La natalidad nativa española es aún más baja que la del Este de Europa
La tasa de natalidad global de España se sitúa en 1,11 hijos por mujer, una cifra que maquilla una realidad mucho más grave: la natalidad entre la población autóctona apenas alcanza el 0,4-0,5. Mientras los países del Este de Europa registran descensos que preocupan a sus gobiernos, España ya los ha superado en el abismo demográfico si se descuentan los nacimientos de origen inmigrante. La pregunta que flota en el aire es si la sociedad española quiere afrontar este debate o seguir escondiendo la cabeza bajo el ala de las estadísticas globales.
Los datos que desmontan el discurso oficial
El último Barómetro Demográfico del CEU, citado en informes disponibles en archive.org, muestra que la tasa de fertilidad en España apenas alcanza para asegurar el reemplazo generacional si se contabiliza toda la población. Pero los análisis que desagregan por origen étnico revelan una cruda realidad: la natalidad de las mujeres autóctonas es inferior a la de cualquier país del Este europeo, incluida Ucrania, que sufre una guerra. Forzar la vista hacia la tasa global (1,11) es no querer ver que la natalidad nativa está en torno a 0,5, según estimaciones de analistas demográficos.
Mientras tanto, en Francia la tasa total es 0,4 puntos superior a la española, pero la natalidad de la población francesa de origen también se sostiene gracias a una mayor proporción de nacimientos de inmigrantes. El patrón se repite en toda Europa Occidental: los países que mantienen una natalidad aparentemente aceptable lo hacen gracias a la inmigración extracomunitaria.
Por qué la comparación con el Este de Europa es engañosa
Habitualmente se señala a los países del Este como ejemplo de baja natalidad, con tasas como las de Polonia (1,3) o Rumanía (1,6). Sin embargo, en esos países la inmigración es muy escasa, por lo que su tasa refleja la realidad de la población nativa. En España, al incluir a los inmigrantes, la tasa global es sólo ligeramente superior a la de esos países, pero la natalidad de los españoles autóctonos es mucho menor.
Un análisis en el foro de economía apuntaba que "si no cuentas a los inmigrantes, España tiene menos tasa de natalidad aún que esos países". Y es que la brecha, lejos de cerrarse, se agranda: mientras los países del Este sufren una crisis demográfica moderada, España se encamina hacia una implosión poblacional de la población nativa.
Las consecuencias para la economía y la sociedad
El envejecimiento y la falta de reemplazo generacional no son sólo un problema cultural. La economía española, dependiente del consumo interno y de una masa laboral joven, se enfrenta a un futuro de pensiones insostenibles y servicios públicos colapsados. A esto se suma que los inmigrantes que llegan suelen ocupar los empleos menos especializados, mientras que la natalidad de las mujeres autóctonas, sobre todo las de mayor formación, se ha desplomado.
La paradoja es que la inmigración se presenta como la solución a la baja natalidad, pero en realidad la agrava al no integrarse plenamente ni contribuir a la sostenibilidad a largo plazo. Algunos analistas sostienen que el único modelo que mantiene la natalidad en el mundo desarrollado es el de comunidades con fuertes convicciones religiosas o sociales, como los Amish en EE UU o los grupos ultraortodoxos en Israel, que sí tienen hijos y los integran en su economía.
El dilema de las políticas de incentivos
A pesar de las ayudas a la natalidad, las desgravaciones y los anuncios políticos, la tendencia no se invierte. La mentalidad actual, la falta de conciliación real y el alto coste de la vivienda desincentivan la maternidad. Como apuntaba un análisis, "aunque se declarase un problema de primera magnitud, el cambio de mentalidad haría muy complicado revertir la situación".
La pregunta que ningún dato aclara es si España está dispuesta a afrontar el coste político y económico de una política pronatalista de verdad, o si prefiere seguir confiando en la inmigración como tapón hasta que el sistema explote. Mientras tanto, los países del Este, que partían de tasas más altas, están viendo cómo su natalidad se acerca peligrosamente a la de España, pero con una población más homogénea y sin la coartada de la cuenta global.
Lo que está claro es que el debate sobre la natalidad en España no puede seguir ocultando la realidad de la natalidad nativa. Mientras no se aborde con datos desagregados y sin complejos, las soluciones seguirán siendo parches sobre una herida que no deja de sangrar.
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