Un reloj nuevo y el viejo dilema: capricho o compra maestra
Un reloj no mide el tiempo: mide a quien lo lleva. Y basta con enseñar el propio para que aparezca el juicio inmediato. No hay objeto de consumo que provoque una reacción tan desigual: unos ven ahí dinero tirado; otros, el único objeto que sobrevive a medio siglo de uso. La discusión se repite cada vez que alguien se compra un
reloj nuevo.
Lo que se le exige a un reloj que dure toda la vida
La defensa más repetida es material, no estética. Se apela al
cristal de zafiro con tratamiento antirreflejos, resistente a arañazos y rayaduras, con el argumento de que evita ver la propia cara reflejada al consultar la hora. Con eso, el desembolso deja de presentarse como vanidad y pasa a venderse como mantenimiento a largo plazo. Hasta quien lo critica concede que el resultado es bonito.
Casio contra el resto: por qué siempre gana la opción barata
En términos puramente económicos hay una respuesta que se repite:
Casio y nada más. Cuarzo preciso, precio bajo, sustituible sin drama. Frente a él, la afición de gama media —Orient Bambino, Seiko aviador, Mako— compite en la misma franja y, según los más veteranos, ya está tan vista que ha perdido su gracia. Cuando el
automático asequible se convierte en uniforme, su valor simbólico se hunde. Se paga por distinguirse y se acaba coincidiendo con el vecino. Incluso hay quien reivindica el viejo reloj promocional frente a cualquier catálogo
premium.
¿Merece la pena gastar en un reloj?
Depende de qué se entienda por gastar. El cálculo que circula compara el coste del capricho con lo que habría costado un automático de entrada guardado para toda la vida, y no cierra la cuenta. El motivo es que el reloj caro y el barato no compiten por lo mismo: uno compra fiabilidad, el otro compra pertenencia. Y la pertenencia es el activo que peor cotiza cuando se masifica.
Nadie ha conseguido zanjar por qué el mismo objeto produce envidia o burla según la muñeca que lo lleve. Con la afición repartida entre el pragmatismo y el coleccionismo, lo previsible es que el desacuerdo se mantenga: seguirá sin resolverse si el reloj mide el tiempo o mide al que lo lleva.