Nadie sabe cuántos edificios tienen fachada inflamable: el registro está en papel
Nadie puede decir cuántos edificios en España llevan revestimiento inflamable. No es una opinión de barra de bar: es lo que admite el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid después de que un incendio en un edificio de Valencia dejara una decena de fallecidos. La institución lo resume con una imagen que no invita a la calma: contabilizarlos es
como contar los granos de arena de una playa. Podría haber miles de construcciones en la misma situación y no hay forma de saberlo con los instrumentos actuales.
¿Por qué no se puede saber cuántos edificios tienen poliuretano?
Porque manda el papel. Hasta 2006 no era obligatorio presentar el libro del edificio, esa memoria donde se recogen los materiales empleados en la obra. Antes bastaba con que los técnicos redactasen un informe favorable, así que de todo lo construido hasta esa fecha —la mayoría del parque— no queda registro de materiales.
Lo posterior tampoco es un camino de rosas. Los libros de edificio posteriores a 2006 son extensos: en muchos casos rondan las **1.000 páginas**. Buena parte se entregó en papel y sigue sin digitalizar, de modo que averiguar qué fachada esconde poliuretano obliga a revisar cada tomo a mano. El Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible contabiliza **1.230.703 edificios** levantados desde 2006. Uno por uno.
Y hay una capa extra de complejidad administrativa: cada ayuntamiento guarda el registro de lo construido en su municipio. Reunir todas esas memorias para supervisar qué se levantó con materiales peligrosos es una operación que, con los datos disponibles, no termina en semanas.
El BIM del que se habla 30 años y nadie aplica
La paradoja tiene su gracia amarga. Existe desde hace décadas una metodología —el
BIM, ese estándar de modelado digital del edificio— pensada exactamente para esto: que cualquier dato constructivo esté indexado y consultable. Se ha predicado durante tres décadas y, a la hora de la verdad, los expedientes duermen en archivadores municipales.
Hay quien sostiene que bastaría con digitalizar los datos relevantes a medida que llegan los expedientes, sin necesidad de buscar nada concreto, y que el problema no es de medios sino de voluntad. Otros recuerdan que los bomberos deberían tener acceso inmediato a la información crítica de cada dirección a la que acuden. Hoy no la tienen.
¿Qué ardió realmente en el edificio de Valencia?
Aquí el relato rápido y el técnico se separan. Una parte del análisis sostiene que el aislamiento del inmueble siniestrado no era poliuretano: las imágenes del incendio y las de Google Maps de 2008 mostrarían **lana de roca**, un material incombustible. Lo que habría ardido son los 3 milímetros del forrado interior del panel de acabado, de polietileno.
El detalle importa porque el poder calorífico de ese material interior de los paneles es de **43,4 MJ/kg**, exactamente el mismo que el de la gasolina, según el cálculo que maneja el propio debate. La solución de aluminio tipo composite con núcleo de poliestireno fue legal en toda la Eurozona hasta hace poco y solo empezó a cuestionarse a raíz de la catástrofe de Grenfell. Sobre el siniestro de Valencia circulan además teorías de incendio provocado que no cuentan con ningún respaldo probatorio.
Conviene no perder de vista lo esencial: el poliuretano es un material legal. Su uso está regulado por normativa y su mera presencia en el libro del edificio no implica que la obra se hiciera de forma irregular.
Del SATE de los setenta a la fachada que se convierte en chimenea
El asunto trasciende un edificio concreto. La fachada de aislante térmico por el exterior —el SATE con poliestireno extruido— se ha plantado durante años en promociones enteras de los setenta y ochenta, y arde con ganas. La diferencia clave, apuntan los análisis más técnicos, es que la mayoría de esas soluciones no tiene cámara de aire entre el acabado y el aislante, por lo que no generan el efecto chimenea que sí aparece en los sistemas ventilados.
También se apunta al envoltorio estético: las placas de aluminio y composite no cumplirían más función que tapar muros de hormigón prefabricado levantados en una tarde. Decoración con pretensiones de exclusividad que, cuando llega el fuego, se comporta como decoración.
Quién paga la fachada nueva
El precedente británico pesa en todas las conversaciones. Tras el incendio de la torre de Londres, los propietarios de viviendas con fachada inflamable se encontraron con que debían costear de su bolsillo el cambio de revestimiento; hasta entonces no podían vender el piso, no podían obtener financiación nueva, su vivienda valía cero y las aseguradoras revisaban al alza las primas. La sensación que recorre el debate es que aquí se repetirá el guion: nadie responderá por haber homologado materiales combustibles y la factura acabará en el recibo de la comunidad.
La trampa de una vivienda carísima y vieja
Hay un hilo económico de fondo que casi nadie quiere mirar. Con los precios actuales no quedan fondos para renovar y rehabilitar un parque de vivienda antiguo, y menos para arreglar las chapuzas levantadas en pleno
boom. Se argumenta que los pisos deberían moverse en rangos muy inferiores para que la rehabilitación fuera viable, pero el mercado pide cifras que dejan cualquier derrama en el terreno de la fantasía. El certificado energético y la normativa medioambiental europea aparecen en varias intervenciones como el origen de intervenciones cuyo objetivo era ahorrar en la factura, no en la seguridad.
La probabilidad, sin embargo, es el argumento incómodo: si hay miles de edificios en la misma situación y solo uno se ha incendiado, algo particular pasó en ese. O, visto de otro modo, el resto simplemente ha tenido suerte hasta ahora. Con semejante combinación de registro en papel, materiales legales pero discutidos y propietarios sin culpa, cabe esperar que la próxima auditoría llegue, otra vez, después del próximo incendio.