Georgia estudia un segundo frente ante la debilidad de Moscú en Ucrania
Georgia no va a atacar Rusia mañana. El mensaje que sale del partido gobernante, Sueño Georgiano, es mucho más modesto y, por eso mismo, más revelador: su líder, Irakli Kobakhidze, admite que existe la posibilidad de convocar un
referéndum sobre la apertura de un «segundo frente» contra Moscú y promete que las autoridades actuarán «como diga el pueblo». Traducido al idioma de la
realpolitik: no movemos ficha hasta que las urnas nos obliguen. Sobre el papel, una salida elegante. Sobre el terreno, un aviso en todo el flanco sur ruso.
La sospecha de fondo la resume un reproche que se deja caer en el hilo: si el referéndum se convoca,
para cuando se decida Rusia ya los ha reventado cien veces. Ahí está el problema de los plebiscitos como herramienta de defensa: sirven para ganar tiempo, no para disuadir a un vecino que ya tiene las botas puestas.
La predicción: Armenia no cumple y Bakú aprieta
El marco analítico que se comparte al arranque, atribuido a Strelkov, comandante en jefe de las repúblicas separatistas en 2014, no viene de Tiflis, sino del conflicto armenio-azerbaiyano. La tesis: la reanudación de las hostilidades era cuestión de tiempo desde que la «congelación» militar se pactó con mediación rusa e iraní. Armenia no ha cumplido la mayor parte de sus compromisos —nada raro, porque atentan contra su propia soberanía— y
Azerbaiyán, es decir Turquía, presionará al gobierno de Pashinian para que complete los términos de la capitulación anterior y acepte, de paso, condiciones nuevas.
¿Y Rusia? Rusia no puede impedirlo ahora. Está metida de lleno en Ucrania, donde la cosa va mal y consume todos los recursos disponibles, de los que de todas formas no hay bastantes. Nadie más en la OTSC va a defender a Armenia: ni puede ni quiere. La conclusión es incómoda y se dice sin ambages: que Armenia deje de estar asediada depende casi por completo de la disposición del ejército iraní a moverse con determinación. Ahí, el propio análisis reconoce que no se atreve a predecir nada.
Disparos contra vehículos del FSB en Gegharkunik
El detonante inmediato que se comparte es otro. Vehículos del
FSB ruso —el servicio federal de seguridad— habrían sido disparados por las fuerzas armadas azerbaiyanas en la zona de
Verin Shorzha, región de Gegharkunik, según una información que circula acompañada de material gráfico. Es exactamente el tipo de incidente que convierte una tensión fronteriza en una bola de nieve: nadie sabe cuántos disparos hubo, pero todo el mundo entiende el mensaje.
De fondo hay una acusación gruesa que recorre la conversación: que Moscú estaría dispuesta a sacrificar Armenia y Georgia para no perder a Azerbaiyán y evitar que se alinee del todo con Turquía. Es una afirmación que se lanza como sospecha, no como hecho probado, y conviene tratarla como lo que es: una hipótesis sobre las prioridades del Kremlin más que una hoja de ruta firmada.
¿Washington o simple cálculo de vecindario?
Aquí se abre la grieta clásica. Para unos, todo obedece a la mano estadounidense; que coincidan con una debilidad rusa sería
casualidad casual. Para otros, eso es una salida perezosa: Georgia y Azerbaiyán hacen lo que se ha hecho durante siglos, aprovechar que el enemigo común está distraído en otro frente y gestiona mal sus recursos. Nada original. Nada inventado. La historia del Cáucaso escrita otra vez con los mismos renglones.
Más adelante aparecen otros reproches. Que se manejan relatos grandilocuentes sobre imperios milenarios y se pierde de vista lo elemental: país que limita con Rusia, país que acaba cansado de Rusia. Y una advertencia sobre colocar a la
OTAN o a la Casa Blanca en el centro de todo: resulta más cómodo atribuir cada incendio a un titiritero lejano que asumir que los vecinos tienen sus propias cuentas pendientes.
Tres millones de georgianos y el miedo a volver a la edad de piedra
El contrapeso más sólido es económico. Según el cálculo de un participante, Georgia tiene
tres millones de habitantes en todo el país, con un punto de partida parecido al de Ucrania, pero había empezado a remontar atrayendo a trabajadores en remoto y acercándose a Europa como destino asequible. Si se mete en una guerra, todo ese plan se va al garete. La conclusión del cálculo: volver a la edad de piedra por un plebiscito que quizá nunca se celebre.
Ese es el punto que más pesa y el menos épico. Un país pequeño no abre un segundo frente por convicción; lo abre si alguien le garantiza que no va a quedarse solo en medio del pasillo. Y ninguna de las garantías sobre la mesa parece firmarse con tinta.
Con estos mimbres, el escenario más probable no es un ataque georgiano, sino una Georgia que convierte el referéndum en escudo retórico, un Azerbaiyán que sigue apretando donde las garantías flaquean y una Rusia que mira hacia otro lado desde el barro ucraniano. Que el segundo frente se abra o no dependerá menos de Tiflis que de Teherán y de cuánto aguante el frente que ya existe. Apunten esa palabra,
Irán, y vuelvan a mirar el mapa dentro de unos meses.