Texas: 18.000 vacas muertas en la explosión de una granja
Más de 18.000 vacas lecheras muertas y una persona en estado crítico. Ese es el balance que dejaron la explosión y el incendio registrados en la tarde del lunes en la granja
South Fork Dairy, en Dimmitt, un municipio del estado de Texas. Los primeros informes, recogidos por medios estadounidenses, sitúan por encima de esa cifra los animales fallecidos en una instalación de ganado vacuno de leche. El dato tiene trampa: según cómo se mida, es una catástrofe colosal o un cero a la izquierda dentro del censo ganadero.
Qué se sabe de la explosión en la granja de Dimmitt
Lo confirmado es poco y conviene no adornarlo. Una explosión seguida de incendio en una explotación de ordeño, en la tarde del lunes. Más de 18.000 vacas muertas. Una persona herida crítica, cuyo estado no ha trascendido más allá de esa calificación. Las autoridades locales habrían confirmado el número de animales fallecidos, siempre según las informaciones publicadas. Lo que no aparece en ningún sitio, en los primeros compases, es una causa oficial.
Ni un informe técnico, ni una hipótesis respaldada por los servicios de emergencia, ni una explicación sobre qué material o qué instalación pudo originar la deflagración. El vacío lo han llenado las especulaciones, y de eso hay de sobra.
18.000 vacas: cuántas son y con qué se comparan
Aquí está la parte jugosa. La cifra se entiende mejor traducida al censo lechero español: 18.000 vacas de ordeño equivalen, aproximadamente, a todo el ganado lechero del País Vasco, según la comparación que circula en el debate. La Comunidad de Madrid andaba, en las primeras estimaciones, por las 6.300 vacas lecheras; después se corrigió al alza, con datos del INE, hasta las 13.200. Galicia, la comunidad con más censo, reúne 450.000, más de un tercio del total nacional.
Puestos a mirar al otro lado del Atlántico, el golpe se diluye. Estados Unidos tenía
89,3 millones de cabezas de ganado vacuno y terneros a 1 de enero de 2023, según el informe del Servicio Nacional de Estadísticas Agrícolas del Departamento de Agricultura estadounidense. El ganado dedicado a producción de leche ronda los 9,5 millones. Traducido: las vacas muertas en Dimmitt representan alrededor del
0,02% del censo vacuno total y en torno al 0,2% del lechero, según un cálculo que circula en el debate.
Un cero a la izquierda, dicho con crudeza. La aritmética completa, con los porcentajes desglosados paso a paso, forma parte de esos mismos cálculos.
¿Por qué se cuestiona el modelo de macrogranja?
Porque meter a miles de animales en naves de estabulación permanente concentra el riesgo: cuando algo se incendia, no se pierden decenas de cabezas, se pierden miles. Esa idea recorre buena parte de las reacciones al siniestro. Hay quien lo califica directamente de salvajada y sostiene que ni en China se da una concentración semejante, con el argumento de que en Texas sobra terreno para el pastoreo. La comparación más dura, la que equipara estas naves con recintos de reclusión, circula también, aunque sin pretensión de literalidad.
Macrogranja ha dejado de ser una palabra técnica.
El espejo español funciona. En Noviercas se proyectó una explotación de
24.000 vacas que finalmente no obtuvo permiso, precedente que se cita como prueba de que el freno administrativo existe. Y aparece un matiz incómodo para el consumidor: incluso quien se declara carnívoro admite que pagaría más por una vida más llevadera para estos animales, y denuncia que no hubiera un sistema de seguridad industrial, unas puertas que se abrieran solas, para que el ganado pudiera salir. Quien ha trabajado en mataderos alude a su paso por esas instalaciones.
El consumo de carne como telón de fondo
El siniestro ha reabierto la discusión sobre qué sostiene una nave con 18.000 vacas dentro. Se argumenta que Estados Unidos es el mayor consumidor de carne del mundo, con unos
100 kilos por persona y año, en uno de los países de renta individual más alta y donde la proteína animal es barata. De ahí sale la tesis más repetida: si el producto es asequible, mantener a los animales en condiciones mínimamente dignas no debería ser un lujo, sino un coste incorporado al precio.
En contra juega el otro flanco. El cultivo de soja para piensos también tiene huella climática y contamina, así que la superioridad moral de quien señala el plato ajeno queda en entredicho. En medio, el ruido: una parte del activismo vegano ha apuntado al comprador como cómplice último de las condiciones en que vive el ganado, con reproches directos a quien consume carne y lácteos. El reproche se ha devuelto con la misma moneda desde el lado contrario. De ese cruce de acusaciones no ha salido ni un dato nuevo sobre lo ocurrido en Dimmitt.
Sospechas de sabotaje sin ninguna prueba
No faltan quienes atribuyen el siniestro a una acción intencionada: sabotaje, atentado de grupos animalistas, incluso
falsa bandera. Son hipótesis que circulan sin respaldo probatorio, sin confirmación oficial y sin más base que la acumulación de incidentes parecidos en explotaciones ganaderas, una coincidencia que se usa como argumento pero que no demuestra vínculo alguno. Conviene decirlo antes de que la sospecha se asiente como relato: a la fecha de esta discusión no hay causa oficial confirmada.
El asunto se queda exactamente donde empezó. 18.000 vacas muertas, una persona herida crítica y ninguna explicación oficial. Lo demás son cuentas y opiniones que el propio siniestro no resuelve. Cuando llegue el informe técnico, la cifra que hoy parece monstruosa tendrá que encajar en un censo de 89,3 millones de cabezas. Ahí se atasca todo.