El 20% de la población tendría alma y el resto serían NPCs
Hay una pregunta que reaparece cada cierto tiempo en los rincones menos vigilados de internet y que estos días vuelve a circular con fuerza: ¿y si una parte de la gente que te rodea no fuera del todo gente? La tesis, expuesta sin anestesia, sostiene que solo alrededor del
20% de la población mundial tendría lo que algunos llaman alma —conciencia individual—, mientras el resto funcionaría con un programa psíquico por defecto, moldeable, gregario y perfectamente predecible. No es una encuesta. Es una hipótesis que se discute con una mezcla de sorna y de fe, y que estos días ha vuelto a encender un subforo entero.
El disparadero es una batería de preguntas que no admiten término medio: ¿quién los creó, cuál es su misión, son por naturaleza malignos, tienen alma, nacen así o algo toma el control en algún momento de sus vidas? A partir de ahí, el asunto deriva hacia territorios que van del ADN a la metafísica, pasando por la
educación pública y el botellón.
Qué es un NPC y de dónde sale el término
La etiqueta viene del inglés
non-player character, el personaje controlado por la máquina en un videojuego. Trasladada a la vida real, designa a quien se mueve por guiones ajenos: hace lo que hacen todos, repite lo que dice la televisión y no se pregunta casi nada. La definición más repetida en la discusión es la de un adulto
escrito con bolígrafo: lo que le metieron en la cabeza no se puede borrar. Frente a él, el humano con conciencia individual sería el que aún maneja la goma.
El matiz importa, porque la mayoría de quienes entran al trapo no hablan de recién nacidos. Un niño que empieza a preguntarse el porqué de las cosas es, en esta lectura, un humano puro; lo que lo contamina después es el entorno, no un defecto de fábrica. La discusión se enreda justo ahí: si la programación es innata o inducida, y si hay margen para salir de ella.
El 20% con alma y el ADN como filtro
La versión más cerrada de la tesis llega con nombre y apellidos: un profesor y doctor en Química de la Universidad de Pisa que empezó investigando abducciones con escepticismo y acabó concluyendo, mediante hipnosis regresiva, que lo que buscan ciertos fenómenos es poseer el alma humana. De ahí el porcentaje:
solo un 20% de la población tendría alma, y ese alma solo podría encarnar en cuerpos con un ADN determinado.
El corolario es todavía más incómodo. Según este relato, los cuerpos compatibles escasean, y muchas almas conscientes estarían emigrando a otras partes del universo donde no las parasitan, de modo que en la Tierra quedarían cada vez menos seres con alma y más cuerpos habitados por el programa por defecto. La afirmación no viene acompañada de ningún estudio revisado por pares, y así se plantea: como hipótesis que cada cual decide si compra.
¿Son malos por naturaleza? El sistema como criadero de borregos
Aquí el consenso se rompe. Una corriente defiende que no son buenos ni malos, sino moldeables: el colectivo sería una masa que puede virar hacia la solidaridad o hacia la barbarie según quién la trabaje. El enemigo no sería el vecino dormido, sino quien conoce la psicología de masas y la usa. Otra corriente es menos indulgente: sostiene que el programa imita emociones que no siente, que el drama colectivo es teatro y que su lealtad es siempre al rebaño, nunca a la persona.
En medio aparece el argumento educativo. Se afirma que el moldeado arranca en la escuela primaria, se refuerza en la secundaria y cristaliza cuando el grueso de la gente solo aspira a trabajar para ir de fiesta, sin informarse. De ahí sale, según esta lectura, una clase dirigente reciclada de los mismos circuitos: gestores, sindicatos y profesionales de la comunicación que reproducen el guion sin salirse de él.
El despertar, la ayuda mutua y la trampa de la resignación
La parte más interesante del asunto no es el diagnóstico, sino la pelea sobre qué hacer con él. Un bando sostiene que hay que respetar el libre albedrío y no intentar despertar a nadie: cada cual adquiere conciencia por sí mismo, y quien no puede, no puede. El otro responde que esa resignación es
sospechosamente conveniente para el sistema, porque convierte en ley natural lo que solo es una correlación de fuerzas. Si el 80% estuviera condenado de antemano, la élite tendría su coartada perfecta.
La discusión se cierra, de momento, sin cerrarse. Queda la sospecha de que el propio colectivo, como ego compartido, necesita ahora que algunos individuos despierten para no gangrenarse, y queda también la advertencia contraria: que aceptar presencias que se acercan envolviéndose en amor es, en sí mismo, una forma de dejar que te usen. Nadie ha demostrado nada. Nadie ha renunciado tampoco a seguir preguntando.