Comer en el Mercadona en Villaviciosa: cuando el turista madrileño cierra la cartera
La hostelería asturiana no tiene un problema de turismo; lo tiene de precios. Esta temporada, los supermercados con zona de comida se han convertido en la alternativa real para miles de visitantes que llegan al norte con la idea de gastar, pero que se topan con menús que parecen diseñados para ahuyentar al cliente.
En la localidad de Villaviciosa, el pequeño espacio de mesas del Mercadona ha estado a rebosar, con familias enteras en bañador y chanclas comiendo platos precocinados mientras las sidrerías del entorno registraban una ocupación discreta. Para muchos vecinos, la imagen resulta ofensiva: el turista que debería dejar dinero en el comercio local recorre el pasillo del supermercado, calienta un arroz en el microondas y se sienta en una mesa compartida. La escena, sin embargo, no es un capricho: es una respuesta racional a un contexto de precios que muchos consideran abusivo.
Precios de restaurante que expulsan al cliente
Algunos datos de la temporada lo ilustran: una comida para cuatro con ración de calamares, pastel de cabracho, croquetas y botellines supera fácilmente los 80 euros. Una fabada en Oviedo llegó a costar 30 euros con postre y sabor a la de bote. El café, que hace veinte años se pagaba a 1,50 euros, se mueve ya en la franja de 1,60-1,90. Son ejemplos aislados, pero dibujan una tendencia: la restauración asturiana ha aplicado una política de precios que no convence a un turismo cada vez más consciente del valor.
La quinta gama como competidor incómodo
El argumento más incómodo para el sector no es el del precio, sino el de la autenticidad. Diversos testimonios aseguran que en varios establecimientos asturianos se sirve la misma lubina de piscifactoría que se vende en Mercadona, comprada a decenas de kilómetros, y recargada después en la carta en torno a los 25 euros. La oferta de quinta gama —precocinados que el propio supermercado calienta— coincide con la que utilizan muchos restaurantes, lo que reduce el valor diferencial de la cocina tradicional. Si el plato es el mismo, el cliente se pregunta por qué pagar diez veces más.
La pelea política de fondo: transferencias y agravios
Detrás del estallido por la comida en el súper asoman viejas rencillas territoriales. El visitante madrileño se convierte en el chivo expiatorio de un malestar que tiene raíces más profundas: la sensación en Asturias de que la comunidad aporta menos de lo que recibe, o la convicción desde Madrid de que el norte vive de las transferencias. Son dos narrativas enfrentadas que se retroalimentan y que convierten cualquier decisión de consumo en un gesto político. La realidad es más prosaica: la gente come donde le sale rentable, y los datos disponibles muestran que el público del Mercadona no es un anti-turista, sino un cliente decepcionado.
¿Regulación o libre mercado?
Ante la avalancha, se han planteado ideas de intervención: si el supermercado ofrece servicio de restauración, debería regirse por la misma normativa que un bar, exigirle licencia, horarios y, probablemente, un pago por el uso del espacio. La referencia al modelo Airbnb planea en el ambiente. La propuesta, defendida por unos como defensa del comercio local, choca con la postura de quienes creen que el mercado ya ha dado su veredicto: si un hostalero pierde clientes frente a un supermercado, algo está haciendo mal. Que el supermercadista haya convertido su zona de comidas en un chiringuito es una muestra de capacidad de adaptación; que la hostelería tradicional no la encuentre, es el verdadero problema.
A corto plazo, todo apunta a que el fenómeno seguirá creciendo, especialmente con el turismo de furgoneta que ha sustituido el Mediterráneo por el Cantábrico. Si los precios no se ajustan y el servicio no mejora, la escena del Mercadona será la imagen de los veranos asturianos durante años. Aunque también es posible que, con tanta visibilidad, al final los restaurantes reaccionen. La pelota está en su tejado.