Mario Vaquerizo compra en Gran Vía y sueña con un hotel en la casa rosa
Mario Vaquerizo ha confirmado que él y Alaska han comprado una portería en la Gran Vía de Madrid. El plan: quedarse con la casa rosa y convertir el resto del edificio en hotel. El comunicador, que presume de tener más de seis propiedades en la arteria más céntrica de la capital, defiende sin complejos su perfil de inversor inmobiliario. «Soy capitalista, me encanta la propiedad privada», llegó a decir en televisión, en una defensa explícita del ladrillo como destino del ahorro.
La Gran Vía ya no admite un hotel más
La operación reabre la pregunta incómoda: ¿cuánto puede soportar el centro de Madrid antes de convertirse en un parque temático para turistas? Hay quien sostiene que en Gran Vía y aledaños casi todos los portales son ya hoteles o apartamentos turísticos, y que cualquier compra adicional empuja el precio del suelo fuera del alcance de los residentes. Otros responden con el manual clásico del propietario: el dinero es privado, la iniciativa genera empleo y el mercado ya pondrá precio al exceso de oferta. La discusión ha llegado incluso a citar el artículo 281 del Código Penal, que castiga retirar del mercado productos de primera necesidad. La vivienda, en una ciudad como Madrid, ¿es uno de ellos?
El negocio detrás del personaje
Para entender la operación hay que mirar la cuenta de resultados del artista. Las Nancys Rubias, su grupo, mueve entre 18.000 y 30.000 euros por concierto, según las cifras que se han manejado en televisión y en la prensa. Pero la mayor parte de esos bolos salen de contrataciones municipales, un flujo de dinero público que acaba convirtiéndose en metros cuadrados en una de las calles más caras de Europa. Es un modelo que no gusta a todo el mundo: hay quien ve en Vaquerizo a un empresario listo que ha sabido monetizar su personaje, y quien prefiere recordar que la telebasura y las subvenciones municipales también generan plusvalías.
La operación de la casa rosa está en fase de proyecto, sin licencia ni plan cerrado. Pero la dirección es clara: el entretenimiento y los conciertos municipales se transforman en ladrillo premium en pleno centro de Madrid. Y el debate sobre qué ciudad se quiere construir —¿para vivir o para visitar?— queda, por ahora, abierto.