Un equipo de café de 900 euros: capricho o herramienta de trabajo
Una cafetera de 900 euros es un capricho. Hasta que se cuenta en tazas: con el café de bar a 1,50 euros, según el cálculo que se hace en el hilo, el equipo se paga solo con el tiempo. El problema no es la aritmética, es el relato. Quien se gasta ese dinero en una máquina de café es un exagerado; quien se lo gasta en un móvil de 1.000 euros es un tipo moderno con criterio.
Ese es el eje de una discusión de foro en la que un aficionado al café detalló su compra: una
Rancilio Silvia V6 por 570 euros y un molinillo Eureka Mignon Silenzio hasta sumar 900. Se lo comentó a siete personas de su entorno —madre, pareja, hermano, amigos— y las siete pusieron el grito en el cielo. Él lo resumió a su manera: si se hubiera comprado un teléfono caro, le estarían dando la enhorabuena.
Qué incluye un equipo de café de 900 euros
La Rancilio Silvia V6 es, en palabras de su dueño, casi una cafetera profesional de caldera. Cuesta 570 euros, apenas lleva electrónica y arrastra una década de versiones: la V1 salió diez años antes y sus repuestos siguen disponibles y son compatibles entre sí. Ese detalle —la reparabilidad— es lo que separa este gasto de un electrodoméstico de usar y tirar.
El segundo componente es el molinillo, y ahí el consenso técnico es amplio: sin moler el grano en el momento, lo que sale por el portafiltros es, en palabras del propio comprador,
un brebaje que sabe a café pero no es café. Con molinillo integrado existe una alternativa compacta, la Lelit Anita, por unos 600 euros. El escalón mínimo que se menciona, la DeLonghi Dedica, obliga igualmente a comprar el molinillo aparte. Nada bueno y barato a la vez.
¿Se puede amortizar una cafetera de 900 euros?
Con el café de bar a 1,50 euros, el umbral que calcula uno de los participantes es de
600 consumiciones para cubrir el equipo, y eso sin meter en la cuenta el precio del grano. El café que usa el comprador es un Tarrazú de Costa Rica, de tostador local, a 19 euros. Para comparar, una mezcla en grano de supermercado se mueve entre los 5 y los 8 euros por paquete de 250 gramos.
Ahí aparece el primer frente interno. Hay quien sostiene que por 100 euros se compra una buena cafetera de vacío, que por encima de esa cifra el gasto no se justifica y que el dinero rinde mucho más en grano de calidad. La respuesta desde el otro lado es que las máquinas baratas no sacan crema, sacan espuma, y que un paladar entrenado nota la diferencia a la primera taza.
El coste oculto: tamper, báscula y ajuste del molino
Comprar la máquina es solo la mitad del camino. El manual doméstico que se despliega en la conversación incluye tamper, báscula de precisión de 0,01 gramos y el reajuste del molino cada vez que se cambia de grano, persiguiendo el doble de peso en taza respecto al café molido y en 25 o 30 segundos. El filtro individual de 7 a 9 gramos conviene dejarlo para más adelante: exige pericia.
También hay quien avisa de lo contrario. Estas máquinas no perdonan, y quien quiera dar a un botón y tener café hará mejor compra en una superautomática. Una tercera corriente es más dura: gastarse 900 euros no convierte a nadie en experto, el buen café se aprecia igual en métodos más baratos y lo que se adquiere, en realidad, es un objeto.
El móvil de 1.000 euros y la bici de 8.000: la doble vara
La comparación con otros caprichos es el tramo más transitado. Un móvil de 1.000 euros para usar el mensajero, una bici de carretera de 8.000, un traje de 800 euros para una boda, un reloj caro, una guitarra que no mejora la técnica de quien la toca. Y un chuletón de 50 euros el homenaje que se repite cada pocos meses sin que nadie levante una ceja. Unos gastos se leen como inversión; otros, como frivolidad.
La etiqueta económica que se lanza aquí es la de
bienes Veblen: aquellos cuyo valor percibido sube con el precio. Una parte del análisis sostiene que la ostentación de poder adquisitivo es consustancial a la jerarquía social y que la moralina contra el capricho ajeno suele venir, precisamente, de quien no puede permitírselo.
Del capricho personal al malestar de fondo
En algún punto se dejó de hablar de cafeteras. Apareció la España del crédito, de la vivienda inaccesible, del sueldo de profesor o de conductor de autobús interpretado como riqueza, y la sospecha de que cualquier gasto que se salga del molde se castiga como un delito de clase. El diagnóstico más amargo: en una sociedad que ha perdido la referencia de lo normal, comprar bien una cosa que se usa a diario se lee como provocación.
El equipo está comprado y, con repuestos garantizados y una década de linaje técnico, lo probable es que siga dando servicio cuando el móvil de 1.000 euros se haya sustituido un par de veces. Si eso lo convierte en buena inversión o lo deja en capricho caro depende de algo que ninguna hoja de cálculo resuelve: cuánto café se tome de verdad en casa. La duda razonable es si el entusiasmo dura lo que dura la máquina.