El inglés es la lengua franca pese a las carencias que se le atribuyen
¿Puede un idioma sin conjugaciones, sin concordancia de género y sin tildes ser la lengua común del mundo? La pregunta abre una polémica que arranca con una tesis incómoda: el inglés se ha impuesto pese a las carencias que le atribuyen sus críticos. La lista de supuestas faltas es concreta. No marca el infinitivo con terminación propia, no usa artículos ni adjetivos que concuerden en género y número, no da género a los sustantivos y no coloca tildes que avisen de cómo suena cada palabra.
La defensa llega rápida y con tinte práctico: por simple, cualquiera se desenvuelve con lo básico en semanas. Y debajo hay economía pura. La lengua franca no la elige el mérito gramatical, la elige el poder que la respalda.
Las carencias que se atribuyen al inglés
El inventario no discute la pronunciación —ahí se concede que el inglés es un caos— sino la arquitectura. Una lengua que usa la misma forma para el singular y el plural en adjetivos, que no asigna género a los sustantivos y que deja la entonación sin señales escritas. Para los críticos, ese cóctel convierte al inglés en una herramienta de emergencia: eficaz para pedir un café y firmar un contrato, pobre para matizar.
Enfrente aparece pronto un contraargumento que ordena todo lo demás:
de qué sirve quejarse de la gramática. Un idioma se vuelve global por razones geopolíticas, no filológicas. Se impone el que trae el imperio de turno.
Por qué el inglés no distingue entre ser y estar
La carencia más citada es el verbo. El inglés resuelve con un único «to be» lo que el español reparte entre ser y estar. Muchos lo leen como empobrecimiento: una lengua que no separa una condición permanente de un estado temporal pierde precisión. La respuesta llega con casos incómodos: ¿por qué decimos «estoy tatuado» y no «soy tatuado», «estoy de becario» pero «soy médico»?
El truco que se comparte para enseñar la distinción es doble: el «ser» va con lo estable, las profesiones y las descripciones; el «estar» cubre lo temporal, lo que puede cambiar. Regla útil que se agrieta en cuanto se mira de cerca. Aprender las excepciones es el verdadero problema.
Cuántas palabras tiene el inglés
Aquí entran las cifras y, con ellas, el escepticismo. Según lo expuesto en el debate, el diccionario de Cambridge registra alrededor de 400.000 entradas, el Merriam-Webster ronda la misma cantidad y el Oxford supera las 250.000. De ahí sale el titular de que el inglés triplica el vocabulario del castellano. En ciertos corrillos se llega a hablar de
un millón de palabras. La letra pequeña desmonta el número: el inglés no tiene una academia que fije qué es una palabra, así que cada diccionario decide su propio criterio de admisión. El español sí está regulado y su diccionario oficial no compite en volumen.
La trampa de fondo es la herencia. Buena parte de ese caudal son préstamos del francés, del gaélico, del frisón y del noruego. Se cita el ejemplo clásico: no es lo mismo
pork, la carne en el plato, que
pig, el animal en la granja. Duplicar términos para ganar matices es una riqueza, sí. Contar como propio lo ajeno y presumir del recuento es otra cosa.
Alemán: tres artículos y doce años sin dominarlo
La comparación con el alemán descoloca a los que acusan al inglés de simple. El alemán tiene tres artículos, plurales numerosos y declinaciones; su complejidad es evidente. De ahí salta el argumento, defendido por uno de los intervinientes, de que si hubiera ganado otra guerra hoy hablaríamos alemán, y sería mejor. El contrapunto lo ponen quienes llevan años estudiándolo: doce años sobre los libros y todavía no se habla bien. Hay una frase que resume el desgaste:
la vida es demasiado corta para aprender alemán. Por eso, para moverse por el mundo, gana la lengua más simple. El inglés es el esperanto del siglo XX que nadie tuvo que inventar.
Flexible frente a preciso: el mismo problema por dos lados
Hay quien sostiene que el inglés, lejos de ser pobre, porta más significado por unidad de lenguaje, con un uso más estricto de los tiempos verbales. Y hay quien vive en un entorno angloparlante y confirma lo contrario: el inglés es flexible pero impreciso, y para lo profundo se recurre al idioma propio. El reparto de tareas funciona. Ninguna de las dos partes lo admite del todo.
Así que, para sus críticos, el idioma del imperio es simple, prestado y sin academia. Lo que no le ha impedido ganar dos guerras, vender medio planeta y colocar su vocabulario en cada pantalla. Cosa curiosa: los idiomas complejos se aprenden por gusto y los simples, por necesidad. Y manda la necesidad.