Las banderas peruanas que colapsaron la Gran Vía y desataron la controversia sobre la doble vara de medir
La imagen no dejaba indiferente: decenas de personas agitando banderas peruanas en plena Gran Vía de Madrid, con cánticos y bocinas, mientras los coches hacían sonar el claxon. No era una final de la Copa América, sino las fiestas patrias de Perú, celebradas con una asistencia que desbordó cualquier previsión. Los vídeos dieron la vuelta a las redes sociales y de ahí saltaron a las televisiones generalistas, convirtiéndose en uno de los fenómenos del verano.
Doble vara de medir: ¿un conflicto identitario?
Para una parte del análisis social, el acto tenía una lectura política inequívoca: la celebración de la independencia de España en el corazón de la capital española suponía una provocación, o al menos una falta de sentido de oportunidad. El contraste se hizo evidente: mientras algunos españoles que ondean su bandera son a menudo tachados de «fachas», la comunidad peruana podía exhibir su orgullo patrio sin complejos. «Es el resultado lógico de décadas de política de puertas abiertas y complejo de culpa post-colonial», resumía una intervención que circuló ampliamente. Otros apuntaron que, en pleno auge del independentismo catalán y vasco, el espectáculo resultaba, cuando menos, incómodo para quienes piden el blindaje de la unidad nacional.
Pero hay otra lectura, más sociológica que política: la paradoja de que la celebración se produjera a miles de kilómetros del país que se conmemoraba, en el mismo lugar donde la comunidad emigrada ha construido su vida. La ironía no pasó desapercibida: «Te alegras de independizarte de España y luego vienes a vivir a España», una de las frases más repetidas. La respuesta de los defensores de la celebración no se hizo esperar: el orgullo por las raíces no está reñido con la integración en el país de acogida.
Inmigración y prejuicios: el caso Carabanchel entra en liza
La controversia no tardó en derivar hacia la inmigración y sus problemas. La polémica de fondo se alimentó de noticias recientes que habían ocupado titulares. En concreto, los casos de okupación en Carabanchel asociados a familias peruanas, con cifras que citaban a 28 familias y hasta 120 personas en un inmueble moderno, previo pago de 3.000 euros por contratos falsos. Estas informaciones, recogidas entre otros medios por Infobae y ABC, se convirtieron en el argumento de quienes reclaman una política migratoria más restrictiva y el cumplimiento estricto de las normas contra la okupación.
Sin embargo, otra parte del análisis social advierte contra la generalización. Que existan problemas puntuales con una minoría no debería estigmatizar a un colectivo de cerca de medio millón de personas que, en su mayoría, vienen a trabajar y a integrarse. El punto intermedio lo resumía otra intervención: «En todos lados cuecen habas», en referencia a que estos comportamientos no son exclusivos de ninguna nacionalidad.
El verdadero problema: la ausencia de un proyecto común
Lo que el episodio de la Gran Vía puso de manifiesto es que España no ha resuelto la convivencia entre su identidad nacional y la diversidad cultural acumulada en las últimas décadas. No se trata de culpar a los inmigrantes por celebrar sus fiestas, sino de constatar que, sin una narrativa que reconcilie la memoria histórica con la realidad presente, cualquier gesto de este tipo se interpreta como una provocación. El complejo de culpa post-colonial con el que cargan algunos países europeos, y España en particular, añade una capa adicional de incomodidad.
El episodio también refleja la tensión latente entre la izquierda y la derecha a la hora de gestionar el fenómeno migratorio: mientras unos ven en la multiculturalidad una riqueza, otros la interpretan como una amenaza a la cohesión social. La discusión quedó en tablas, como casi siempre. Pero el impacto emocional de la imagen —una muchedumbre que celebra la separación de España en su capital— seguirá flotando durante meses. Lo más revelador, quizá, es la anécdota que algunos compartieron: un restaurante peruano de éxito en el extranjero, frecuentado por la élite local, tiene como plato estrella… la paella. La identidad, en el fondo, siempre termina por mezclarse.