Muere un policía local de 32 años al salirse su patrulla persiguiendo a un conductor que huyó de un control
¿Puede un agente perder la vida intentando detener a un conductor que se da a la fuga? En Monforte de Lemos, la madrugada del 23 de agosto de 2025, la respuesta fue sí.
Eusebio Cuesta Vázquez, de 32 años, policía local de la localidad, falleció en el acto cuando el coche patrulla en el que perseguía a un conductor que se había dado a la fuga se salió de la calzada en la curva de Ribas Altas y se empotró contra los soportes metálicos de un parral. Su compañero,
Francisco Cao de Jesús, sobrevivió y quedó ingresado en el hospital de Monforte. El fugado, según las fuentes citadas en la información, ya está identificado y detenido.
El suceso ocurrió pasadas las dos de la madrugada, en la salida de la antigua carretera de Monforte a Lugo. El control estaba en la calle Leopoldo Calvo Sotelo. Los agentes observaron síntomas de ebriedad en el conductor, le emplazaron al test de alcoholemia y este, tras increparles y tratar de impedir la prueba, aceleró en dirección a Lugo. La persecución subió por la calle Morín hasta la curva próxima a la rotonda del corredor. Ahí terminó todo.
Un apellido que ya estaba en la plantilla
El agente fallecido había vuelto a su pueblo tres años antes. Su plaza estaba en Ferrol y regresó a Monforte al incorporarse a la plantilla municipal por un concurso de traslados. Estaba soltero. Su padre,
Manuel Ángel Cuesta Casar, también fue policía local en Monforte, igual que su abuelo, Eusebio Cuesta, y murió de forma prematura por una enfermedad. Tres generaciones en el mismo cuerpo, en la misma localidad.
El alcalde,
José Tomé, trasladó sus condolencias a la familia y anunció tres días de luto oficial. El comunicado municipal habla de cariño, apoyo y afecto a la familia, a los compañeros de la Policía Local y al resto del personal del Concello.
¿Se le puede imputar la muerte al conductor que huyó?
Es la pregunta que recorre cualquier conversación sobre este tipo de siniestros. La respuesta corta: depende de lo que acredite la instrucción. La fuga y la negativa a someterse al test son infracciones claras —administrativas y, según cómo se califiquen, penales—, pero convertir eso en un homicidio por imprudencia exige demostrar una relación causal entre la huida y el accidente. Hay quien sostiene que quien provoca una persecución a alta velocidad asume el riesgo de lo que ocurra después; en contra pesa el argumento de que el deber de perseguir y el modo de hacerlo corresponden exclusivamente a los agentes, y que un accidente de tráfico es, por definición, un accidente.
El dato que se cita en el debate: dos de cada tres muertos iban serenos
En el fondo del asunto late una estadística que se repite cada vez que se discute el binomio alcohol y volante.
Dos de cada tres fallecidos en carretera no habían bebido una gota, según una cifra que se maneja en estos debates. El titular fácil —el borracho mata— se complica cuando el borracho resulta ser, según algunos intervinientes, el que conducía mejor que el que le perseguía. No es una defensa del alcohol al volante, que sigue siendo la primera causa de siniestralidad evitable. Es un recordatorio de que la mayoría de los muertos de tráfico no salen en los controles.
Persecuciones: el riesgo que nadie audita
Las persecuciones urbanas son una de las maniobras más peligrosas del catálogo policial y, sin embargo, apenas existen protocolos públicos sobre cuándo abortarlas. La curva de Ribas Altas, con la travesía del Morín desembocando en ella, no es un circuito. Un coche patrulla a las dos de la madrugada, a velocidad de persecución, contra las vigas de un parral: el resultado estaba escrito. La pregunta que no se hace casi nunca es si el objetivo —identificar a un conductor ebrio— justificaba el riesgo asumido. El conductor fugado está detenido. El policía está muerto. La ecuación no cuadra por ningún lado.
Al final, el único que no va a poder declarar es el que se estrelló. Al otro le harán la prueba de alcoholemia en el juzgado, con abogado y todo. La justicia tiene esas ironías.