España pierde casi un millón de turistas rusos y 80 millones
La campaña turística de este año se cierra con un agujero difícil de disimular: España dejará de recibir casi un millón de turistas rusos, lo que se traducirá en unos 80 millones de euros menos en ingresos, según los datos que maneja el sector. La cifra, publicada por
elEconomista, ha caído como un jarro de agua fría entre los empresarios de la costa, que ven cómo uno de los clientes más gastadores de la última década se esfuma por una guerra a 3.000 kilómetros. La pregunta que recorre los mentideros hosteleros es incómoda: ¿quién paga ese agujero?
El turista ruso no era el más numeroso, pero sí el que más soltaba por noche. Los cálculos que circulan en el sector hablan de una media de
163 euros por noche, casi un 50% más que la media de otros visitantes, con estancias de unas siete noches. Eso, en 2012. Con la inflación acumulada, la factura actual sería bastante mayor. Hay quien eleva el impacto real a más de 1.000 millones de euros anuales, muy por encima de los 80 millones que recoge la nota oficial. La diferencia entre una cifra y otra no es menor: de ella depende que el golpe se considere un rasguño o una hemorragia.
¿Por qué el turismo ruso era distinto del británico?
El turista ruso que llegaba a España no venía a emborracharse en un pub temático de Magaluf. Se alojaba en hoteles de gama alta, comía en restaurantes, compraba en El Corte Inglés, contrataba excursiones a Córdoba, Granada, el Teide o La Gomera y se dejaba el presupuesto entero antes de volver a casa.
Su patrón de gasto era de turismo de calidad, el que sostiene el empleo hostelero durante todo el año y no solo en temporada alta.
El contraste con el turismo británico de bajo coste es inevitable. Una parte importante del visitante inglés llega con paquete barato, se aloja en resorts con todo incluido, bebe en pubs regentados por compatriotas y apenas sale del perímetro. Deja dinero, sí, pero por volumen, no por ticket medio. Y a cambio presiona a la baja los precios y los servicios del entorno.
Hay quien sostiene que sustituir un ruso por tres ingleses no es un buen negocio, aunque las cuentas oficiales digan lo contrario.
El cálculo que nadie quiere hacer público
Si se toman las cifras de gasto medio por noche y se multiplican por las siete noches de estancia habitual, el resultado por turista ruso supera con holgura los 1.100 euros por visita. Multiplicado por el casi millón de visitantes perdidos, la cifra se dispara muy por encima de los 80 millones que recoge la nota de prensa.
El desglose completo, partida a partida, da una diferencia que sorprende y que los empresarios del sector conocen bien pero prefieren no airear.
La paradoja es que el turismo ruso no se recupera con más ingleses ni con más alemanes. Los rusos viajaban por su cuenta, contrataban en destino y tenían una capacidad de gasto difícil de replicar.
Sustituirlos exige captar visitantes de renta alta de otros mercados, algo que no se consigue de un día para otro.
Los visados siguen emitiéndose, pero el viaje se ha encarecido
Los centros de visados no han cerrado. Los rusos que quieren venir a España pueden hacerlo, pero el trayecto se ha vuelto más largo y más caro: escalas en Estambul o Belgrado, vuelos indirectos, precios al alza.
El coste añadido del viaje desanima a muchos, y los que llegan lo hacen con menos ganas de gastar. En Barajas todavía se ven rusos en las colas de facturación hacia Serbia o Turquía, pero son la excepción, no la norma.
Mientras tanto, en la Costa del Sol siguen apareciendo rusos, aunque nadie sabe muy bien de dónde salen. La guerra no ha cortado del todo el flujo, solo lo ha hecho más discreto y más caro.
El argumento que se cuela en todas las conversaciones
La discusión sobre los turistas rusos acaba siempre en el mismo sitio: la guerra. Hay quien sostiene que renunciar a 80 millones es un precio ridículo por defender la legalidad internacional, y hay quien responde que los intereses de España deberían ir primero y que las sanciones las pagamos nosotros mientras otros hacen negocio.
Nadie ha encontrado todavía la forma de cuadrar las dos cosas.
El sector turístico, mientras, hace sus propias cuentas. Y las cuentas no salen.