Un trabajador relata que le exigen mascarilla en una clínica de oftalmología en Cataluña
Un usuario de un foro cuenta que mañana tendrá que volver a ponerse la mascarilla en su puesto en una clínica de oftalmología de Cataluña. Según su relato, la instrucción llega por la vía jerárquica y sin que exista, a fecha de la conversación, ningún estado de alarma vigente. «Vuelve mi peor pesadilla», resume. En el mismo hilo, otra participante afirma que en un centro de salud público una empleada no sanitaria se negó durante dos días y acabó recibiendo un correo del departamento jurídico de su empresa advirtiéndole de un expediente disciplinario por falta grave.
La diferencia entre comunidades es un punto que se debate. Según los mensajes, en Cataluña la orden alcanzaría a personal sin contacto directo con pacientes; en otras regiones donde también se ha impuesto la mascarilla obligatoria, el ámbito se limitaría a profesionales con atención directa al paciente o a servicios de urgencias hospitalarias. El resultado, sostienen, es un mapa desigual para una misma medida sanitaria, sin norma publicada que la respalde en todos los casos.
¿Es obligatorio o solo una recomendación de la empresa?
Varios mensajes piden a quien recibe la orden que solicite por escrito el nombre, apellidos, DNI y cargo de quien la impone, la norma concreta en la que se basa y su firma. La tesis que se repite: sin esa base, la instrucción es una decisión unilateral de la empresa y su incumplimiento no puede convertirse en falta grave.
La presión, sin embargo, funciona por otras vías, según el relato. El correo del departamento jurídico a la empleada del centro sanitario es el ejemplo más citado: no invoca una ley, invoca el riesgo para la salud de terceros. Y ahí es donde el trabajador queda atrapado entre firmar el expediente o tragar.
El caso de la exención médica que nadie pidió
Un participante relata su propia experiencia: con secuelas leves de un cáncer de pulmón superado, comunicó que estaba exento por prescripción médica y se movió por oficina y almacén sin mascarilla durante toda la etapa anterior. Nadie le requirió el justificante. «Se notaban las ganas que tenían de meterme mano pero NADIE tuvo los santos cojones de pedir ver la exención médica porque tenían bien claro que era ilegal», escribe.
El episodio apunta, según su relato, a un patrón: la exigencia se aplica con dureza sobre quien no tiene coartada documental y se diluye cuando el empleado enseña un papel. La asimetría no dependería de la norma, sino de la capacidad de cada trabajador para plantar cara.
La eficacia de la mascarilla, el punto que nadie cierra
El choque más duro del intercambio llega al discutir si la mascarilla sirve para algo. Un lado sostiene que no existe ningún estudio serio, revisado por pares, que demuestre control de la transmisión comunitaria de virus con mascarilla quirúrgica, y que su uso solo protege de salpicaduras en un quirófano. El otro responde que el estudio citado es una encuesta por internet, no un ensayo, y que los propios datos se explican porque quienes estaban enfermos se ponían la mascarilla para no contagiar.
El intercambio acaba sin acuerdo y con un dato incómodo para ambos: el trabajo citado reconoce financiación pública del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón. Ni una parte ni la otra salen de ahí con la razón entera.
El recuerdo de la etapa anterior
La conversación deriva hacia lo vivido años atrás. Aparecen quienes no se pusieron la mascarilla en ningún momento en su puesto y no sufrieron consecuencias, quienes la llevaban solo cuando tenían compañeros tosiendo cerca y quienes recuerdan la presión social de aquellos meses. «Los que no lo hicimos os lo agradecemos mucho a todos los colaboracionistas», resume uno.
El tono sube cuando se menciona a la administración catalana. La coincidencia, más allá del enfado, es que la medida vuelve sin norma nueva, sin estado de alarma y sin explicación de por qué ahora y no hace seis meses.
Queda el dato que descoloca: la orden se aplica, según el relato, en una clínica de oftalmología, un sitio donde el paciente está sentado a medio metro del profesional y donde el propio centro decide si exige el papel o no. Nadie ha publicado aún la norma que lo obliga.