Dos varas para medir el mismo periodo
¿Está el oro caro o es el dinero el que no vale nada? La duda asalta a cualquiera que compare la cotización del metal con el ticket de la compra, y la respuesta cambia según la vara que se use. Según un cálculo que circula en el foro, entre 2002 y 2011 el oro se anotó un
500% de subida medido en moneda fiduciaria, mientras la cesta de la compra —los
latunes, en la jerga del hilo— apenas avanzaba un
25%. Dos formas de contar el mismo periodo. Si la vara es el metal, la lata de atún vale cuatro veces menos. Si la vara es la lata, el metal vale cuatro veces más.
El cálculo que enfrenta al metal con la cesta de la compra
Ninguna de las dos lecturas es tramposa, aunque cada una tenga su público. Quien ya tiene oro en la caja fuerte cuenta en onzas y ve que su poder de compra sube, porque llena el carro con la misma cantidad de metal que antes. Quien cobra en billetes cuenta en euros y comprueba que la misma onza que antes le costaba un porcentaje conocido de su sueldo ahora le cuesta bastante más. La distancia no es aritmética, es de unidad de medida.
El matiz lo pone la cadena de producción. Que un producto mantenga el precio no significa que mantenga el margen: si la lata de atún sigue costando lo mismo pero el pescador local ha desaparecido y la materia prima llega de otro país, el precio estable esconde una redistribución completa del negocio. Vale para la leche y para media cesta. Comparar precios sin mirar quién los cobra deja fuera la mitad de la foto.
De ahí el éxito de ciertos inventos metodológicos. El más citado es el
Milor, una suerte de patrón oro virtual que mide todas las divisas contra el metal y ayuda a distinguir si lo que sube es el oro o lo que se hunde es el papel. Los gráficos equivalentes —precio de la vivienda, petróleo o índice S&P expresados en onzas— llevan años circulando entre inversores y muchos intervinientes los consideran la forma más honesta de saber si el metal está caro o simplemente menos barato que su competencia.
Por qué el oro lleva siendo dinero desde el IV milenio a.C.
El argumento histórico se repite con insistencia: hay objetos de oro en enterramientos del
IV milenio a.C., sombreros ceremoniales del
1.400 a.C. y monedas acuñadas en el
siglo VII a.C.. Ningún banco central votó nada de eso. El metal se impuso por consenso tácito —escaso, inoxidable, divisible y no fabricable a voluntad— y a los políticos les habría venido bien librarse de él.
Todo el planteamiento descansa en esa idea: el oro no es una materia prima más, es la competencia directa del dinero fiduciario. Y si es dinero, entonces no se aprecia: es el billete el que se deprecia, sostienen los defensores del metal.
«A lo mejor lo que pasa es que no vale demasiado el oro y la plata sino lo que vale demasiado poco es el papel», resume una de las corrientes más repetidas.
¿Puede repetirse la caída de 1980?
La última gran corrección del metal data de
1980 y es la referencia obligada para calibrar el riesgo. Quienes descartan que se repita señalan que aquel año marcó el arranque de una expansión del crédito que ahora llega a su fin, un ciclo distinto. Quienes desconfían piden revisar los motivos exactos de aquel desplome antes de dar el escenario por muerto. El precedente está en
1971:
Bretton Woods murió cuando el gobierno estadounidense ya no podía respaldar a
35 dólares la onza un dinero impreso de más.
El umbral de los 1.000 dólares y el cierre de minas
Para un forero hay un suelo que no depende de la fe de nadie: por debajo de los
1.000 dólares la onza, una parte muy importante de las explotaciones mineras dejaría de ser rentable y echaría el cierre, con menos producción, menos oferta y presión al alza sobre el precio. Otro interviniente apuntala la tesis: los bancos ya exigen estudios de viabilidad muy estrictos, incluso por duplicado, antes de financiar un proyecto, y sin financiación no hay mina nueva que compense las que se apaguen.
Oro papel, certificados y el metal que no está en la bóveda
Queda el capítulo más incómodo: el del oro que no existe. La sospecha de manipulación se canaliza a través del llamado
oro papel, derivados y certificados que prometen metal sin mover un lingote. En ese terreno circula una advertencia sin confirmar: solo el oro físico depositado en bóveda bancaria tendría riesgo cero, mientras que los certificados de posesión cargarían un perfil de riesgo máximo. Nadie ha demostrado que ese reparto sea el vigente.
La escena cotidiana ayuda a medir la temperatura. Un forero que acudió a una casa de compraventa comprobó que solo vendían cadenitas, perlitas y piezas de segunda mano, pero ninguna moneda. «¿Y si entran monedas?», preguntó. «No hay manera de retenerlas», le respondieron, sonrisa incluida. El detalle es anecdótico, pero describe un negocio donde la pieza buena se aparta antes de llegar al escaparate.
Con estos mimbres, saber si los metales están burbujeados depende de si uno cree que algún banco central va a confesar que imprimió de más. Nunca lo ha hecho. Y el oro, mientras tanto, sigue sin deberle explicaciones a nadie.