Regalos en el piso de un millón, silencio en el bloque de VPO
Los vecinos de su edificio se saludan, se traen detalles y le regalan cosas a su hijo pequeño. La cuota de comunidad supera los
600 euros al mes y el piso más barato no baja del millón. Años antes vivió en un bloque de vivienda protegida y, según su versión, allí nadie se molestaba en saber quién era el del quinto. De ese contraste extrae una tesis que ha encendido la conversación: que los pobres lo son, sobre todo, por su propia forma de ser, por una
pobreza espiritual que él coloca en la raíz de todo lo demás.
El relato del edificio caro: bibliotecas grandes y teles modestas
La descripción del inmueble incluye un detalle que a muchos les ha sonado a fábula. Allí, sostiene, las casas tienen librerías inmensas y televisores discretos; en el bloque protegido ocurría lo contrario, y por Sant Jordi no entraba un libro. El detalle forma parte de su tesis sobre la pobreza espiritual.
Y aparece el primer problema, que otros participantes le señalan. La misma voz que dice no haberse relacionado con sus vecinos del bloque humilde enumera con precisión qué tenía cada vecino en el salón. Saber si había libros o una tele grande exigiría, ironizan, haber entrado en esas casas. La contradicción no se resuelve en ningún punto.
¿Se comportan mejor los ricos con quien les sirve?
Quienes han trabajado codo con codo con patrimonios altos aportan su versión. En eventos de gente adinerada, cuentan, el trato al personal suele ser correcto: piden las cosas por favor y atienden cuando se les indica algo. No es una ley, es un patrón observado en adultos. Otros relatos van más lejos y describen casas montadas como escaparate, con paredes de libros o de cuadros a modo de decorado, y un último rincón reservado a los íntimos donde la fachada se cae.
La objeción llega rápido: para otro participante, los ricos de verdad no necesitan exhibir nada. Vivir entre vecinos adinerados se parece menos a un club selecto que a una
colmena de nuevos ricos, y quien necesita hacer ostentación no es, a su juicio, rico de verdad.
La clase media que no aparece en el relato
El planteamiento divide el mundo en dos, y en medio vive casi todo el país. Pisos cómodos en buenas zonas, cuyos vecinos, señala un participante, no pagan cuotas de 500 o 600 euros de comunidad, que cuidan las zonas comunes y no se meten en la vida de nadie. Ni mansión ni bloque degradado. Quien lo formula así prefiere un vecino educado y respetuoso a uno que se entrometa en la vida de los demás.
Los casos concretos rompen el esquema. En una comunidad normal, cuenta un participante, conviven vecinos silenciosos con una pareja joven de familia acomodada —los padres les compraron el piso para tenerlos lejos de casa— y con otros que ponen música a todo volumen. Ambos, señala el relato, son igual de maleducados: uno por haber pisado a la gente toda la vida, el otro por no haber convivido nunca con ancianos y niños. La mala educación no entiende de nómina.
El elefante atado a una cuerda y la mentalidad de pobre
Hay un argumento que reaparece: la
mentalidad de pobre. Se compara con el elefante adulto que sigue atado por una cuerda que rompería con solo mirarla, porque de cría no pudo soltarse. Es el rescate de una idea vieja: el contexto, la educación financiera y las expectativas pesan más que la voluntad individual.
El matiz que viene después es el más interesante. No todos los que tienen poco se comportan igual. Según el ejemplo que se pone en la conversación, una pensionista vive con 400 euros y ha ahorrado 20.000; no envidia al de al lado. Quien envidia y se compara es otro perfil, el que toma malas decisiones y busca culpables fuera. La frontera no separa ricos de pobres: separa a quien gestiona de quien no.
Si fueras rico de verdad no tendrías vecinos
La respuesta más repetida a la tesis inicial es un golpe bajo pero eficaz. Si de verdad fuera rico, no tendría vecinos: compraría la casa aislada o la finca entera. La idea de que los adinerados comparten escalera con extraños se cae sola, argumentan, porque la riqueza real se mide en distancia física. El chalet con el vecino más cercano a 120 metros aparece como la versión moderna del lujo silencioso.
Otros le acusan de haber montado el personaje para provocar. Y hay quien añade que el vecindario rico tampoco es un paraíso: en el campo, cuentan, la gente comparte cosecha y huevos, pero en la ciudad el silencio es la única cortesía que se espera.
La conclusión que él extrae —que cada cual es responsable de su pobreza— choca con el detalle que varios participantes le reprochan. El defensor del edificio de un millón asegura no haberse relacionado con nadie en el bloque humilde, pero, ironizan, parece conocer al detalle lo que había dentro de aquellas casas. Ese es el dato que, según esas respuestas, no termina de cuadrar.