Lucía Etxebarria: del feminismo clásico al choque con la ley trans
¿Qué pasa cuando una de las voces más reconocidas del feminismo español de los noventa empieza a disparar contra la izquierda que la encumbró? Lucía Etxebarria, escritora y tertuliana, ha pasado de referente a molesta. Su nombre apareció en un hilo de actualidad que reunió más de un centenar de respuestas y que, en esencia, resumía una mutación: la autora que en su día firmaba ejemplares en ferias del libro y era leída por toda una generación hoy dedica sus intervenciones públicas a cuestionar la ley trans y a señalar a los que considera sus antiguos aliados.
El detonante más citado es un texto suyo sobre «Ratita y Gafitas», dos personajes presentados como amigos de la infancia, pijos con pose antisistema, que fundaron un partido y acabaron enfrentados por el liderazgo. La pieza circuló con rapidez y sirvió para que muchos lectores redescubrieran a una autora a la que tenían olvidada. No es literatura: es crónica con nombres velados y una tesis clara sobre cómo se reparten el poder en la izquierda.
De referente feminista a crítica de la ley trans
El arco vital que describe el material es nítido. A finales de los noventa, Etxebarria compartía cartel con Lidia Falcón como una de las representantes más visibles del feminismo español. Ambas firmaban libros, daban conferencias y ocupaban espacio en los medios. Veinte años después, según las intervenciones recogidas, las dos figuran en listas negras de partidos que se reclaman de izquierdas. El motivo: su oposición frontal a la ley trans y su insistencia en que la autodeterminación de género abre la puerta a abusos.
Hay quien sostiene que el punto de ruptura fue una emboscada en Lavapiés, con la autora increpada y, según se afirma, agredida por grupos que ella identifica con el entorno de Podemos. Otros lectores rebajan esa versión y sitúan el giro en una discrepancia puramente ideológica. En cualquier caso, el resultado es el mismo: una escritora que se define de izquierdas y que dedica sus apariciones a atacar a la izquierda.
La acusación de transfobia se cruza con la de traición. Unos la acusan de haberse pasado al otro bando; ella responde que el otro bando la ha abandonado a ella. La discusión, como casi todas las que tocan este tema, no admite matices.
El texto sobre «Ratita y Gafitas» que reavivó el interés
El fragmento más reproducido describe a dos amigos de la infancia, «bastante pijos pero con ese rollo antisistema tan de niño de papá que sabe que lo tiene todo asegurado». Fundan un partido, todo va bien hasta que hay que decidir quién manda. Lo echan a cara o cruz. Gana Ratita. Gafitas finge tomárselo bien, intriga en silencio y acaba montando su propia formación. La parábola no necesita nombres para entenderse.
La pieza funcionó como catalizador. Gente que no seguía a la autora desde hacía años volvió a leerla. Otros, que la tenían en el cajón de los recuerdos juveniles, admitieron cierto rubor retrospectivo. «De jovencito te leía», escribió alguien que ahora le desea una reconciliación con la humanidad. La mezcla de nostalgia y ajuste de cuentas es, quizá, lo más honesto del asunto.
La escritura, sin embargo, resiste. Incluso sus críticos reconocen que sabe construir un párrafo y que tiene ingenio. Ese reconocimiento a regañadientes es el mejor indicador de que el personaje sigue teniendo peso.
El feminismo que no cabe en el marco actual
La trayectoria de Etxebarria ilustra una fractura más amplia. Una parte del feminismo clásico, el que peleaba por la igualdad salarial y contra la violencia machista, se ha encontrado fuera de lugar en un movimiento que ha incorporado demandas identitarias que no comparte. Esa incomodidad no es exclusiva de España, pero aquí ha producido un coro de voces críticas que se reconocen entre sí.
El argumento repetido es que la ley trans permite que cualquier hombre se declare mujer y acceda a espacios reservados. No hay consenso científico ni jurídico sobre ese extremo, y las posiciones se han endurecido hasta hacer imposible el diálogo. Lo que sí es un hecho es que figuras que antes ocupaban el centro del tablero hoy se sitúan en los márgenes, y que ese desplazamiento genera rencor.
La pregunta de fondo no es si Etxebarria tiene razón, sino por qué una parte del electorado de izquierdas la escucha. Cuando una autora que se declara progresista ataca a los suyos, el eco es mayor que si lo hiciera un adversario declarado. Eso lo saben todos los implicados.
Un personaje incómodo para todos
Etxebarria no encaja en ninguna casilla. No es una conservadora al uso, no comulga con la derecha y no ha pedido perdón por sus posiciones anteriores. Eso la convierte en un problema para quien intenta clasificarla. Sus defensores destacan su valentía; sus detractores, su vehemencia. Ambos coinciden en que no pasa desapercibida.
El material recoge también el deseo expreso de que participe en el espacio donde se la discute. «Ojalá sea forera», escribió alguien. «Ha estado metida en lo más profundo y elitista de la progresía hasta que cayó del burro hace pocos años. Sabe cosas, vidas, que nos encantaría leer.» La invitación es sincera y, a la vez, una forma de reconocer que su testimonio tiene valor.
Hay quien la tiene en la lista de ignorados y quien le manda saludos. La polarización es total. Y en medio de todo eso, la escritora sigue publicando, sigue opinando y sigue sin callarse. Con estos mimbres, el cesto no se va a deshacer pronto.