Rusia no es el paraíso conservador que algunos se imaginan
Un país con la
mayor población musulmana de Europa, 70 años de régimen soviético a la espalda y una mayoría que no llega holgada a fin de mes difícilmente encaja en el retrato de Arcadia conservadora que le atribuyen sus defensores. Es la paradoja que abre una discusión que lleva más de cuatro años coleando: ¿cree alguien de verdad que en Rusia existe una sociedad tradicional, sana y limpia?
La tesis de partida es incómoda para los entusiastas de Moscú. Viene a decir que muchos se han construido una Rusia imaginaria, una suerte de fotografía de los años cincuenta: marido trabajador, esposa hogareña y una juventud ordenada, ajena a los «vicios occidentales». Y remata: esa fotografía no existe. Lo que hay, según esta lectura, es una sociedad tan desigual y tan cansada como la occidental, con una mayoría pobre, unos cuantos beneficiados viviendo muy bien del esfuerzo ajeno y una natalidad que no levanta cabeza.
El matiz interesante es que quien plantea esto concede dos cosas. La primera, que el Kremlin sí frena determinadas políticas identitarias y evita ciertos contenidos en las escuelas. La segunda, que el desprecio hacia los anglosajones y sus métodos tiene su lógica. Su conclusión, sin embargo, es otra: si el objetivo es recuperar una sociedad sana, la
revolución habría que hacerla en Washington, Londres o Bruselas, no confiársela a un dirigente al que atribuyen intereses oligárquicos.
¿Qué dicen quienes afirman haber recorrido Rusia?
Los testimonios de primera mano rompen el esquema. Un interviniente asegura haber viajado por el norte, el sur, el este y el oeste del país y describe mujeres de cuarenta y tantos, con dos hijos, delgadas y bien conservadas, mejores físicamente que muchas treintañeras de su entorno español. Cuenta además que las rusas se casan jóvenes y que, cuando él explica que solo una prima suya ha pasado por el altar, le miran como si fuese marciano.
Frente a eso, otra línea sostiene lo contrario con cifras gruesas: que las rusas acumulan
récords mundiales de alcoholismo, abortos y divorcios, y que quien pisa el país con la idea de encontrar dulzura tradicional se expone a que le expriman y le tiren. No hay forma de zanjar el pulso con los datos disponibles. Pero ambos relatos describen un país europeo, con la modernidad dentro y fuera de casa.
¿Es Rusia un país ultraconservador?
No, al menos no en el sentido que se le atribuye. La crítica más razonable que aparece es que Rusia no es una suerte de república confesional cerrada, sino un país europeo donde la modernidad llegó hace décadas, para bien y para mal. La diferencia con España no sería de naturaleza, sino de grado: aquí, se argumenta, la promoción de determinadas causas sociales, la censura del discrepante y la
cultura de la cancelación funcionan a pleno rendimiento; allí, no.
La demografía desmiente el relato de la familia numerosa. Y la composición religiosa, también. Rusia tiene la mayor población musulmana del continente: en torno a
14 millones de personas, cerca del 10% del total según cifras de 2017, aunque una encuesta de 2012 dejaba esa proporción en el 6,5%. Conservadurismo, sí. Monoculto y blanco, no.
Apoyar a Moscú sin admirar su sociedad
Aquí está la clave que se escapa en la bronca. Una parte de los que defienden la posición rusa no lo hace por devoción a su modelo social, sino por rechazo al orden que consideran impuesto desde Washington: multipolaridad, soberanía nacional, negociación en vez de imposición. «No creo que la sociedad rusa sea ejemplo de casi nada», resume uno de ellos, «pero esto es
geopolítica».
Esa distinción se cae en la trinchera. Quien defiende la vía negociadora es acusado de blanquear a una oligarquía; quien señala los defectos rusos, de caricaturizar al adversario. El resultado es una discusión donde casi nadie discute el dato de enfrente.
¿Va Rusia a mejor o a peor?
Hay quien sostiene que mejora año a año, despacio pero de forma visible: menos corrupción, menos burocracia, cierto orden en el timón. Y hay quien responde con la lista de agravios: recursos mal repartidos, un Estado corrupto, muertes por un altercado de tráfico y una cifra que se repite —la de menores que salen del país en adopción, procedentes de madres con problemas con el alcohol— como termómetro del desastre. La mayoría de los rusos, añaden, no puede permitirse vivir en Moscú y emigra buscando un nivel de vida mejor.
La trampa del espejo español
Conviene desconfiar de las comparaciones. La sociedad española de hace cuarenta años no se parecía a la actual ni en libertades ni en corrupción estatal; y aquel paternalismo, se argumenta, no produjo miedo sino ingenuidad, que es lo que habría facilitado la adopción acrítica de cualquier ocurrencia. Sobre ese punto, la calidad de vida no se mide solo en euros: pasear al atardecer, no depender del coche para comprar el pan o no vivir a media hora del centro también cuentan.
¿Y qué queda del país limpio y conservador? Un poco de todo: escuelas sin según qué contenidos, una natalidad por los suelos, una mayoría pobre y una minoría muy rica. La fotografía de los años cincuenta no está en ningún sitio, ni aquí ni allí. La pregunta que nadie contesta del todo es la de siempre: si el modelo bueno no existe, ¿por qué seguimos discutiendo sobre cuál es el malo?