Muere Presley Gerber, hijo de Cindy Crawford, a los 27 años
Presley Gerber, hijo de la supermodelo Cindy Crawford y hermano de la también modelo Kaia Gerber, ha fallecido a los 27 años en un centro de rehabilitación del condado de Los Ángeles. Lo confirmó el médico forense, que no ha detallado por el momento las causas del fallecimiento. El joven murió este domingo, según la información difundida el 21 de septiembre de 2026. Sobre el papel tenía todo lo que se supone que protege: apellido, dinero y una familia sin traumas conocidos.
Nada de eso lo salvó. Y ahí empieza lo interesante.
Qué se sabe de la muerte de Presley Gerber
Los datos son escasos. El forense del condado de Los Ángeles confirmó la muerte en un centro de rehabilitación. El modelo arrastraba problemas de salud mental reconocidos públicamente. Las causas no han trascendido.
Es decir: se sabe dónde, se sabe quién y no se sabe por qué. En ese hueco caben todas las teorías y ninguna prueba. Conviene decirlo antes de que cualquier relato —el compasivo y el cínico— ocupe el vacío.
La ibogaína: la terapia experimental que él mismo contó
Antes de morir, Presley Gerber habló en sus redes sociales de un tratamiento poco convencional. Se sometió a una terapia con ibogaína, un alcaloide psicoactivo de origen natural africano que se presenta como capaz de interrumpir adicciones y síndromes de abstinencia de manera acelerada. Está prohibido en Estados Unidos y su uso clínico es experimental. Su propia descripción del proceso, recogida por varios medios, fue contundente: le aterrorizaba.
No hay ninguna confirmación de que ese tratamiento tenga relación con la muerte. Y precisamente por eso conviene no cruzar la línea: una terapia experimental, por discutible que sea, no es una causa forense.
Hijos de famosos: el precedente que vuelve a aparecer
Hay quien recuerda que otra modelo de los 90, Stephanie Seymour, perdió años atrás a un hijo por drogas. El patrón —hijo de estrella, carrera en el modelaje desde la adolescencia, final temprano— se repite lo suficiente como para que la anécdota deje de ser anécdota.
La mayoría de casos no acaban así, y eso hay que decirlo. Pero cuando se acumulan, la pregunta deja de ser morbosa y pasa a ser estadística: ¿cuántos hijos de celebridades desarrollan problemas serios frente a la población general? Nadie ha puesto el número encima de la mesa. Es una de esas cifras que faltan porque a nadie le interesa calcularlas.
¿Puede el dinero comprar salud mental?
Es el eje del desacuerdo. Una corriente sostiene que el exceso de recursos, ocio sin propósito y acceso ilimitado a sustancias desinhiben y aceleran la caída. La otra recuerda lo obvio: la enfermedad mental no distingue entre un apartamento en Malibú y un piso en Vallecas, y tratar la depresión o la adicción como un problema de disciplina es no haber entendido nada.
Richard Nixon, poco sospechoso de sensibilidad social, dejó una frase que circula cada vez que se muere alguien rico y joven: los más infelices del mundo son los que viven en los lugares de recreo, con fiesta cada noche y demasiado poco pensamiento.
El forense hablará cuando tenga que hablar. Mientras tanto, el caso quedará donde suele quedar todo: con una familia destrozada, un tratamiento experimental bajo sospecha sin pruebas, y una cifra de muertes jóvenes en el entorno de la fama que nadie sigue contando. Lo más probable es que la causa se archive como un problema de salud mental y se olvide. Lo más útil sería lo contrario.