Salamanca no es Castilla por sangre, sino por reconquista
Salamanca nunca fue Castilla de origen. Lo fue de fuero, de reino y de administración, que no es lo mismo. La provincia romana a la que perteneció el territorio fue la Lusitania, no el solar donde nació el condado castellano, y su incorporación a la órbita castellana llegó siglos más tarde. La tesis de que los salmantinos son castellanos solo «castellanizados» —frente a un supuesto castellano puro de Burgos o Soria— mezcla historia con folclore identitario.
De la Lusitania romana al reino de León
El territorio salmantino se encuadró en la Lusitania romana, una demarcación distinta de la Tarraconense y ajena al núcleo originario de Castilla. Con la repoblación del valle del Duero, la zona recibió gentes de procedencias muy diversas: mozárabes llegados de Al-Ándalus, pobladores del norte, francos y una influencia portuguesa que, según se sostiene, marca una diferencia con Burgos y Soria. Esa mezcla fundacional es justo lo que invalida la pregunta por un origen único.
El mito del castellano de sangre pura
No existe comunidad humana sin mestizaje, y Castilla no es excepción. El criterio fenotípico —comparar «caras» entre provincias— no tiene valor para establecer filiaciones: la variación dentro de un mismo grupo supera casi siempre la que hay entre grupos vecinos. Que una población parezca distinta de otra es tan poco concluyente como frecuente.
La genética de poblaciones irá afinando el mapa del poblamiento peninsular, pero probablemente no entregará a nadie el certificado de pureza que busca. La pregunta por la sangre dejará paso, con suerte, a la pregunta por la historia.