El superordenador de Microsoft corre Ubuntu, no Windows
¿Qué sistema operativo mueve el quinto ordenador más potente del planeta? Ninguno de Redmond. El superordenador
Eagle, instalado por Microsoft en su nube Azure, aparece en el ranking TOP500 con
Ubuntu 22.04 como sistema operativo, compilador NVIDIA NVCC y la librería CUBLAS 12.2. Ni una traza de Windows Server. La paradoja es de las que invitan a pensar: la empresa que lleva tres décadas vendiendo licencias por núcleo monta su infraestructura de cálculo más ambiciosa sobre el software libre que otros mantienen.
Los números no dejan margen a la interpretación. Eagle suma
1.123.200 núcleos repartidos entre procesadores Xeon Platinum 8480C y aceleradores NVIDIA H100, con interconnect Infiniband NDR. Su rendimiento medido en Linpack alcanza los
561,20 PFlop/s sobre un pico teórico de 846,84 PFlop/s. Traducido: no es un capricho de laboratorio, es infraestructura crítica que factura por hora.
Por qué Windows no aparece en la lista
La pregunta que cualquiera se hace al ver el dato es la obvia: si Microsoft fabrica Windows, ¿por qué no lo usa? La respuesta que circula entre quienes siguen estas máquinas tiene poco de sentimental y mucho de contable. En un sistema con más de un millón de núcleos, una licencia por núcleo como la de Windows Server Datacenter —
6.155 dólares de precio de venta recomendado— convertiría la factura del sistema operativo en una línea más del presupuesto. Nadie paga eso cuando existe una alternativa que funciona.
Hay un segundo argumento, menos romántico todavía. Estos sistemas no se instalan: se afinan. Legiones de ingenieros ajustan kernel, planificador y librerías matemáticas durante meses antes de que la máquina haga su primera prueba seria. En ese contexto, la pregunta relevante no es qué sistema es más bonito, sino cuál se deja tocar hasta el último parámetro. Y ahí la respuesta lleva años siendo la misma.
El TOP500 entero habla el mismo idioma
Eagle no es una excepción pintoresca. Prácticamente la totalidad de las máquinas que ocupan las primeras posiciones del ranking funcionan con alguna distribución de Linux. Entre ellas aparece
Marenostrum, el superordenador instalado en territorio catalán, que también figura en la zona noble de la clasificación. La coincidencia no es ideológica: es el resultado de que el software científico se desarrolla, se compila y se depura sobre esas plataformas.
La discusión que genera el dato tiene dos bandos bien definidos. Por un lado, quienes sostienen que esto demuestra la superioridad técnica del software libre para cargas de cálculo intensivo. Por otro, quienes rebajan el entusiasmo recordando que un sistema afinado por decenas de especialistas no dice nada sobre lo que le conviene a un particular que solo quiere imprimir un PDF. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y de hecho lo son.
Qué se calcula con semejante potencia
La pregunta que sobrevuela cualquier conversación sobre supercomputación es para qué sirve todo esto. La respuesta corta: para problemas que se pueden partir en trozos. Simulaciones de dinámica de fluidos —túneles de viento virtuales para aeronaves—, predicciones meteorológicas, modelado de reacciones químicas, optimización de tráfico urbano y entrenamiento de modelos de inteligencia artificial sobre las GPUs. El cuello de botella real no son los procesadores, sino las tarjetas gráficas, la conectividad y las FPGA que los acompañan.
El detalle que suele escaparse en estas discusiones es que el coste del sistema operativo es marginal frente al del hardware. Lo caro son las H100 y la red Infiniband. Eso explica por qué la elección del software no se decide por precio, sino por lo que permite hacer sin pelearse con el sistema a las tres de la mañana.
El usuario doméstico no es el cliente de esta película
Aquí conviene separar dos mundos que la conversación tiende a mezclar. Que Linux domine la supercomputación no implica que sea la elección adecuada para el ordenador del salón. Los problemas de compatibilidad con impresoras, el infierno del wifi en según qué portátiles o la dependencia de Wine para jugar siguen siendo reales para mucha gente. La comparación con un coche de Fórmula 1 y gasolina de surtidor barato la resumió alguien con bastante gracia.
Lo que sí ha cambiado es el terreno de juego. Windows integra desde hace años un subsistema Linux —basado en Ubuntu— que hay que instalar aparte, y Azure lo usa desde su creación. La vieja guerra entre los dos mundos se ha convertido en una convivencia incómoda donde cada uno ocupa su parcela. Microsoft cobra por la nube, no por el kernel.
Al final, el dato que abre este artículo admite una lectura sencilla: cuando hay un millón de núcleos en juego, nadie elige el sistema operativo por fidelidad de marca. Se elige el que arranca.