad en una identidad comercial.
Hay personas que se van al campo y construyen una explotación rentable. Otras emigran y montan negocios que funcionan. Otras cambian de vida y descubren que han tomado una buena decisión.
Y luego está el universo de los eternos proyectos: hoy contenedores, mañana autosuficiencia, pasado mañana emigración y el mes siguiente una revelación sobre por qué todo lo anterior era necesario.
Cada fracaso potencial se convierte en una nueva oportunidad de contenido.
Si el contenedor no funciona, hablamos de libertad. Si la libertad no funciona, hablamos de emigración. Si la emigración no funciona, hablamos de aprendizaje. Y si tampoco funciona el aprendizaje, siempre queda abrir otro canal.
Es el ciclo de la vida del emprendedor digital: la oruga se convierte en mariposa, la mariposa se convierte en creador de contenido y el creador de contenido termina haciendo un vídeo de cuarenta minutos sobre las dificultades de ser creador de contenido.
CONCLUSIÓN: MENOS EPOPEYA Y MÁS RESULTADOS
Eloy tiene todo el derecho a vivir donde quiera, a probar suerte en El Salvador y a intentar sacar adelante cualquier proyecto legal que se proponga.
Pero el derecho a empezar de nuevo no implica que los demás tengan la obligación de aplaudirte, olvidar lo anterior o aceptar sin preguntas tu nueva versión.
Si las cosas han ansioso mal, que lo explique. Si ha cometido errores, que los reconozca. Si ha asesorado a personas y alguna considera que ha ansioso perjudicada, que se aclaren los hechos. Y si su nuevo proyecto es sólido, que lo demuestre con resultados.
Sin necesidad de montar una película cada vez que cambia algo.
Porque a estas alturas, lo que menos necesita Internet es otro profeta que nos explique cómo escapar del sistema mientras convierte cada giro de su vida en una campaña de promoción personal.
Eloy, menos épica y menos vender la moto. Si has encontrado la fórmula para vivir mejor, perfecto: enséñanos los resultados. Pero si todavía estás buscando la fórmula, quizá sería más honesto reconocerlo antes de ponerte a asesorar a los demás.
Y, sobre todo, deja que Rocky sea un perro, no el copiloto de una odisea empresarial.
Que bastante tiene con seguirle el ritmo a su dueño sin que le toque pagar también las consecuencias del próximo «empezamos de cero».
Al final, el verdadero lujo no es mudarse a otro país, grabar un vídeo con música épica y anunciar que comienza una nueva etapa.
El verdadero lujo es tener un proyecto que funcione, poder dormir tranquilo y no necesitar explicar cada pocos meses por qué esta vez sí que va a salir todo bien.
Y si algún día Eloy consigue eso, seré el primero en reconocerlo. Pero hasta entonces, menos gurú de la libertad y más demostración de que el invento funciona. Porque de promesas, mudanzas y vídeos de nuevos comienzos ya vamos bastante servidos.