Los santos inocentes: retrato real de una España, no de toda
La novela no es un panfleto, pero tampoco es la España rural entera. Publicada en 1980,
Los santos inocentes describe un modelo muy concreto —el gran latifundio del sur— donde el señorito mandaba y el jornalero agachaba la cabeza. Ese mundo existió. En la Castilla de pequeños propietarios donde se crió Miguel Delibes, bastante menos.
Delibes conocía el campo de primera mano: cazador, ruralista y conservador, se alistó voluntario en el bando nacional y sirvió en la Marina. Nada de eso convierte la novela en propaganda. La pregunta que atraviesa el asunto es otra: ¿hasta qué punto esa fotografía vale para toda España o solo para una franja muy concreta?
¿Dónde existió de verdad el mundo de Los santos inocentes?
Hay una coincidencia amplia en el diagnóstico geográfico:
Extremadura, Andalucía y La Mancha, las zonas de gran propiedad heredadas de la Reconquista y las Órdenes Militares, donde nunca cuajó una masa de pequeños propietarios libres. Allí el cacique fijaba salarios y el
analfabetismo alcanzaba tasas que un participante compara sin ambages con las africanas, incluso en los años sesenta. Alguno añade Galicia al mapa de los desheredados, aunque por un motivo opuesto: el minifundio, no el latifundio.
El contraste con la España del norte es el argumento que más se repite. La Castilla la Vieja de Delibes tenía campesinos propietarios que necesitaban leer, escribir y echar cuentas para escriturar, vender la cosecha o firmar en el mercado. La alfabetización llegó por interés, no por vocación pedagógica.
El atraso tenía mapa, y el mapa no cubría todo el país.
El cacique que se construyó tras la desamortización
Una tesis reaparece con fuerza: el caciquismo no es una herencia inmemorial, sino el subproducto de las desamortizaciones del siglo XIX. La nueva burguesía compró a subasta tierras de la Iglesia y de los municipios y necesitaba amortizar la inversión. El concepto, sostiene esta lectura, viene de ahí. La
ley de hierro de los salarios que formuló David Ricardo —precios de la mano de obra empujados hasta el borde del hambre— encaja como explicación del modelo. De donde se sigue un corolario incómodo: el régimen no inventó la miseria jornalera, la heredó y la administró.
El campesino francés vivía mejor, y no fue por el clima
Una comparación se cuela con datos: el nivel de vida del campesinado francés en el siglo XIX era muy superior al español, según sostiene un participante. La razón que se esgrime no es geográfica. En Francia hubo una Revolución que rompió el modelo; en España, la venta de propiedades comunales arrojó a una masa de campesinos a depender del gran propietario. Eso explicaría la emigración hacia plazas como Orán, convertida en válvula de escape para quien no tenía tierra ni futuro.
¿También había miseria en Inglaterra? Sí, y se midió
Contra la tentación de vender el atraso español como una anomalía moral, aparece el dato británico. En la Primera Guerra Mundial, Inglaterra rebajó la
altura mínima para alistarse de 160 a 152 centímetros porque no encontraba soldados: la mala alimentación y la contaminación. Se crearon batallones de hombres bajos, los
bantams, casi todos mineros y obreros industriales. Y al comparar a los reclutas con los soldados del ANZAC, la diferencia de estatura era de 15 centímetros. La miseria de la clase baja inglesa no iba a la zaga de la española.
Ficciones realistas, pero escogidas
La acusación de maniqueísmo es la más repetida: los malos son muy malos y los buenos, demasiado buenos, y ese desequilibrio levanta sospechas. La defensa es que Delibes no era un panfletista. Escribía extraordinariamente bien, y hay quien le atribuye un giro progresivo con los años, de
El Camino (1950) a
Las ratas (década de 1960),
Los santos inocentes (1980) y
El hereje (década de 1990). Otros ven ahí no un viraje ideológico, sino a un narrador que fue afinando la mirada sin abandonar su mundo.
La experiencia personal refuerza el retrato por abajo y lo matiza por arriba. Un abuelo que vivió de 1920 a 2019 trabajó en el campo con estudios básicos y tenía una letra impecable y divisiones de varias cifras: generalizar el analfabetismo total falla. Y el caso de los guardeses que hoy cuidan fincas sin apenas responsabilidades recuerda que un mismo modelo puede vivirse como condena o como chollo, según dónde te toque.
La conclusión se impone geográfica antes que moral: la novela es real donde había latifundio y se queda corta donde había pequeña propiedad. Si se sigue leyendo como el retrato de toda la España rural, el malentendido va a durar. Cuánta de esa caricatura responde al dato y cuánta al interés de contar solo la mitad del cuadro es algo que, con los papeles en la mano, nadie ha cerrado del todo.