Cada eclipse deja su cosecha de retinas quemadas en urgencias
Los servicios de urgencias madrileños afrontan una mañana más ajetreada de lo habitual: los primeros afectados por el eclipse ya están llegando con lesiones oculares. La cifra de «cien ciegos» que circula por las redes no es un parte médico, pero el fenómeno es real y tiene un coste sanitario que nadie quiere pagar.
No hace falta una exposición prolongada. Un caso documentado en el eclipse de agosto de 2017 en Estados Unidos muestra que seis segundos sin protección bastaron para causar daño irreversible. La retina no avisa, y las urgencias acaban asumiendo la factura de una imprudencia que se repite cada vez que la Luna se pone por delante del Sol.
El patrón se repite: las urgencias se llenan en día de eclipse
Lo más caro no es el acontecimiento astronómico, sino la previsibilidad del comportamiento humano. A pesar de las advertencias, cada eclipse deja una estela de pacientes con alteraciones visuales. En Madrid, a primera hora de la mañana, ya se registraban decenas de asistencias. Detrás de cada ingreso hay una baja laboral, una prueba oftalmológica, un tratamiento. Recursos que podrían haberse ahorrado con unas gafas certificadas.
La excusa de «no se podía saber» no se sostiene: los protocolos de prevención están publicados desde hace días. Pero hay quien prefiere confiar en la suerte a seguir una instrucción.
La próxima alineación volverá a poner a prueba la cordura de los observadores. Lo razonable sería que las campañas de advertencia funcionasen. La evidencia histórica invita a no apostar por ello.