Eric Finch
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La izquierda española parece tener una postura ambigua ante la inmigración, criticando la acogida de ucranianos mientras defiende la de africanos, lo que genera interrogantes sobre sus motivaciones.
El debate sobre la inmigración en España ha puesto de manifiesto una aparente contradicción en el discurso de la izquierda. Mientras se aboga por la acogida de personas procedentes de África, se observa una crítica velada o explícita hacia la llegada de ciudadanos ucranianos. Esta dicotomía plantea preguntas sobre los criterios que guían estas posturas y si responden a principios ideológicos sólidos o a intereses políticos coyunturales.
La llegada de refugiados ucranianos a España, cifrada en 350.000 personas hasta mayo de 2024, según algunas declaraciones, no ha generado la misma alarma social o política que otros flujos migratorios. Sin embargo, figuras políticas de la izquierda han señalado esta diferencia, cuestionando por qué la acogida de ucranianos no se acompaña de la misma exigencia de control o debate que la inmigración africana, especialmente en puntos de llegada como Ceuta. Se ha llegado a afirmar que la acogida de ucranianos, que no hablan español ni comparten una cultura católica en su mayoría ortodoxa, se ha realizado sin incidentes, mientras que la llegada de africanos se presenta como un problema. Esta comparación busca evidenciar un posible doble rasero, sugiriendo que la crítica a la inmigración africana podría estar teñida de racismo.
La hipótesis de que la inmigración mayoritariamente masculina, como la africana en un 94%, es la que genera mayor rechazo político es una idea que flota en el ambiente. Si el discurso de la izquierda se centra en la huida de la guerra y la violencia, surge la pregunta de por qué los hombres migrantes no priorizan la evacuación de los miembros más vulnerables de sus familias: niños, mujeres y ancianos. La decisión de dejar atrás a estos colectivos plantea interrogantes sobre los verdaderos motivos de la migración y la coherencia del discurso humanitario.
En contraste, la inmigración procedente de China se presenta como un ejemplo de colectivo que no genera fricciones políticas. Se argumenta que esta comunidad se dedica principalmente al trabajo, sin interferir en la vida pública española, sin contribuir a la inestabilidad social que algunos gobiernos podrían necesitar para mantenerse en el poder, y sin imponer su cultura. Esta discreción y enfoque en la actividad laboral los convierte, según esta visión, en un grupo que no altera el status quo político ni social, y por tanto, no es objeto de crítica por parte de la izquierda.
La ausencia de conflicto político en torno a la inmigración china se atribuye a su perfil: trabajadores que no generan disrupción. A diferencia de otros colectivos, no se les asocia con la delincuencia ni con la ocupación del espacio público de manera conflictiva. Este perfil apacible y centrado en lo laboral contrasta con la imagen que, a menudo, se proyecta sobre otros grupos migratorios, generando la pregunta de si la izquierda española, en su afán por la confrontación política, prefiere colectivos que puedan ser utilizados como herramientas de debate o para generar cierta inestabilidad.
La inmigración venezolana es otro caso que se menciona como particularmente incómodo para la izquierda española. Se argumenta que esta migración es vista como una prueba del fracaso del socialismo y de la naturaleza autoritaria y violenta de los regímenes que la han provocado. Por lo tanto, la crítica hacia los venezolanos por parte de la izquierda no sería por su origen o cultura, sino por lo que su éxodo representa: el fracaso de un modelo político afín a ciertos sectores de la izquierda.
La acogida de 200.000 venezolanos en un año, según datos citados, se produce en un contexto donde la izquierda española ha sido especialmente crítica con la situación en Venezuela. La narrativa oficial de la izquierda tiende a culpar a las sanciones internacionales o a factores externos por los problemas del país, pero la migración masiva de venezolanos es una evidencia tangible del colapso interno. Esto crea una tensión que la izquierda parece intentar gestionar desviando la atención hacia otros flujos migratorios, como el africano, para poder mantener su discurso de solidaridad universal.
La paradoja ucraniana reside en que, a diferencia de la inmigración africana que supuestamente huye de la guerra, los ucranianos sí están escapando de un conflicto bélico real y declarado. En teoría, esto los convertiría en los inmigrantes "alfa", los más merecedores de apoyo y solidaridad. Sin embargo, la izquierda española parece mostrarse reacia a esta narrativa, llegando a cuestionar la acogida de ucranianos.
La explicación esgrimida por algunos sectores de la izquierda para justificar esta reticencia se basa en la comparación con la inmigración africana. Se plantea que la diferencia radica en que los ucranianos, al ser mayoritariamente mujeres y familias, cumplen con un perfil de refugiado más "tradicional" o deseable, mientras que la inmigración africana, predominantemente masculina, es vista con recelo. Esta perspectiva sugiere que la izquierda podría estar más cómoda con una inmigración que se ajusta a ciertos estereotipos de vulnerabilidad, y que la llegada de hombres jóvenes y en edad de trabajar desde África genera una incomodidad que se intenta maquillar con discursos sobre racismo o xenofobia.
Una idea recurrente en el debate es la hipotética reacción del feminismo de izquierdas ante una inmigración mayoritariamente femenina, comparándola con la figura de la actriz Sydney Sweeney. La supuesta reacción exagerada ante un anuncio de la actriz se utiliza para ilustrar cómo la izquierda podría reaccionar de manera diferente ante una inmigración femenina, que quizás se percibiría como menos amenazante o más alineada con sus ideales.
La inmigración ucraniana, que se estima en un 60% femenina, se presenta como un ejemplo de que la verdadera migración por motivos de guerra o violencia es, por naturaleza, mayoritariamente femenina y familiar. Cuando un hombre huye de un conflicto, se asume que intentará llevar consigo a su familia. Si él no puede salir, enviará a su familia. Por lo tanto, una inmigración predominantemente masculina, como la africana, podría indicar que los motivos de la migración no son puramente de huida de la guerra, sino más bien económicos, lo que, según esta argumentación, no justificaría el asilo político.
El caso de Ceuta se convierte en un punto focal de esta discusión. Se señala que la inmigración africana, en particular la marroquí, que es la mayoritaria en España, no solo no huye de la guerra, sino que en ocasiones se presenta como un grupo que genera conflicto con la población local. La idea de que esta inmigración "invade" espacios públicos, "ocupa" playas y "empuja al exilio" a los ceutíes contrasta radicalmente con la percepción de los refugiados ucranianos, que se comportan de manera discreta y se ajustan al perfil de víctima.
Esta diferencia de comportamiento y de impacto social es lo que, según algunos análisis, pone en evidencia las contradicciones del discurso de la izquierda sobre la inmigración. Si la izquierda defiende la acogida universal, pero critica la llegada de ucranianos y se muestra especialmente preocupada por la inmigración africana en lugares como Ceuta, es porque las motivaciones detrás de estas posturas son más complejas de lo que aparentan y podrían estar influenciadas por factores políticos y de percepción social.
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