Milei agita Ucrania y promete cortar con China
El candidato argentino Javier Milei exhibió la bandera de Ucrania en un acto de campaña y justificó el gesto afirmando que no puede soportar la invasión rusa sobre territorio ucraniano. La escena, que en cualquier otro país sería un detalle menor de atrezzo electoral, en
Argentina funciona como declaración de política exterior: el mismo hombre que promete dolarizar la economía y cerrar el banco central anuncia que solo negociará con «occidente» y que romperá relaciones comerciales con China, el segundo socio comercial del país. El gesto ha encendido el debate sobre qué hay detrás del personaje: ¿un liberal consecuente o un producto de laboratorio alineado con los intereses anglosajones?
Ucrania como bandera y China como ruptura
Milei no improvisa. El candidato ha construido un perfil de política exterior que combina el apoyo explícito a Ucrania, la alineación con Estados Unidos e Israel y un discurso de confrontación con China que, según el análisis más repetido, ignora un detalle elemental: el gigante asiático es el mayor exportador del mundo y el segundo socio comercial de Argentina. La contradicción no es menor. Un país que necesita dólares como el oxígeno no puede permitirse el lujo de cerrar la puerta al mercado que le compra soja, carne y litio. Como resume una de las intervenciones más citadas, «occidente depende económicamente de China», de modo que la promesa de gobernar solo con el bloque occidental suena, en el mejor de los casos, a brindis retórico.
La reacción en el foro ha sido mayoritariamente hostil. Se le describe como un «dron de los anglos», un «títere del anglosionismo» y un «payaso de laboratorio». El argumento recurrente: Milei no es un liberal clásico, sino un producto mediático construido para ocupar el espacio de la derecha radical con un envoltorio de libertad económica. La comparación con Giorgia Meloni aparece varias veces, y también con Volodímir Zelenski, al que se acusa de haber sido colocado en el poder por intereses externos. La bandera ucraniana, en ese marco, no es un gesto humanitario: es una señal de pertenencia al bando correcto.
El paquete completo: vacunas, dólar y Reserva Federal
El inventario de contradicciones que se le atribuyen es largo. Se le reprocha haber defendido el encarcelamiento por propagar la enfermedad durante la pandemia —posición que comparte con buena parte del liberalismo español, según se apunta— y al mismo tiempo presentarse como adalid de la libertad individual. Se le señala como «vacunero exaltado» y «ucraniano de pro», defensor del dólar y partidario de que la Reserva Federal estadounidense actúe como banco central de Argentina. Hay quien lo resume con una frase: «anti aborto, anti vacuna pero vacunao, apoyo al dólar, anti chino».
El dato que más ampollas levanta es el de la dolarización. Entregar la política monetaria a Washington no es una reforma técnica: es una cesión de soberanía que, según los críticos, convierte a Argentina en un protectorado financiero. La pregunta que sobrevuela el análisis es simple: ¿qué liberal entrega el control de su moneda a un banco central extranjero? La respuesta que dan los escépticos es que Milei no es liberal, sino otra cosa: un ultraliberal dogmático, un «talibán de la doctrina», en palabras de quienes distinguen entre liberalismo como método y liberalismo como religión.
El problema real: una Argentina capturada por redes clientelares
Frente al coro de críticas, hay una línea de análisis que pide mirar el contexto. Argentina arrastra décadas de populismo peronista, una corriente nacida de un golpe de estado y con ecos del fascismo europeo, que ha colonizado el tejido social hasta la médula. El estado funciona como coto de caza: jueces con salarios muy por encima de la media, provincias-feudo donde más del 70% de la fuerza laboral es funcionario, políticos que contratan personal a mansalva. Poner fin a eso, advierten quienes conocen el país, no es un programa de gobierno: es una guerra contra un ejército de monstruos.
En ese marco, el discurso de Milei sobre Ucrania, Estados Unidos e Israel se lee como un ejercicio de «mostrarse más papista que el Papa» en contraposición a las filias del gobierno saliente. La política exterior, señalan, es en gran medida gestual: el comercio exterior argentino lo manejan actores privados y los acuerdos de libre comercio pasan por el filtro del Mercosur. Es decir, la promesa de romper con China podría quedarse en nada en cuanto toque la realidad de los contratos de soja y litio.
¿Qué pasaría si Milei gobernara de verdad?
La pregunta no tiene respuesta cerrada. Hay quien sostiene que su victoria sería una hecatombe, que Argentina acabaría como España bajo «tiranía y control mental anglocapitalista». Otros creen que el sistema lo devoraría antes de que pudiera aplicar una sola medida. Y unos terceros, más pragmáticos, admiten que votarían por él solo por el gusto de ver un puñetazo en la mesa, aunque no lo votarían en su propio país.
El detalle que descoloca es que Milei no ha ganado nada todavía: fue el más votado en unas primarias con el resto del electorado dividido. La campaña de acoso y derribo que ha sufrido desde entonces, con archivos y trapos sucios aireados, sugiere que el establishment argentino lo considera un peligro real. O quizá solo un ruido incómodo que conviene apagar antes de que crezca.
Con estos mimbres, lo razonable es esperar que la retórica de ruptura con China se modere en cuanto toque gestionar. La soja no entiende de banderas. Pero tampoco conviene descartar que Milei sea exactamente lo que dice ser: un hombre dispuesto a llevar su dogmatismo hasta las últimas consecuencias. Si lo hace, Argentina descubrirá pronto cuánto cuesta el gesto.