Del Glenlivet de 30€ al Lagavulin de 65€: turba sin arruinarse
Hay quien decide regalarse una botella de whisky bueno. Un lingotazo de tarde en tarde, para esos ratos que apetecen o que directamente se necesitan. La consulta a quien sabe de esto devuelve siempre la misma clase de respuesta: una lista de maltas escocesas con precios, grados alcohólicos y advertencias. Y una pregunta que no se resuelve sola: ¿cuánto hay que gastar para que el paladar note la diferencia?
La respuesta corta que sale del asesoramiento es que la franja útil arranca sobre los
30 euros y que, a partir de ahí, cada salto de precio compra más potencia, más humo o más años, no necesariamente más placer. La respuesta larga depende de si al bebedor le gusta la turba. Y de eso va casi todo.
La horquilla real de precios: de 19 a 180 euros
Las referencias que se manejan son concretas. El
Glenlivet 12 años ronda los
30 euros y se presenta como la mejor relación calidad-precio para empezar, con un perfil amable. El
Ardbeg 12 se queda en unos
50 y el
Lagavulin 16, el más citado de todos, se coloca en torno a
65 euros en tienda. Quien busque algo más barato para el día a día tiene el
Cardhu por unos 19 euros, sobre todo si se aprovechan los cupones de descuento de la tarjeta de un conocido supermercado.
Por arriba, la escala se dispara. El
Johnnie Walker Blue Label se mueve entre
165 y 180 euros en su precio habitual de venta online. Y en Reino Unido el mismo tipo de botella cuesta un 50% más por la presión fiscal: la cuenta que se echa es que lo que allí se vende a precio de escaparate aquí equivaldría a unos 40 euros. Hay margen de ahorro en la compra transfronteriza: el Lagavulin 16 se ha llegado a adquirir en la web italiana de un gran distribuidor por unos
52 euros, una rebaja notable sobre el precio de calle español. El desglose botella a botella deja una tabla que conviene mirar antes de rascarse el bolsillo.
Turba sí, turba no: el eje que ordena todo
La turba es el gran divisor.
Peated o no. Los whiskies ahumados de la isla de Islay, con Laphroaig y Lagavulin a la cabeza, tienen una legión de partidarios que los describen con sabor a humo y olor a petróleo, «para las tardes tranquilas en zapatillas y chimenea». Gustan tanto como dividen: hay quien los considera la puerta de entrada al single malt y quien no los soporta.
En el lado opuesto están los perfiles melosos de las Highlands, tipo Dalwhinnie, y los más suaves de la casa Macallan, que entran sin esfuerzo. Para quien quiere turba sin el golpe de los isleños aparece el
Connemara irlandés, con un ahumado más contenido y bastante más barato que el Lagavulin. En el terreno de lo potente, el
Talisker funciona como voto de consenso. La anécdota que acompaña a estas botellas es casi publicitaria: durante la ley seca estadounidense, se cuenta que al Lagavulin se le permitía la entrada al país con la etiqueta de producto medicinal.
¿Se le echa agua o hielo al whisky?
Aquí el cisma es casi teológico. La ortodoxia manda agua, siempre, un pequeño golpe de agua sin gas para que el whisky se abra: el exceso de alcohol, se sostiene, no deja apreciar el sabor y al final todo sabe igual. El hielo queda para el verano español: el frío duerme los aromas y el hielo va aguando el trago si la copa se alarga. La solución intermedia más repetida es tener la botella al fresco y añadir unas gotas de agua mineral.
Hay una excepción que obliga: los
cask strength, embotellados a fuerza de barril sin diluir. El
Aberlour A'Bunadh ronda los
62 grados y sin un chorrito de agua fresca quema. Para los que quieren burbujas, el agua con gas o el sifón refresca y ayuda a apreciar el aroma, aunque cambia el sabor: ya no sabe solo a whisky.
La cata empieza y el paladar decide otra cosa
El que preguntaba por una botella acabó comprando varias. El recorrido es revelador. La primera tanda incluyó un bourbon que le encantó: suave, agradable en boca, con un olor que convencía. Con él salió un cóctel que acabó siendo el favorito de la casa. Después llegó el Glenlivet 12: la primera impresión fue tibia, «ni fu ni fa», con la sensación de que no colmaba al dar un trago largo. La segunda cata, más tranquila y rebajada con agua, cambió el veredicto.
La confesión final desconcierta a cualquiera que haya seguido el catálogo de maltas escocesas: de momento, entre el bourbon y el whisky, se inclina por el bourbon. Y con la botella de Glenlivet todavía dando vueltas en la mesa.
El postureo, el oligopolio y el whisky de batalla
No todo es Lagavulin. Sobre la conversación planea la sospecha de que parte del interés por el single malt más raro responde al postureo, a ver quién tiene la botella más exclusiva. Frente a eso se reivindica el whisky barato y honesto: el que se compra con una oferta de supermercado y se toma con hielo sin que se caiga el mundo.
También asoma la crítica a la gran multinacional del sector, dueña de media docena de las marcas más vendidas, y el rechazo a las etiquetas más populares precisamente por serlo. Con todo, se concede que un whisky normalito sabe bien siempre que uno disfrute bebiéndolo, y mal si el whisky no gusta, con independencia del precio. Hay quien llega a comprar una botella de batalla por poco más de cinco euros con una promoción del 50% y defiende que el resultado está a la altura de lo que cuesta.
¿Y el dato que deja todo en el aire? Que después de recomendar a alguien una lista de maltas de gama alta, de insistir en que el Laphroaig es el umbral y la turba el gran marcador de carácter, el destinatario del consejo termine prefiriendo un bourbon y mirando de reojo los 30 euros del Glenlivet. El paladar, dicen, no entiende de rankings.