La salud de los migrantes en Ceuta: el contagio es la consecuencia
Miles de migrantes malviven en las calles de Ceuta, a la intemperie, en plena crisis humanitaria. En ese escenario, la presidenta de los epidemiólogos, María João Forjaz, ha señalado que sus problemas de salud no son contagiosos: deshidratación, malnutrición, heridas y estrés postraumático. La advertencia llega después de que Alberto Núñez Feijóo anticipara “una crisis de salud pública” y atribuyera a estas personas casos de tuberculosis y de sarna. El choque no es sanitario, es político.
La tuberculosis no se genera espontáneamente, pero se expande donde hay miseria
De un lado, quienes sostienen que las enfermedades las traen los propios migrantes: el bacilo de la tuberculosis no surge por generación espontánea, argumentan, y Ceuta se convierte en un presunto foco de contagio. Del otro, los que recuerdan que la tuberculosis y la sarna son enfermedades de la pobreza: se propagan donde falta higiene, hay hacinamiento y no llega la atención primaria. La evidencia citada por Forjaz apunta a que las dolencias con las que llegan no son infecciosas. El problema es lo que encuentran al llegar: condiciones infrahumanas.
Salud pública o arma política: la instrumentalización de la crisis
La discusión deriva rápido hacia la estrategia. Un sector del análisis ve en las declaraciones de Feijóo un intento de convertir la crisis humanitaria en un problema de orden público. Otros denuncian que el relato contrario blanquea la inmigración masiva. En medio quedan los migrantes, sin techo, con el colchón sanitario roto. La industria farmacéutica, de paso, aplaude: más enfermedades, más negocio.
La pregunta incómoda no es si traen enfermedades al cruzar la frontera, sino qué está dispuesta a hacer la administración con la gente que ya está aquí, malviviendo en la calle. El dato clínico es claro: ninguna de las condiciones que describe Forjaz es contagiosa. El diagnóstico político, en cambio, sigue abierto.