Milei pide 35 años para que Argentina vuelva a ser potencia mundial
Treinta y cinco años. Ni un mandato, ni dos, ni una década perdida: tres décadas y media es el horizonte con el que Javier Milei envolvió su proyecto la noche de su sorpresivo triunfo en las primarias argentinas de agosto. «Invito a los argentinos a sumarse a la revolución liberal, que va a hacer que en
35 años la Argentina vuelva a ser una potencia mundial», dijo, según recogió
El Mundo. En versión económica fue aún más concreto: «Si me dan 35 años podríamos ser como EEUU», titulaba
Ámbito.
La cifra tiene doble filo. Para unos, marca un plan de país a largo plazo. Para otros, es la confesión de una vocación de permanencia. Y la conversación derivó enseguida hacia una pregunta incómoda: ¿cuánto se tarda en arruinar un país y cuánto en levantarlo?
De Milei a Franco, Hitler y Moisés: la guerra de los plazos
Las comparaciones llegaron en tromba. Guillermo Moreno hablaba de
20 años. Franco estuvo
36 y España, según se recuerda, acabó como séptima potencia industrial. Moisés necesitó
40 años de desierto para conducir a su pueblo a la Tierra Prometida, así que 35 para Milei parecen hasta generosos:
si va a hacer de Moisés, al menos no se le va a hacer largo.
El problema es a quién se le compara. Hitler necesitó
12 años para dejar Alemania con un 25% de su población muerta o permanentemente lisiada, un 35% menos de territorio y el 80% del patrimonio arquitectónico en ruinas, según el recuento que maneja quien sostiene ese argumento. Y la conclusión que saca resulta incómoda para cualquier promesa electoral: nada de eso estaba en su programa. Desde entonces, añade, es absurdo creer a un político y a sus promesas.
Otros niegan la premisa. Alemania antes de Hitler no era comparable a un país sudamericano actual, y el ejemplo desvía hacia otra pregunta: ¿importa el plazo o importa quién lo administra?
¿Son compatibles 35 años de poder con una democracia?
No, responden desde el lado escéptico. Cuatro años no cambian una sociedad ni un modelo económico arrastrado durante décadas, pero mantener al mismo dirigente
36 años sí es, en palabras de quien plantea el argumento, propio de una
república bananera, y asegura la corrupción. Se apunta además una contradicción: el mismo dirigente que llama a otros estar atornillados al poder pide ahora tres décadas y media.
Hay quien ve el plazo como una concesión al realismo. Destruir es rápido; construir, bastante más complicado. Y una parte del análisis añade un matiz de calendario: como Milei haga un
5% de lo que quiere, en diez años se verán españoles emigrando en masa.
Enfrente está el argumento del camino. Si el plan funciona, se irá disfrutando mientras se recorre y no hará falta esperar 35 años para empezar a prosperar.
El fantasma de España: de la novena potencia industrial a la vigesimosexta
La hemeroteca española entra aquí de lleno. España pasó de ser la
novena potencia industrial en 1974 a la vigesimosexta en menos de dos décadas de gobiernos socialdemócratas, según el dato que se maneja. La lectura liberal es que los plazos largos sirven para socializar pérdidas y culpar a la herencia recibida, exactamente lo que ya se hacía antes.
Los relatos sobre el franquismo se cruzan con los económicos. Unos destacan que aquello se industrializó con polos de desarrollo y con emigración interior hacia Cataluña y el País Vasco. Otros recuerdan que 36 años de autoritarismo no son un modelo exportable, sino el precio de que no exista alternancia.
Impuestos, Estado y anarcocapitalismo: el 35 se quedó pequeño
Buena parte de la conversación se fue por otro lado y no volvió. La cuestión de fondo pasó a ser si existe un Estado capaz de sostener el desarrollo sin ahogar la iniciativa. Ahí entran el programa espacial de EEUU y la URSS en los años cincuenta y sesenta, o inventos como la electricidad y el láser, nacidos sin retorno económico a la vista y hoy sostienen medio mundo. Difícil imaginar a la
mano invisible financiando eso.
La respuesta que llega desde el otro lado es de orden distinto: los
impuestos no los pagan los ricos, los paga la clase media, y una parte de ellos sostiene una estructura de vividores. La redistribución, se sostiene, acaba siempre en pobreza generalizada. El desacuerdo es total: para unos el Estado es inevitable hasta dentro de las grandes corporaciones; para otros es una anomalía que crece sola.
El tramo final baja a los ejemplos. La Libia de Gadafi aparece como prueba de que un Estado puede dar una vida digna; se añade que su desaparición respondió a que no interesaba que cundiera el ejemplo. Yugoslavia sale a colación como caso de una tercera posición que acabó costándole la existencia al país.
El café a menos de un dólar y el neurocirujano que soñaba con dólares
Entre las expectativas, dos escenas. Una es un mensaje difundido con una promesa de conversión instantánea: «Hoy gano
100.000 pesos y con Milei voy a ganar 100.000 dólares (mensuales) y voy a pagar un café por menos de un dólar». La otra la cuenta alguien que se topó con un colega médico entusiasmado con volver a cobrar en moneda fuerte: pasaría de ingresar 800.000 pesos al mes como neurocirujano a ingresar
800.000 dólares, y de paso pedía consejo para comprar una casa en Ibiza. Un recuerdo con aroma a la famosa
plata dulce de los años noventa, cuando media Argentina se sentía de primer mundo.
Con ese abanico, la promesa de las tres décadas y media se lee de dos maneras opuestas. Y la pregunta que el propio plazo deja abierta sigue sin respuesta: ¿y si el problema no fuera el tiempo, sino quién lo administra?