Mochila 72 horas: 30 euros para sobrevivir cuando todo falle
Setenta y dos horas. Es el plazo que se atribuye a las fuerzas del estado para restablecer el orden tras un colapso, y la cifra que vertebra cada discusión sobre la
mochila 72 horas. La propuesta de partida era modesta: entre
20 y 30 euros, tirando de una mochila vieja, agua del grifo y las velas que duermen en un cajón. La respuesta no tardó: en ese plazo uno sobrevive «perfectamente» sin cambiarse de ropa, sin comer y con poca agua. Morirse, desde luego, no se muere.
Lo interesante no es la lista de la compra. Es la grieta entre quienes ven la mochila como simple prudencia y quienes la despachan como una fantasía de apocalipsis de baratillo.
Qué meter en la mochila de 72 horas y cuánto cuesta
El inventario base se apoya en lo que ya hay en casa: una mochila en desuso, documentación, algo de dinero, una botella de dos litros, dos o tres velas, comida de despensa (turrón, galletas, latas), un mechero promocional de menos de un euro, una navaja multiusos —
el elemento más caro de la lista—, una radio, ropa de abrigo, los útiles de aseo de un hotel, un mapa de la zona y un botiquín básico. Nada exótico. El presupuesto total: 20 o 30 euros.
Las correcciones llegaron a mansalva. Cambiar los calzoncillos por una manta y las velas por una linterna. Añadir brújula, chubasquero y un bastón largo. Sustituir lo perecedero por leche condensada de tubo, café ya preparado, chocolate y galletas. Completar el botiquín con paracetamol, yodo, vendas, gasas y agua oxigenada: el yodo tiene doble uso, porque tres gotas esterilizan un litro de agua en dos horas. Sumar papel higiénico y un preservativo sin lubricante, útil para aislar un dedo herido o guardar algo a salvo de la lluvia. Y, si el presupuesto da, tirar de catálogo militar: mochilas
SADF M83, ALICE L, Bundeswehr o PLCE británica, cuerda de paracaidista, pala plegable y un par de botas de repuesto.
El capítulo de la luz merece su propio párrafo. Las linternas frontales con pilas AA escasean y las que hay no son precisamente baratas; la alternativa es acoplar una linterna normal a una banda para la cabeza. Con las radios portátiles pasa otro tanto: quedan pocas capaces de aguantar tres días encendidas con dos pilas.
¿Cuánta agua hay que llevar en una mochila de emergencia?
Dos litros son el mínimo. Con eso no se aguantan 72 horas, pero cargar más a la espalda se paga en kilos, así que la solución más repetida es añadir una botella pequeña de 500 ml y un bote con cuentagotas para potabilizar. Las pastillas purificadoras compiten con la lejía casera; un pañuelo de algodón como filtro aparece también en las recetas más manitas.
Catástrofe natural y apocalipsis madmaxista: dos escenarios incompatibles
Aquí se mezclan dos películas. Una es la catástrofe natural o el toque de queda: corto, controlado, con la luz volviendo. La otra es el colapso descontrolado, ese que algunos parecen hasta desear. Para el primero, una mochila decente sobra. Para el segundo, no hay mochila que valga.
Hay quien sostiene que una buena arma rinde más que cualquier inventario, porque permite «ir robando las mochilas de los demás». En contra pesa un argumento incómodo: en un saqueo, llevar la mochila bien visible es lo último que conviene. La masa protege; el que sale corriendo llama la atención. Y en descampado, mejor la soledad que las multitudes.
La experiencia pesa más que el equipo
Las voces con más kilómetros en el monte insisten en lo mismo: sin experiencia, el equipo no salva. Una noche invernal a la intemperie puede matar por hipotermia, y eso no lo arregla una manta mal usada. Cruzarse con una manada de lobos es tan probable como ser abducido por un ovni; cruzar un río crecido o pillar una tormenta eléctrica, no.
El contraargumento va en dirección opuesta y no le falta razón: esto no es la selva malaya ni las Rocosas, es España. Salir pitando al monte sin tener ni idea puede acabar peor que quedarse en casa. Mejor marcar en el mapa los invernaderos a menos de diez kilómetros, rajar un plástico, dormir caliente y comer tomates.
Para quien quiera ampliar el kit con recursos de verdad, se cuelan recetarios de plantas consideradas hierbajos y que resultan comestibles:
Entre los trucos caseros circula uno especialmente vistoso: encender fuego con una pila cuadrada de nueve voltios. No sustituye al mechero, pero da conversación.
De la lista de la compra al producto: la mochila como negocio
No falta quien ve el filón comercial. La ocurrencia: vender tres packs —una Mochila72h básica, una versión de 144 horas con forro fotovoltaico para recargar pilas y una gama alta con sedal y trampas—. De la necesidad, virtud; o del miedo, margen.
Y una duda que sobrevuela todo el asunto sin respuesta: la lista está pensada para quien tiene techo. Para quien se queda sin él y piensa en una mochila y una bici, el problema cambia de dimensión.
¿Merece la pena invertir esos 30 euros en un kit que quizá nunca se abra? La respuesta depende de una pregunta previa que nadie termina de contestar: ¿de qué catástrofe estamos hablando?