Getafe: de la coca rosa en el Red Bull a una muerte natural
¿Cómo se pasa de un envenenamiento con dos gramos de cocaína rosa a una muerte natural en cuestión de días? El caso de Rayan H., el chico de 14 años fallecido junto a la estación de metro de Los Espartales, en Getafe (Madrid), arrancó con un relato demoledor. Unos jóvenes a los que había conocido por Instagram le habrían echado dos gramos de «tusi» en una lata de Red Bull. Ni él ni sus dos amigos se percataron. Después, los desconocidos huyeron por el metro y,
según el relato de las fuentes consultadas, colgaron un vídeo en redes mofándose del menor. Ese vídeo ya ha sido borrado.
A los pocos minutos, el chico cayó desplomado. Los sanitarios del Summa 112 atendieron una parada cardiorrespiratoria y no pudieron reanimarle. La Policía Nacional abrió una investigación por homicidio y el asunto pasó al fiscal de Menores. Los padres denunciaron. El joven fue enterrado un domingo. Todo eso, con el relato del envenenamiento todavía intacto.
El giro del relato: qué concluye la autopsia
La primera versión duró poco.
El Mundo publicó una actualización en la que el niño había ingerido la bebida energética de forma voluntaria, «en contra de lo que trascendió en un primer momento». Semanas después fue
El País el que soltó el dato más incómodo: el informe de autopsia definitiva, en manos de los investigadores, concluye que el fallecimiento se debió a un paro cardíaco súbito y califica la causa legal de
muerte natural. No había consumido drogas, indican fuentes policiales.
El 16 de febrero queda así en los registros como la fecha de una muerte que primero fue un crimen y luego, según el documento forense, no lo fue. Conviene decirlo con precisión: lo que circula son conclusiones atribuidas a fuentes policiales y a informes filtrados, no una resolución judicial. La instrucción sigue su curso.
Qué lleva de verdad el tusi y por qué se paga a 100 euros el gramo
El nombre engaña. El «tusi», según lo que se explica en el hilo, viene de las siglas del 2CB, una sustancia psicodélica… que casi nunca está dentro de lo que se vende bajo esa etiqueta. Lo habitual, según los participantes que desmontan la mezcla, es una combinación de
ketamina, MDMA en polvo y cafeína con colorante rosa de repostería para darle el aspecto característico, a la que a veces se añaden opioides.
El precio tampoco ayuda al relato. La cocaína rosa se coloca entre
100 y 120 euros el gramo, según los cálculos que manejan los usuarios del hilo, por encima de la cocaína convencional, aunque su composición sea más barata que la de aquella. Un negocio de márgenes absurdos que se sostiene sobre la fama del nombre. Dos gramos son unos 200 euros volando en una lata.
El detalle farmacológico importa: hay quien añade que dos gramos de ketamina de golpe no son una raya, son un mazazo al sistema nervioso central. Es un anestésico, y una sobredosis de anestésico para el corazón.
Vaya por delante que eso describe una hipótesis de sobredosis, no lo que la autopsia acabó determinando.
La economía de una broma imposible
Aquí es donde el primer relato hacía aguas. Nadie regala droga. Ni dos gramos. Ni a un desconocido. Es el argumento que más se repite al mirar las cuentas: si el producto vale entre 100 y 120 euros por gramo, la escena de unos chavales gastándose
200 euros en envenenar a un crío que acaban de conocer por redes no cierra por ningún lado.
La explicación alternativa que surgió en la conversación tenía más lógica interna: un grupo que pone dinero entre varios para probar la sustancia, la echa en la bebida para repartirla y el primero que bebe se lleva la dosis entera. Encaja con el desplome súbito. Encaja con que nadie saliera corriendo antes. Y encaja, sobre todo, con que la autopsia luego no encontrara nada.
Ese es el punto ciego que queda. Las tres versiones conocidas —envenenamiento ajeno, ingesta voluntaria y muerte natural sin tóxicos— no son compatibles entre sí. Solo una puede ser cierta.
Legalizar: el argumento del ladrillo neerlandés
El caso reabrió el viejo debate sobre la prohibición. Hay quien sostiene que legalizar acabaría con buena parte de la delincuencia asociada al tráfico, y quien responde que el problema no es la sustancia sino el mercado negro que la envuelve.
Entre los ejemplos que se citan está Países Bajos, donde se argumenta que veinte años después de regular ciertas sustancias se han reconvertido cárceles en centros culturales por falta de internos. Es un dato que se repite
de oídas: no aparece respaldado por ningún organismo oficial en el material disponible y conviene tomarlo con reservas. La discusión de fondo —cuánto de la criminalidad violenta vive del prohibicionismo— sigue abierta y sin cifras cerradas.
Catorce años: ¿debería responder ante la ley?
Otra línea de discusión se centró en la edad penal. Se defiende con frecuencia que a partir de los 13 o 14 años ya hay conciencia y fuerza suficientes para cometer una barbaridad, y que la respuesta no puede ser la impunidad. Enfrente pesa el argumento contrario: un menor no se gestiona con lógica de adulto, se gestiona con medidas de reforma.
En este caso concreto, la pregunta quedó en el aire: sin delito acreditado, no hay imputación que discutir. La causa pasó al fiscal de Menores, que debía tomar declaración a los implicados una vez identificados.
No ayudó a la cordura que una parte de las reacciones derivara hacia generalizaciones sobre colectivos y hacia el insulto fácil. Ruido que no esclarece nada.
Lo que queda por saber
Un chaval de 14 años está enterrado. Y la causa oficial de su muerte, a la fecha de esta discusión, es un paro cardíaco natural. El relato que conmocionó al país duró menos que el funeral.