Vive con 166€ de comida al mes y dona 200€ a ONG
Un presupuesto anual de algo más de 5.000 euros en gastos fijos, unos ingresos de 6.600 y un excedente que ronda los 900-1.000 euros. Sobre esa aritmética se ha montado una discusión que dura ya casi dos años y que toca tres nervios del momento: cuánto cuesta realmente comer, qué se hace con el dinero que sobra y si donarlo a una gran organización sirve para algo. El autor del desglose lo resume sin adornos:
«Me va bien. No necesito más».
Las partidas son concretas: 2.000 euros de comida, 1.400 entre comunidad e IBI, 1.000 de luz, agua y gas, 130 de seguros, 200 de donativos a la Fundación José Carreras y Aldeas Infantiles, 120 de telefonía y entre 200 y 300 de imprevistos. La cifra que ha hecho saltar la liebre es la de
alimentación:
unos 166 euros al mes, o lo que es lo mismo, poco más de cinco euros al día. La reacción mayoritaria ha sido la incredulidad.
¿Se puede comer con 166 euros al mes?
La respuesta que da el propio autor es que sí, y que no le hace falta más: huevos, arroz, pasta, pescado, carne, fruta y cereales, con analíticas que describe como excelentes. Rechaza de plano la comida ultraprocesada y precocinada, que es donde se va el presupuesto en la mayoría de hogares, y presume de no ser un comedor compulsivo. El contraargumento más repetido es que esa cifra solo cuadra si se come como un pajarillo o si se recurre a comedores sociales, a la casa de la madre o a los descartes del supermercado.
No todo el mundo lo descarta. Hay quien sostiene que comprando ofertas, cocinando y congelando, y renunciando a los preparados, cinco euros al día dan para comer de todo: leche, huevos, pasta, arroz, legumbres, fruta, verdura, yogures, cereales, salmón a razón de un lomo por semana y pollo o lomo de cerdo como proteína barata. El cálculo completo, partida a partida, es lo que permite discutirlo con números en la mano.
El donativo de 200 euros que nadie le pidió
El segundo frente es más áspero. La donación a dos organizaciones ha recibido respuesta hostil: se acusa al donante de tirar el dinero, de mantener estructuras que se quedan la mayor parte de lo recaudado y de no conseguir nada. La defensa del autor es simple:
«Hay que ser solidario con los necesitados», y prefiere ayudar en origen para que la gente no tenga que emigrar. La contraofensiva sostiene que buena parte de lo donado se queda en gastos de estructura y que el dinero rinde más entregado directamente a quien lo pide en la puerta de un supermercado.
El autor no se arruga: recuerda que una de las entidades se dedica a la lucha contra la leucemia y que las otras trabajan con menores. La discusión deriva hacia si el donante busca el efecto real o el beneficio moral de contarlo, y ahí el consenso se rompe del todo. Se argumenta que quien dona y lo pregona lo hace por postureo; se responde que la alternativa —no donar y callarse— no arregla nada.
De dónde sale el dinero: 66% de discapacidad
La pregunta más repetida a lo largo de la conversación es de dónde proceden esos 6.600 euros anuales. La respuesta llega tarde y descoloca: una prestación por discapacidad del 66%. Eso reencuadra el asunto. Ya no es un ahorrador extremo con sueldo de clase media, sino alguien con ingresos bajos que gasta poco porque vive con poco y que, aun así, destina 200 euros al año a terceros.
El propio autor añade que no quiere llegar a viejo y que no contempla hipoteca inversa ni planes de jubilación. El piso, según su versión, está pagado, lo que explica la ausencia de la partida más pesada en cualquier presupuesto español. Esa es la pieza que muchos consideran tramposa: sin alquiler ni hipoteca, cualquier cifra de gasto se vuelve presentable.
Qué se compara cuando se compara
El contraste con otros presupuestos es lo que da sentido al ejercicio. Frente a los 2.000 euros anuales de comida, aparecen casos con 6.000 euros en alimentación, 7.200 de hipoteca, 6.000 en colegios y ropa de niños, más seguros, suministros y provisiones varias. La diferencia no está en el ahorro fino: está en la estructura de vida. Un hogar con hijos, hipoteca y coche no puede replicar este presupuesto ni queriendo.
También hay quien apunta al detalle técnico: 120 euros al año de telefonía equivalen a diez euros al mes, una tarifa de bajo coste con cobertura discutible; 130 euros de seguros son pocos si hay hipoteca de por medio, porque el seguro de hogar y el de vida son obligatorios. Son matices que no tumban el presupuesto, pero lo sitúan en su contexto real: un perfil sin cargas familiares, sin deuda viva y con consumo mínimo.
La pregunta que queda flotando no es cuánto se puede ahorrar, sino cuánto de este presupuesto es replicable y cuánto es el resultado de una vida sin las partidas que se comen el sueldo de todos los demás.