Cobrar 150.000€ de golpe y no saber qué hacer con ellos
Un profesional cobra un pago a 90 días de un proyecto que ya había terminado y se encuentra con más de 150.000 euros en la cuenta sin hipoteca, sin deudas y con una casa que le sobra. El problema no es ganarlos: es que el dinero empieza a quemarle en las manos. «Me quema la pasta», resume, y pide ideas para colocarlos.
El perfil no es el de un novato. Se define como
ingeniero de software de la vieja escuela, con diplomatura en Sistemas, licenciatura y también Ingeniería Técnica en Telecomunicaciones. Trabaja para aseguradoras y bancos que migran sus sistemas antiguos y aprovechan para meter inteligencia artificial. «No soy un picateclas, ni diseño páginas web», aclara. El último ingreso viene de
dirigir un equipo durante tres meses.
Qué hacer con 150.000 euros cuando ya tienes casa y negocio
La primera respuesta que recibe es la más obvia y la que él mismo descarta. Un coche de capricho, un Tesla, no le sirve: apenas usa el suyo, tira de Uber para ir a Barcelona desde Sant Cugat y en su garaje no caben dos vehículos.
Capricho y paso, sentencia.
Tampoco quiere meterse en negocios que no domina. Montar una panadería, un estanco o cualquier traspaso clásico le exigiría tiempo y presencia en un territorio que no conoce. Su propio negocio ya funciona con su cartera de contactos. La idea de comprar maquinaria y automatismos a medida —no las máquinas típicas de vending— le atrae por su perfil técnico, pero él mismo ve el agujero:
si sale mal, esa maquinaria no la quitas de encima ni flipando, y encima hay que pagar el alquiler del local.
Bitcoin, oro, depósitos y el banco que llama
Las propuestas se reparten en cuatro bloques. El primero, el más ruidoso: criptomonedas y oro. Él los rechaza de plano. De bitcoin dice que es
especulación para los que tienen cuatro duros y quieren sacar 20.000 en un plis, no inversión. Del oro, otro participante defiende comprarlo poco a poco para que Hacienda no meta zarpa, aunque admite que en cuanto el dinero entra en la cuenta ya no se escapa.
El segundo bloque es el prudente: cuenta remunerada o depósito a tres meses mientras se decide. Aquí aparece un dato útil. Un participante asegura que una entidad extranjera con sucursal en España le ha pagado por un depósito a un año
sin ser cliente nuevo ni aportar dinero nuevo. Él responde que ya fue cliente y que espera la llamada del director de su banco, al que le saltan las alertas en el ordenador en cuanto entra ese importe: «Ya me lo ha hecho varias veces ofreciendo sus productos».
El tercer bloque, el fiscal. Guardar una parte para Hacienda. Un ingreso de seis cifras no es dinero limpio de impuestos y el olvido se paga con recargo.
El consejo que más se repite: repartir en tercios
La propuesta más votada del conjunto es sencilla y no exige conocimientos financieros:
un tercio para ahorrar o invertir, un tercio para mejorar las herramientas de trabajo y un tercio para gastar en disfrute. Encaja con su caso porque él mismo reconoce que su garaje funciona como taller y que el negocio es su principal activo.
Frente a eso, la opción de meter todo en un valor único que no conoce la descarta sin dudar. «De Economía sé lo justito para mi curro», admite, y prefiere no arriesgar en productos que no entiende. Es la misma lógica que le lleva a rechazar la maquinaria a medida: controla la ingeniería, no el mercado.
La trastienda: suerte, trolleo y un Lamborghini
Buena parte de la conversación no va de finanzas. Va de incredulidad. Que alguien con un trabajo de seis dígitos
no se acuerde de un cobro pendiente suena, para varios, a invención. Le acusan de trol, de inventarse oficios —ayer militar, hoy ingeniero— y de vivir una vida ficticia. Él responde con sorna y da por hecho que le han pillado.
El tono general es el de una comunidad que no da nada por bueno. Al que presume de dinero se le responde con un Lamborghini y con la broma de que España es un país de horteras que apenas matricula unos pocos al año. Al que pide consejo serio se le contesta con prostitutas, farlopa o todo al rojo. Y en medio, alguien apunta lo evidente: si de verdad cobras eso y no te acordabas, es que tienes suerte.
El asunto se queda ahí. Sin decisión tomada, sin producto elegido y con una llamada pendiente del director de la oficina.
150.000 euros esperando destino y un foro que no se pone de acuerdo en si el problema es real o es un personaje.