Bartolomé Beltrán, el divulgador médico que murió a los 74 años
Atresmedia Comunicación lamentó la muerte de Bartolomé Beltrán con un mensaje en el que lo describe como «referente durante décadas en la divulgación médica en TV, radio y prensa» y recuerda que formaba parte de la casa desde su fundación. Ni una palabra sobre la causa. La edad, eso sí:
74 años, los que le atribuyen quienes comentaron la noticia. Y con la edad llegó todo lo demás: si quien explicaba cómo cuidarse se va a los 74, ¿de qué sirven los consejos? Buena parte de las réplicas acabó discutiendo exactamente eso: longevidad, hábitos y las cuentas que nadie quiere mirar de frente.
Quién fue Bartolomé Beltrán en la radio y la televisión
Antes de ser el médico que aparecía en pantalla, Beltrán formó parte de la
mítica Antena 3 Radio, la de Antonio Herrero, Miguel Ángel G. Juez, Balbín, JM García y Pumares. Después llegó la televisión, con formatos de divulgación sanitaria que no rehuían las imágenes duras.
Quien los vio recuerda retransmisiones quirúrgicas de una crudeza notable: tumores de mandíbula que comprometían el hueso, injertos tomados de la cadera y dos operaciones seguidas para reconstruir lo que la enfermedad se había llevado, todo emitido con pelos y señales. El efecto era curioso. Después de ver aquello, según cuentan, a uno se le quitaban las ganas de pisar un hospital por una buena temporada. Hubo también espacio para intervenciones de cambio de sexo en los inicios de la cadena, y para un programa de medicina en la madrugada de los sábados que tuvo su público fiel.
Divulgación, sí. Milagros, ya veremos.¿Por qué su muerte reabre el pulso entre genética y hábitos de vida?
Porque el caso, se mire como se mire, no encaja en el manual. Los ejemplos que se citan van todos en la misma dirección incómoda.
Santiago Carrillo, fumador pertinaz al que dejaron de sacar en televisión porque era incapaz de estar sin cigarro en la boca, llegó a los
97 años. Manuel Fraga, obeso durante casi toda su vida, también superó con holgura al doctor. La longevidad verificada tiene sus propios mitos: según se recuerda en el hilo, la persona más anciana con registros fiables murió con
122 años, y el récord masculino está en
116. Nadie discute esas cifras. Lo que se discute es qué las explica.
Un forero cuenta su propio caso familiar. Un abuelo paterno y un padre murieron ambos con
63 años; un hermano, con 65. La abuela paterna llegó a los 90, una hija a los 94, otra anda por los 93 y otro hijo murió a los 90. El padre era el que más se cuidaba de los cinco hermanos. Fue el primero en irse.
Frente a los folletos, un argumento se repite: el salto real de la esperanza de vida lo dieron
hervir el agua y lavarse las manos; el resto son decimales. Los grandes pensadores griegos ya pasaban de los 80 hace más de dos mil años. Y otro lo resume con un determinismo tranquilo: se viene al mundo con hora de entrada y de salida, así que de lo que se trata es de que el trayecto sea lo más llevadero posible.
Los dos litros de agua, los suplementos y el negocio del antienvejecimiento
Los
dos litros de agua diarios que recomiendan todos los expertos se topan con señoras de 90 años que viven solas, no beben agua ni comiendo y están como una rosa. No es un caso aislado: es un tipo de familiar que aparece en casi todas las familias y que deja el consejo oficial en evidencia.
El catálogo antiedad tiene su propia historia. La procaína y el
gerovital que popularizó una doctora derivaron después en compuestos a base de DMAE y PABA, más caros y, según quien los toma, más eficaces para el cerebro; otros se quedan con la versión barata por pura aritmética doméstica. En medio, los multivitamínicos de prevención, acusados de cargar los riñones sin beneficio demostrado y de engordar a una industria con márgenes cómodos.
Conviene un matiz que suele perderse en la refriega: la diálisis alarga la vida, pero no la devuelve. Y nadie sabe, en realidad, qué dolencia o qué insuficiencia arrastraba este hombre ni si seguía el tratamiento adecuado. Se murió, y eso basta para que cada cual arrime el dato a su tesis.
Del cuerpo al bolsillo: pensiones y coste sanitario
El otro giro, el económico, llegó cuando alguien puso precio a la longevidad. La discusión derivó hacia el gasto sanitario de las últimas décadas de vida y hacia
pensiones que se cobran durante 30 años seguidos. La respuesta también apareció: las pesetas cotizadas en 1978 no pagan la nómina del médico de hoy; las cotizaciones actuales financian servicios actuales y no existe ninguna hucha mágica. Los descuentos para mayores y los viajes del IMSERSO entraron en el lote como símbolo de un reparto que a una parte le parece injusto.
Es un pulso viejo, el de quién paga y quién cobra, disfrazado esta vez de duelo. También hubo quien extendió el reproche a los divulgadores sanitarios por su papel durante la pandemia, sin aportar ninguna prueba de lo que sostiene. Esa acusación circula sin respaldo documental y así queda: como afirmación de terceros, no como hecho.
Lo que queda sin cerrar
Los datos de longevidad están sobre la mesa y no hay manera de ordenarlos. La genética explica lo que los hábitos no alcanzan; los hábitos explican lo que la genética no cubre. Y cada familia guarda un caso que rompe la regla. Beltrán, que pasó décadas explicando el cuerpo humano, murió a los 74 y dejó la pregunta donde estaba: si el manual funcionara, esto sería mucho más fácil de contar.