Labubu: 700 euros en cajas sorpresa que se revenden como inversión
Una joven vuela Madrid-
Barcelona de ida y vuelta en el día para comprar Labubus. Otra llega desde Logroño. Un matrimonio estadounidense recorre Europa con el encargo de sus hijas: no volver sin los muñecos. La tienda que Pop Mart abrió en el Portal de l'Àngel de Barcelona se ha convertido en el epicentro de una fiebre que mezcla coleccionismo, k-pop y una palabra que se repite en todas las colas:
inversión. El monstruo de peluche, feo y entrañable a partes iguales, se vende en cajas sorpresa de entre 12 y 240 euros. Nadie sabe qué compra hasta que abre la caja.
Qué es un Labubu y por qué se paga hasta 240 euros
El Labubu es un muñeco de peluche con sonrisa inquietante fabricado por la empresa china Pop Mart, que ya opera en varias ciudades europeas. Se comercializa en formato
blind box: el comprador paga sin saber qué figura concreta contiene el paquete. El rango de precios va de los 12 a los 240 euros, y la apertura funciona como una lotería. Si sale un modelo raro, el valor de reventa se dispara. Si sale repetido, el comprador se queda con un clon que ya tenía.
La fiebre tiene un detonante identificable: la cantante Lisa, del grupo surcoreano Blackpink, exhibió uno de estos monstruos y arrastró tras de sí a su base de fans. El fenómeno fan hizo el resto. No es casual que Pop Mart haya plantado su tienda en el Portal de l'Àngel, la misma calle donde los aficionados al k-pop graban sus coreografías en mitad de la vía pública.
Colas de cuatro horas y reventa como argumento
El sábado se formaron colas de hasta cuatro horas para entrar en un local que los propios clientes describen como austero. Este martes la espera era menor, pero los vigilantes seguían ordenando la entrada. En el exterior, las miradas de envidia se dirigían a quien llevaba colgado un modelo exótico o caro. Dentro, la cola se repetía.
El argumento económico que sostiene el fenómeno es la reventa. Una compradora que viajó desde Madrid con su pareja en un vuelo de ida y vuelta el mismo día resumía el cálculo: «Hemos gastado 700 euros pero creo que es una inversión. Según qué Labubu me salga podré revenderlo». El razonamiento tiene su lógica interna y su agujero evidente: se paga por un activo cuyo valor depende de que otro pague más después. En julio, una casa de subastas de Pekín vendió una figura de tamaño humano por 130.000 euros, un récord para el juguete.
El perfil del comprador: de Logroño a Estados Unidos
Las colas dibujan un mapa que desborda Barcelona. Una clienta llegó desde Logroño para hacerse un tatuaje y, de paso, comprar un Labubu grande al dueño de un restaurante chino de su ciudad. Un matrimonio estadounidense que recorre Europa recibió el encargo de sus hijas: no volver a casa sin los muñecos. Una dependienta resume la procedencia: Girona, Valencia, Madrid, Ucrania.
Muchos de los compradores usan nombres distintos al de nacimiento, seudónimos del universo
anime. Una de ellas presume de haber recibido su primer Labubu en París hace tres años y sentencia que «toda esta gente llega tarde». Otra admite que gastará «lo que pueda» y denuncia que hay mucha gente comprando para revender. La colección como identidad, el muñeco como señal de pertenencia.
La lectura económica: tulipanes con tarjeta de crédito
La comparación que recorre el análisis es la de la tulipomanía holandesa del siglo XVII. Un objeto sin flujo de caja, sin servicio y sin utilidad productiva cuyo precio depende exclusivamente de la expectativa de que otro pague más. La objeción es obvia: quien compra un vinilo lo escucha, quien compra un libro lo lee. Quien compra un Labubu solo puede mirarlo o revenderlo.
Hay quien sostiene que esto no es una economía financiarizada, sino una falsa economía financiarizada: la financiarización real es la que pone ahorro en semillas o microscopios esperando que la producción valga más que la inversión. Comprar un objeto que no genera ningún servicio no es invertir, es especular con la esperanza de un comprador más tonto. El cálculo completo, con el desglose de lo que se paga por caja y lo que se recupera por reventa, da un margen que solo funciona si la fiebre no se enfría.
El precedente que nadie quiere recordar
La historia del coleccionismo está llena de objetos que valían fortunas y hoy no valen nada. Las muñecas Repollo, los Trolls de pelo rosa, las figuritas de porcelana. Hubo gente que gastó sumas considerables. Ahora se acumulan en mercadillos. La pregunta no es si el Labubu es feo o bonito, sino cuánto tiempo tarda una moda en dejar de serlo.
El día que la fiebre pase, los muñecos seguirán existiendo. Los 700 euros, no.