Castilla-La Mancha forma pastores: un cálculo que circula dice que el 97,5% son migrantes
Un aula con gorras caladas, pasamontañas y móviles sobre la mesa. En la pizarra, un temario de pastoreo. En los asientos, según los comentarios del foro, casi nadie que hubiera pisado una explotación ganadera antes. La imagen del curso de la Junta de Castilla-La Mancha para formar nuevos pastores se ha convertido en el retrato incómodo de una política agraria: la comunidad paga la formación, el sector necesita mano de obra y quien acude a clase, según un cálculo que circula en el foro, en su inmensa mayoría es población migrante que busca regularizar su situación administrativa. Ese cálculo sostiene que
el 97,5% de los alumnos son migrantes y que buena parte no ejercerá nunca el oficio.
La viceconsejera de Política Agraria Común ha defendido la apuesta por el sector y ha recordado que
desde octubre se han pagado a los ganaderos unos 100 millones de euros en ayudas de la PAC, incluyendo por primera vez a la ganadería en el anticipo. El dinero público, por tanto, ya fluye hacia las explotaciones. La pregunta es quién acabará cuidando el rebaño.
Qué se enseña en un curso para ser pastor
El programa incluye formación básica sobre manejo de ganado, sanidad animal y normativa de bienestar. La duración es corta y el nivel, elemental. Quienes conocen el oficio lo dicen sin rodeos:
el pastoreo extensivo no se aprende en un aula. Se aprende caminando una comarca concreta durante años, memorizando parajes, puntos de agua, pastos de temporada y la meteorología local. Un pastor auténtico es un sabio del terreno, no un titulado de dos semanas.
Hay quien sostiene que el curso es en realidad una
escuela de ganaderos, no de pastores, y que confundir ambas cosas revela el desconocimiento de quien diseña la política. Otros apuntan que el examen de acceso ya es un síntoma: si hace falta un papel para cuidar ovejas, algo se ha torcido en la relación entre la administración y el campo.
El examen que nadie entiende y la barrera del idioma
La prueba de selección ha generado su propia leyenda. Se comenta que la mitad de los aspirantes cae en preguntas elementales y que muchos no comprenden del todo el texto que tienen delante. La barrera idiomática es real: sin dominio del castellano, la formación se convierte en un trámite, no en un aprendizaje. Y el trámite, a su vez, sirve para otra cosa:
acreditar la asistencia y abrir la puerta a la regularización administrativa.
Ese es el nudo del asunto. Una parte del alumnado busca el certificado, no el oficio. La formación se percibe como peaje hacia los papeles y hacia posibles ayudas. Quien abandona el aula al día siguiente no deja de cobrar por ello.
Quién se queda con el rebaño cuando el pastor se va
El sector ganadero lleva años advirtiendo de un problema estructural:
los españoles no quieren ser pastores. La vida en el monte, aislado, con frío, sin cobertura y con jornadas interminables, no compite con un empleo urbano. De ahí que la mano de obra migrante haya ocupado el hueco. En las zonas rurales se repite un patrón, según los comentarios del foro: contratos de alrededor de
1.200 euros al mes por disponibilidad total, 24 horas al día, siete días a la semana, vivienda cedida y poco más.
La comparación con otros nichos laborales es inevitable. Hay quien calcula que un empleo urbano con complementos, ayudas y vivienda gratuita puede dejar más dinero en el bolsillo sin el desgaste físico del campo. Si el diferencial no compensa, el pastor se marcha. Y cuando se marcha, a veces lo hace con un repertorio de amenazas que, según los comentarios del foro, los ganaderos de la España interior conocen bien:
o me despides y me arreglas los papeles del paro, o se mueren las ovejas.
La España vaciada y el relevo que no llega
El curso forma parte de una estrategia más amplia de repoblación rural. La teoría es sencilla: si llegan trabajadores, llegan familias, y si llegan familias, se sostienen los pueblos. La práctica es más terca. La población migrante que se asienta en el medio rural tiende a moverse hacia las capitales de provincia en cuanto consolida su situación. El pueblo se queda con la explotación, pero sin relevo generacional.
Mientras tanto, el debate sobre las ayudas sigue abierto. Los pagos de la PAC se han acelerado y la ganadería ha entrado por primera vez en los anticipos. Eso alivia la caja de las explotaciones, pero no resuelve el problema de fondo: quién ordeña a las cinco de la mañana en plena helada.
La foto del aula, con gorras y capuchas, ha hecho más por el debate que cualquier informe. No por lo que muestra, sino por lo que esconde: un sector que necesita brazos, una administración que paga cursos y un país que no termina de decidir si eso es política agraria o política migratoria disfrazada.