Maribel Verdú, 53 años: el feminismo de discurso y la falda de festival
¿Se puede reivindicar el
feminismo en las entrevistas y, al mismo tiempo, presentarse en un festival de cine con falda corta y la espalda al aire? La pregunta ha vuelto a la primera línea tras la última aparición pública de
Maribel Verdú, a los
53 años, y la respuesta que se está dando no tiene nada de diplomática. Verdú es una de las caras más reconocidas del cine español y, también, uno de los nombres más expuestos al juicio estético ajeno. Cada alfombra roja se lee como un manifiesto. El problema no es la falda. El problema es quién decide qué significa.
Una carrera construida con el desnudo como norma laboral
Pocas trayectorias resumen mejor la relación del cine español con el cuerpo femenino. Uno de los recuentos que circulan sostiene que Verdú
llegó a salir desnuda en 40 películas seguidas a lo largo de 20 años y sitúa su último desnudo obligado en
El laberinto del fauno, en
2006, con 36 años. La exigencia, según esas versiones, venía de los productores.
Ese matiz lo cambia casi todo. Si el desnudo era condición de trabajo y no elección personal, la responsabilidad de la cosificación se reparte de otra manera y la factura no se le pasa solo a quien se pone delante de la cámara. La propia actriz ha contado que en el trabajo ha sufrido situaciones de acoso, con llamadas al camerino incluidas. Poco de eso aparecía en el titular de la polémica.
Del Interviú al Goya: cuando la carrera se juzga por la piel
Antes de todo eso hubo portada. La actriz posó en
Interviú con
17 años recién cumplidos, y ese dato se usa ahora como prueba de cargo contra su discurso. En el otro extremo está su papel público más citado: el
Goya de 2013 por
Blancanieves, que dedicó a quienes habían perdido casas, ilusiones y esperanzas por culpa de un sistema al que calificó de quebrado e injusto.
El contraste entre la foto y el discurso es el corazón del reproche. Y hay un tercer elemento que casi nadie menciona: sus declaraciones sobre el acoso en el sector, recogidas durante su paso por un programa de televisión de aventuras. Se le exige coherencia en el vestuario mientras se ignoran las partes incómodas del relato.
Los tres reproches que se cruzan en la discusión
La primera corriente es la de la incoherencia: si el activismo va en serio, dicen, el escaparate también cuenta, y no vale denunciar la cosificación mientras se ofrece material para ella. La segunda sostiene justo lo contrario: criticar la ropa de una mujer de 53 años es exactamente la conducta que el feminismo lleva décadas señalando, y ningún discurso obliga a renunciar a un escote. Hay una tercera vía, más cínica: la reivindicación llega cuando la venta de imagen ya no rinde, y entonces el activismo funciona como segunda carrera.
Ninguna de las tres se cae sola. Todas tienen su punto ciego.
¿Quién elige el vestido de una actriz a los 53 años?
Aquí aparece el actor secundario del asunto: el estilista. Buena parte del reproche se dirige a la ropa elegida, como si la mujer que la lleva no tuviera criterio propio o, al contrario, como si lo tuviera y fuera culpa suya. Se le atribuye haber dicho que el cambio de imagen «no era tan guay como lo que había antes» —depende de dónde se ponga el foco, la frase puede apoyar una tesis o la contraria—.
Lo cierto es que la actriz no ha pedido perdón ni ha rectificado. El vestido sigue puesto y la polémica, alimentada.
La edad, ese tribunal que no levanta acta
Nadie lo dice en voz alta, pero el detonante real es la edad. Las actrices de más de 50 años siguen siendo medidas con una vara que a sus compañeros de reparto no se les aplica con la misma dureza. Aparece entonces el argumento del «debería vestir acorde», que es la versión culta de «ya no estás para eso». Se le reprocha el mismo guion que a cualquier hombre de 50 y tantos que se pone unos vaqueros rotos.
Y no hay una autoridad clara que fije el límite. Solo hay miradas.
Con estos mimbres, la falda deja de ser ropa y pasa a ser un examen. Lo llamativo no es que se le pida coherencia: es que se le pida con el mismo gesto con el que durante veinte años se le exigió enseñar carne. A los 53 años, alguien sigue decidiendo frente al objetivo qué significa llevar esa falda. Y eso no lo arregla ningún estilista.