Marc Giró defiende la inmersión en catalán y el debate valenciano se enciende
¿Es catalanofobia rechazar la inmersión lingüística en catalán en las escuelas valencianas? El cómico Marc Giró defendió en televisión la enseñanza en catalán y el presentador Jordi Évole respaldó el monólogo con un mensaje en redes en el que pedía «tomarse este monólogo cada 8 horas contra intolerancias varias, principalmente la catalanofobia». La reacción no se hizo esperar: buena parte del público valenciano interpretó que se estaba llamando fobia a lo que, en su opinión, es un rechazo legítimo a una imposición ideológica disfrazada de política lingüística.
El núcleo del conflicto no es la lengua, sino qué se enseña detrás de ella. Un sector del profesorado y de la administración autonómica ha vinculado históricamente la normalización del valenciano a un relato pancatalanista que identifica la antigua Corona de Aragón con los llamados Països Catalans. Quienes rechazan ese marco sostienen que no se está defendiendo un idioma, sino una ideología que presenta España como un ente ajeno y hostil. La discusión, por tanto, no va de filología: va de proyecto político.
¿Qué se vota realmente en las consultas escolares valencianas?
Las consultas sobre la lengua base en la enseñanza han funcionado como termómetro del descontento. En la última, una parte relevante de las familias optó por el castellano como idioma principal, cuando en convocatorias anteriores la mayoría lo hacía por el valenciano por inercia del sistema de inmersión. El dato, leído en frío, indica que cuando se da a elegir sin presión ambiental, el castellano recupera terreno. No es un rechazo al valenciano: es un rechazo a que se decida por ellas.
Hay quien sostiene que el sistema de inmersión ha sido durante años una forma de ingeniería social, no una política educativa. La crítica se apoya en la idea de que el objetivo no era que los niños aprendieran valenciano —algo que nadie discute— sino que interiorizaran una identidad colectiva determinada. Cuando ese objetivo se hace explícito, la reacción es proporcional al grado de imposición percibido.
El argumento de la hispanofobia y la respuesta catalana
Frente al marco de la catalanofobia, una corriente del análisis valenciano invierte el diagnóstico: lo que se estaría inoculando en las aulas es hispanofobia. La tesis es que presentar lo español como la lengua de la extrema derecha —como se ha hecho en materiales y declaraciones recogidas en el debate— no es neutralidad educativa, sino adoctrinamiento. Y que ese mensaje, repetido durante una generación, convierte la independencia o la anexión en algo que los niños perciben como natural.
La respuesta desde el otro lado es que ese temor es un mito del blaverismo, una corriente que, según sus críticos, no tiene más de medio siglo de historia y se construyó como reacción política. La disputa sobre si el valenciano es una lengua propia o una variante del catalán lleva siglos enquistada, y cada intento de zanjarla académicamente ha fracasado porque el problema nunca fue académico.
¿Por qué el PSPV y el PSC votarían sí a la independencia?
La sospecha de que el PSPV y el PSC acabarían respaldando una consulta independentista en el momento decisivo recorre buena parte del argumentario crítico. No hay prueba de ello, pero la desconfianza se alimenta de la ambigüedad mantenida por ambas formaciones en los debates territoriales. Es una hipótesis política, no un hecho, y así conviene tratarla.
Lo que sí es un hecho es que la conversación se ha desplazado del terreno lingüístico al territorial. Cada vez que se discute la lengua, aparece la sombra de la anexión de Valencia y Baleares al proyecto catalán. Y cada vez que aparece esa sombra, el debate se vuelve irrespirable.
El cansancio de la guerra lingüística
Hay una parte del público que ya no distingue quién empezó la pelea. Para ese sector, la lengua es una trinchera que no le corresponde y que le obliga a posicionarse en un conflicto que no eligió. Hablan lo que quieren, votan lo que quieren, y no entienden por qué cada elección lingüística se convierte en una declaración de identidad nacional.
La ironía final es que, mientras se discute en qué idioma se educa a los niños, el asunto de fondo —qué país se les está enseñando a imaginar— sigue sin abordarse con la seriedad que merece. Y en esas estamos, discutiendo sobre lenguas mientras el muro se agrieta por otro lado.