El PIB per cápita argentino toca máximos por el peso fuerte, no por la industria
El Ministerio de Economía argentino publicó que el PIB per cápita en dólares corrientes alcanzó los 15.161 dólares anuales por habitante en el primer trimestre de 2025, el nivel más alto desde que arrancan los registros en 2004. La cifra se presenta como aval del plan de Javier Milei, con la economía creciendo cerca del 6% interanual y una inflación mensual que pasó del 23% de diciembre de 2023 al 1,5% de mayo de 2025. Hasta ahí, el relato oficial. El problema es que buena parte de ese salto no lo produce la actividad, sino la cotización del dólar.
¿Cuánto del PIB per cápita es actividad y cuánto es tipo de cambio?
El propio informe reconoce dos motores: la recuperación económica y la apreciación del peso frente al dólar. El tipo de cambio promedio del trimestre subió un 26,6% mientras la inflación interanual marcaba 78,8%, lo que equivale a una apreciación real de la moneda. Traducido: medir la renta en dólares cuando el dólar se abarata infla el numerador sin que nadie haya producido más.
Hay quien sostiene que ese efecto es un
espejismo estadístico, y que el tipo de cambio se ha movido entre un 30% y un 50% según cómo se mida. En la misma línea, un argumento técnico que conviene no perder de vista: el PIB per cápita no es una renta disponible. En un escenario de precios al alza, la producción puede crecer en términos nominales mientras el poder adquisitivo se deteriora si los salarios no acompañan.
El ajuste de la serie a precios constantes de 2004 deja el dato en 12.221 dólares, también máximo de 22 años. Ahí ya no hay tanto maquillaje cambiario, pero el país sigue en el puesto 58 del ranking del FMI, por detrás de Chile (56, con 17.015 dólares) y Uruguay (45, con 22.693).
El superávit fiscal y el recorte de cinco puntos de PIB
El plan de austeridad recortó el gasto público en cinco puntos de PIB, un ajuste que el gobierno vende como condición necesaria para el crecimiento posterior. La combinación de superávit fiscal, desregulación de precios, acumulación de reservas y fin de la asistencia monetaria al Tesoro sostiene la mejora de los indicadores macro. El consumo privado se expandió un 11,6% interanual, según el INDEC, y el empleo total apenas creció un 1,3%, lo que implica subidas de productividad.
La parte incómoda: el propio INDEC detectó un incremento de la desigualdad de ingresos. El crecimiento no llega a todos los sectores, y el dato del primer trimestre —tradicionalmente el más flojo del año— ya supera la proyección anual del FMI, lo que anticipa un promedio anual mejor de lo previsto.
La comparación histórica que nadie quiere mirar
Entre 1980 y 2001 Argentina duplicaba el PIB per cápita de Chile y superaba en un 40% al de Uruguay. Después llegó la crisis de la convertibilidad y tres décadas de políticas macro inconsistentes. Recuperar ese trono sudamericano exige algo más que un tipo de cambio favorable: exige industria, y ahí el diagnóstico se atasca.
Hay una lectura que apunta al modelo de fondo y no al gobierno de turno. Se argumenta que estos países funcionan como proveedores de materias primas baratas, con una élite y sus redes clientelares viviendo del rentismo mientras la mayoría subsiste. Para converger con Francia, Suiza o los Países Bajos haría falta otra estructura productiva, no un tipo de cambio más o menos apreciado.
El otro frente es el social. Se señala que el sistema de salud de los jubilados arrastraba impagos desde la administración anterior y que solo en septiembre de 2024 pudo regularizar pagos atrasados. Del lado contrario se citan casos de pacientes oncológicos sin tratamiento en Cuba y Venezuela por falta de fármacos, un argumento que se usa para desactivar la crítica al ajuste.
La prueba de fuego no es el dato de un trimestre. Es si dentro de un año siguen llegando argentinos a Barajas o si empiezan a volver. Con el PIB per cápita en máximos nominales y la desigualdad subiendo, las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Y eso, precisamente, es lo que ninguna estadística resuelve.