El chiste de los Melville que borraron de la red
Algo más que un juego: la broma se construye sobre tres grados de separación. El primero salta de Jean-Pierre Melville a un actor de sus películas de gabardina; el segundo, del actor al look del cantante; el tercero, del cantante a un técnico de estudio que soltó el chiste y acabó firmando un finiquito en diez minutos. De ahí se deduce que el artista “o no es quien dice ser, o su nombre artístico es puro humo”.
La trama se completa con Amos Tutuola, un humorista español y un nombre de cuatro letras que nadie adivina. Quien lanzó la pista amenazó con retirar la conversación si alguien resolvía el acertijo. La retiró igualmente. Y ese acto, según los defensores de la teoría, es la prueba irrefutable de que algo se esconde.
El borrado como prueba y como coartada
Para los escépticos, el quiebro es una coartada perfecta: el borrado convierte un juego de salón en un complot. No hay cantante, ni técnico, ni vacaciones eternas; hay un chiste que se les fue de las manos. Para los conspiranoicos, en cambio, nadie se molesta en eliminar un mensaje sin importancia.
Sin embargo, de la conversación no se desprende ni el nombre del cantante ni el del presunto técnico. Solo se habla de un doble digital en Twitter que “está dando mucha información”. Demasiado poco para una denuncia, suficiente para una leyenda.
El misterio probablemente se quedará sin resolver, porque el borrado tampoco es una prueba de nada. Pero si algún día un cantante confiesa que su nombre artístico es un invento y que un técnico perdió su empleo por un chiste, habrá que volver a los melvilles. Con un poco de suerte, entonces el juego tendrá sentido.