Baerbock: apoyo a Ucrania «independientemente de lo que piensen mis votantes»
En el Forum 2000 celebrado en Praga, la ministra alemana de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock, prometió que Berlín mantendrá el apoyo a Ucrania y las sanciones contra Rusia con independencia de lo que piensen sus votantes. «Si le prometo al pueblo de Ucrania que lo apoyaremos todo el tiempo que sea necesario, entonces quiero mantener esta promesa, independientemente de lo que piensen mis votantes alemanes», dijo. La escena tiene su miga: una ministra que responde ante el electorado alemán garantizando a un tercer país algo que ese electorado no ha votado. Y todo ello con el invierno a la vuelta de la esquina.
No es una frase suelta ni un lapsus de sobremesa. El discurso venía con un plan B para las consecuencias y con un mensaje implícito bastante nítido: el descontento social no va a alterar la política exterior alemana.
Qué dijo exactamente Baerbock en el Forum 2000
El núcleo del mensaje es la palabra
mantener. Baerbock insistió en que cada medida que adopta «tiene que dejar claro que esto se mantiene en vigor todo el tiempo que Ucrania lo necesite», y enmarcó el apoyo como una cuestión de principios: sostener a Ucrania es «simplemente algo normal si crees en el estado de derecho y la libertad en el mundo». Añadió que lo que está en juego es «el derecho que cada país tiene a determinar su propio futuro».
Conviene subrayar el escenario. La declaración no se produce en Berlín, ante el Bundestag, sino en una conferencia internacional en Praga, con presencia ucraniana y europea. Cuanto más lejos de casa se anuncia la promesa, más evidente resulta a quién va dirigida. Y a quién no.
Las sanciones se quedan aunque suba la factura de la luz
La parte incómoda llegó al hablar del invierno. «Ahora nos enfrentamos al invierno, cuando nos retarán como políticos democráticos. La gente saldrá a las calles y dirá: “No podemos pagar los precios de la energía”. Y yo diré: “Sí, lo sé, por eso os ayudaremos con medidas sociales”», anticipó. La frase siguiente es la que ha corrido como la pólvora: «Pero no quiero decir: “Vale, entonces dejamos de imponer sanciones a Rusia”».
Dicho de otro modo: el Gobierno alemán ofrece compensaciones —medidas sociales y «buenas soluciones en toda Europa para equilibrar las consecuencias sociales»—, pero no revisión de la política de sanciones. «Estaremos con Ucrania, y esto significa que las sanciones se mantendrán en vigor también en invierno, incluso si eso se vuelve muy difícil para los políticos», concluyó. Traducido al lenguaje de la factura: la decisión la toma un gobierno, el recibo lo paga el contribuyente.
De Merkel a Scholz: la ruptura del eje energético alemán
Buena parte de la conversación alemana que rodea estas declaraciones mira al pasado inmediato. Hay quien sostiene que el giro no es ideológico sino de alineamiento: la etapa de Angela Merkel se recuerda por el Nord Stream 2, por un crecimiento industrial sostenido sobre gas ruso barato y por un trato directo con Moscú que su sucesión habría dinamitado. La comparación es recurrente: Putin se crio en la RDA y habla alemán; Merkel, nacida en la RDA, hablaba ruso y acudió personalmente a despedirse de él al dejar el cargo.
El contrapunto también circula. Frente a la tesis del entendimiento bilateral se argumenta lo contrario: que Berlín siempre actuó en función de sus intereses y que el problema no es la persona, sino la dependencia de intereses ajenos al electorado europeo. En ese relato, la figura del actual canciller queda retratada como un apéndice sin peso propio: abucheado en actos públicos, con el carisma de una bellota, según las críticas más repetidas.
Cada cual arrima el ascua a su sardina.
Las calles ya se están moviendo: Berlín y Kassel
El escenario que Baerbock anticipaba no es hipotético. La formación de extrema derecha AfD celebró una convocatoria en Berlín que, según su propio recuento, reunió a más de 10.000 ciudadanos contra la crisis energética. En Kassel, manifestantes bloquearon el acceso a una fábrica de la corporación Rheinmetall y la policía respondió con porras y gas lacrimógeno. También hubo convocatorias contra el envío de armas a Ucrania en varias ciudades alemanas.
La pregunta es cuánta cuerda queda. El análisis más optimista confía en que las ayudas sociales desactiven el malestar antes de que se convierta en crisis política. El escenario pesimista no necesita demasiada imaginación: cortes de luz, facturas impagables y un invierno largo son un caldo de cultivo difícil de gestionar con medidas parciales.
¿Se puede revocar a un representante que no cumple?
Aquí aparece el argumento institucional, y es el más incómodo para el relato oficial. Si un cargo electo puede anunciar que actuará al margen de quienes le votaron, la representación se queda sin mecanismo de corrección. De ahí la reclamación que se repite: en una democracia que merezca ese nombre debería existir la posibilidad de revocar el mandato de un político cuando empieza a no cumplir la voluntad de sus votantes.
La alternativa que se plantea desde el escepticismo es más rudimentaria y, a la vez, más contundente: si nadie fuese a votar, la ilusión democrática se caería sola. Es la vieja discusión sobre si el problema está en los políticos o en el electorado que los legitima cada cuatro años. Lo que sí admite poca discusión es que la ciudadanía alemana va a poder comprobar en su recibo de la luz el alcance real de la promesa.
Un cargo electo dice en público que hará lo contrario de lo que quieren sus votantes, y la factura energética llegará igual en enero. ¿Alguien cree que estas palabras se sostendrán cuando el frío apriete y las encuestas empiecen a moverse?
Datos clave del caso Baerbock