De Al-Qarawiyyin a Salamanca: quién inventó la universidad
La universidad moderna no la inventó un solo pueblo ni una sola religión. Esa obviedad es justo lo que se discute cuando el foro se enreda en quién fundó las primeras universidades. La respuesta no cabe en un titular: es una pugna entre la madrasa y la universidad europea de origen eclesiástico. Y, de paso, entre dos maneras de contar la historia según a quién se quiera poner en el centro.
El primer centro de estudios superiores: una mujer y una mezquita
Hay quien defiende que la primera universidad la fundó una mujer. Quien sostiene ese relato añade el matiz que desarma el elogio fácil: en ese centro
no se dejaba estudiar a las mujeres hasta los años 50. La paradoja sirve tanto a quien quiere vender progreso medieval como a quien quiere vender lo contrario.
Frente a esa versión, otro participante sostiene que las universidades europeas son instituciones fundadas y dirigidas por la
Iglesia católica en la Edad Media. Que en ellas se enseña el método científico y el derecho romano, ambos de origen europeo. Y que jamás se ha aprendido nada descubierto por un árabe, según esa versión.
¿De dónde viene el concepto de universidad?
Otro participante apunta más lejos y más al este: si acaso, el concepto de universidad vendría de
Siria o Mesopotamia, no de Marruecos. Sobre el expolio cultural, otra versión sostiene que la cultura antigua sobrevivió a pesar de los musulmanes, que solo habrían recogido lo que les servía y habrían quemado el resto. La suerte de bibliotecas como las de
Alejandría o Constantinopla se usa como prueba. Es una discusión historiográfica real, con poca unanimidad y muchas ganas de repartir culpas.
El ruido de fondo: agravios migratorios
El origen de las universidades dura poco en el candelero. La conversación deriva enseguida al terreno migratorio, donde se cruzan agravios contra distintos colectivos, con propuestas que algunos participantes plantean, como
minar las fronteras o expulsar a grupos enteros, y comparaciones sobre quién delinque más. Son opiniones, no datos: ninguna viene acompañada de fuentes. Lo que revela el tono es cómo un asunto académico acaba convertido en termómetro del malestar social.
Lo previsible es que la pregunta siga mezclándose con la política migratoria mucho antes que con los archivos. Y que dentro de veinte años alguien la vuelva a plantear en otro sitio, con el mismo desorden y las mismas certezas.