Doce años de subida ininterrumpida: la vivienda se ha duplicado y nadie frena la escalada
Un piso comprado por 172.000 euros en el suelo del mercado se cotiza hoy por 350.000. No es una excepción: es la estadística hecha ladrillo. El Índice de Precios de Vivienda del INE encadena 48 trimestres de aumento desde 2014, y en Madrid el precio se ha multiplicado por 2,3. La curva ya no es una montaña rusa: es un tiro vertical sin salida.
¿Burbuja o simple escasez?
Hay quien insiste en que no hay burbuja, sino un problema de oferta. El argumento: las burbujas clásicas vienen acompañadas de expansión del crédito y de producción en masa del bien especulado. Aquí no hay ni lo uno ni lo otro. Frente a eso, otra corriente lo define como una estafa o, directamente, como la consecuencia de un dinero que se devalúa. La creación monetaria sin límite, dicen, encarece todo lo tangible: los pisos, la comida, el oro. Que el Ibex se haya triplicado en el mismo periodo no es casualidad.
Los motivos que nadie ordena
El consenso se rompe en las causas. Por un lado, el parón brutal en la construcción de vivienda durante esos mismos doce años. Por otro, las normativas que encarecen cada obra, la falta de suministro eléctrico para nuevos desarrollos y la inseguridad jurídica que ha sacado del alquiler a miles de pequeños propietarios. A eso se suma la atomización familiar: antes un piso alojaba a varias generaciones; ahora cada adulto quiere (o necesita) el suyo. Y la demanda adicional de una población creciente ha puesto la guinda a un mercado que ya no respira.
En el plano político, una parte del análisis responsabiliza a la gestión de Pedro Sánchez al frente del Gobierno durante ocho años; otros recuerdan que la precariedad y los salarios bajos llevan dos décadas instalados, así que la factura no se puede cargar solo en una legislatura.
El espejo europeo
La comparación con Europa duele. En Bélgica, con una renta per cápita de 54.000 euros frente a los 34.000 españoles, hay pisos en Amberes por 300.000 euros. En Madrid, con menos salario medio, el mismo dinero no llega ni a un piso de dos habitaciones. Portugal, dicen los análisis, está todavía peor. La conclusión incómoda: el problema no es solo el precio, es la relación entre precio y salario. El cálculo fino del poder adquisitivo, partida a partida, ensancha todavía más la brecha.
El mito de las tapas de yogur
Hubo un tiempo, entre 2011 y 2017, en que el chiste popular decía que con tapas de yogur te comprabas un piso. Era la resaca de la burbuja: precios de saldo, crédito congelado. Hoy el chiste se ha vuelto macabro. Señal de los tiempos: cada vez hay más lavanderías automáticas, síntoma de que la gente comparte piso y ya ni siquiera tiene espacio para una lavadora.
La escalada no distingue entre comprar y alquilar. Quien no puede pagar 800 euros por un zulo en Madrid se pregunta qué hacer. Y mientras unos esperan el pinchazo, otros recuerdan que el suelo de 2014 ya no volverá. Lo único claro es que, en esta película, los sueldos no han sido invitados.