Lisichansk cae y Lugansk queda bajo control ruso
La última ciudad del óblast de Lugansk ha caído y las fuerzas rusas y sus aliados locales dan por controlada la práctica totalidad del territorio. La toma de Lisichansk cierra la conquista de una región que llevaba
ocho años en el frente y abre la siguiente fase hacia Siversk y Bajmut. Eso es el hecho. El resto es discusión.
Y la discusión va de un extremo al otro. Hay quien lo lee como punto de inflexión y quien sostiene que la plaza apenas ha aguantado unos días después de que Severodonetsk y Zolote resistieran cerca de un mes. En la alcaldía ya ondea, según se sostiene, la bandera de la victoria, y se ha difundido la imagen de un soldado del 6º de Cosacos junto a ella. Los vídeos muestran a vecinos echados a la calle.
Qué ha pasado en Lisichansk y por qué importa
La ciudad era el último reducto de la República Popular de Lugansk. Con su caída se da por completa la «liberación» del territorio y el mando ruso puede reorganizar unidades antes de lanzar el siguiente empuje. No es un detalle menor: según un cálculo que circula en el hilo, la plaza estaba defendida por unos
10.000 soldados ucranianos, frente a los 2.000 o 4.000 que llegaron a concentrarse en Severodonetsk.
La pregunta que flota es por qué unas posiciones resisten semanas y otras se desmoronan. La hipótesis que más circula apunta a que el desgaste acumulado en Severodonetsk y Zolote dejó a Ucrania sin reservas para aguantar el siguiente envite. Otras versiones insisten en que se trató de una retirada ordenada y no de un colapso. Con el terreno ablandado antes por artillería y misiles, quienes siguen la ofensiva dan por hecho que lo que viene será
más fácil.
Retirada, fuga o «defensa elástica»
El lenguaje hace aquí un trabajo pesado. Lo que unos describen como una evacuación planificada y ordenada, otros lo cuentan como una huida apresurada en autobuses civiles urbanos. Con retintín se ha bautizado el movimiento como una nueva
defensa elástica ucraniana, la fórmula con la que se maquilla cada cesión de terreno.
El debate no es semántico. Si la retirada fue ordenada, quedan fuerzas intactas para las siguientes líneas defensivas. Si fue un desmoronamiento, la siguiente posición hereda el problema. Restan Siversk, Bajmut y, sobre todo, el eje de Kramatorsk, la plaza verdaderamente dura. Queda además la limpieza del terreno, el desminado y los prisioneros que hayan podido quedar cubriendo la salida.
Chechenos, cosacos y milicias locales: quién entra primero
Las fuerzas que aparecen en los vídeos de la entrada vuelven a ser las mismas. Unidades chechenas, cosacos y milicianos de Lugansk son recibidos con abrazos por los vecinos. Se sostiene que su presencia se ha multiplicado: a los dos batallones previos se habrían sumado
cuatro más llegados en apenas una semana.
La lectura desde ese lado es que estas tropas han convertido la experiencia en método. Se repite el ejemplo de Grozni, la ciudad que quedó arrasada y de la que salieron combatientes curtidos. Que la apuesta salga a cuenta es otra cosa: en sentido contrario, otro participante recuerda que en Rusia la esperanza de vida masculina ronda los
66 años.
Mariupol se reconstruye antes del frío; aquí, meses después
El contraste que más incomoda no es militar. Las imágenes que llegan de Mariupol muestran obras, casas en construcción y hasta un hospital, con un objetivo declarado: entregarlas antes del
1 de noviembre, cuando aprieta el frío. Quien lo cuenta es una de las voces que respaldan la ofensiva, pero las grúas están ahí.
La comparación con la gestión española se cuela sola. Se pregunta qué ha pasado con los vecinos canarios que lo perdieron todo por el volcán, alojados en barracones o pabellones meses después, o cuánto tardaron en llegar las ayudas de Filomena, de las inundaciones del Levante o del terremoto de Lorca. El reproche no es a Rusia, es a casa.
Por qué la caída reabre el debate de las sanciones
Cada victoria militar reaviva la discusión sobre el coste de las sanciones para los europeos. Una de las quejas es que el diésel supera ya los
2 euros y que nada impide pensar en los 3 en cuestión de semanas, mientras intervenciones militares de otros países no generaron sanciones equivalentes.
La respuesta habitual es que Europa y Estados Unidos forman un mismo bloque económico, militar e ideológico, y que las reacciones no pueden ser simétricas. El contraargumento es que quien paga la factura es el consumidor europeo, no quien decide. Nadie ha movido un pelo de su posición.
Con Lisichansk cerrada, todo apunta a que la siguiente fase llegará tras unos días de descanso y ablandamiento artillero. Si el patrón se mantiene, la caída de las próximas plazas dependerá menos de la resistencia ucraniana que de cuánto aguante Europa su propia factura energética. Queda por ver si esas reservas de las que se habla —y de las que nadie da cifra— existen de verdad.