La industria manufacturera pierde 700.000 empleos y se aleja del objetivo europeo del 20%
La industria manufacturera española ha perdido más de 700.000 empleos desde el año 2000 y se aleja del objetivo europeo de que el sector aporte el 20% al PIB, según un tuit de EL MUNDO recogido en el debate. El dato ha reabierto el debate sobre qué país se está construyendo: uno que cambia fábricas por camareros, teleoperadores y dependencia del turismo. La pérdida no es un accidente estadístico. Es el resultado de decisiones que nadie asume.
Qué ha pasado con el empleo industrial en España
El desplome de la industria manufacturera coincide con un aumento del empleo público de 1.200.000 personas desde el año 2000, según los cálculos que circulan en el análisis. En el mismo periodo, los pensionistas han crecido en 1.100.000 y los perceptores del Ingreso Mínimo Vital alcanzan los 2.250.000. La foto es la de un país que sustituye producción por subsidio y nómina pública.
Como un cobete, resume una de las intervenciones más repetidas.
La crisis de la construcción entre 1997 y 2007 se llevó por delante a buena parte del tejido autónomo, aunque el número de trabajadores por cuenta propia se ha recuperado después. El problema no es solo cuántos empleos se destruyen, sino cuáles se crean en su lugar. La robotización, la energía asequible y la eliminación de trabas burocráticas aparecen en el análisis como condiciones para que la industria sobreviva. Sin ellas, el sector no compite.
Salarios estancados y productividad que no despega
Los salarios reales en España llevan tres décadas prácticamente congelados. La subida acumulada desde 1994 es de apenas un 2,76%, uno de los peores resultados entre los 38 países de la OCDE. En euros constantes de 2024, el salario medio pasó de 32.157 euros anuales a 33.044 euros en 2023: 887 euros más en treinta años. La cifra la recoge un informe de la OCDE citado en el análisis.
Ese estancamiento salarial explica en parte por qué la industria no encuentra relevo. Competir con vecinos europeos exige precios más ajustados o más productividad, y la productividad se traduce en vender más caro. El ejemplo que se repite es el del automóvil: un Mercedes cuesta mínimo 40.000 euros y un MG 15.000. La diferencia no es solo de marca, es de modelo productivo.
El turismo no hace rico a un país
El turismo engorda las estadísticas del PIB, pero buena parte de la sociedad soporta externalidades negativas: ruido, suciedad, aglomeraciones, tiempos de espera y una vivienda mucho más cara. En algún sitio hay que meter a los 100 millones de turistas. La conclusión que se repite es que ningún país se ha hecho rico por el turismo, y que el modelo solo se sostiene si el número de visitantes crece indefinidamente. Algo que ni va a suceder ni tiene sentido.
Los fondos europeos Next Generation se diseñaron para diversificar la economía y acabar con la dependencia del turismo. Miles de millones han quedado sin emplear porque ni siquiera se han presentado los proyectos. La Administración de este país, resume el análisis, es digna del África Subsahariana. El esfuerzo cae en saco roto.
Quién tiene la culpa: liberales, proteccionistas y el Estado
El diagnóstico se divide. Una corriente sostiene que el Estado no debe promover iniciativa empresarial ni invertir en empresas, y que su papel se limita a dar cobertura de servicios básicos. Recuerda los tiempos de Infovía como proveedor único de internet y los compara con la competencia posterior y los oligopolios actuales. Otra corriente responde que llevamos 45 años de políticas liberales, privatización de lo público y endiosamiento de la iniciativa privada, y que eso ha destruido la industria. Los dos bandos se acusan de traición.
Hay quien apunta a las grandes empresas como primeras beneficiadas de las crisis: sobreviven mientras barren a la competencia. Y quien señala a los vecinos europeos: el declive vendría de la imposibilidad de competir sin precios más bajos o más productividad. El proteccionismo aparece en el debate como receta, aunque el país fetiche que se tomaba como modelo se ha vuelto cada vez más proteccionista.
El empleo que viene: teleoperadores y agentes telefónicos
El próximo golpe ya está en marcha. Los teleoperadores y agentes telefónicos, cientos de miles de empleos en España, tienen los años contados por la inteligencia artificial. En dos o tres años no quedará ni uno, según la predicción que se maneja. La industria manufacturera no es el único sector que se evapora: el empleo administrativo y de atención al cliente sigue el mismo camino.
En el metal, la experiencia de quien trabaja en el sector apunta a otro problema: los que entraron hace diez o cinco años tenían nivel y ganas; los del último año son lamentables, muchos se han cogido la baja o lo han dejado porque no se ven capaces. Hay excepciones, un par de chavales de 22 y 24 años que son un 10. La queja no es solo de cantidad, es de calidad.
El dato que descoloca no es la pérdida de 700.000 empleos. Es que, con salarios estancados tres décadas, un sector público que crece, una industria que se apaga y una inteligencia artificial que viene a por los teleoperadores, nadie haya presentado todavía los proyectos para los fondos que iban a arreglarlo.