De Queen a Bad Bunny: la música como termómetro de la decadencia
La
música popular ha pasado de exigir voces prodigiosas y arreglos instrumentales complejos a premiar el autotune y el playback. El diagnóstico recorre un siglo de industria discográfica: desde los sellos que dejaban trabajar a los artistas hasta los ejecutivos que hoy imponen fórmula, imagen y coreografía. El resultado es una producción masiva donde el talento importa menos que el algoritmo.
El negocio cambió: de industria a máquina de éxitos
Hubo un tiempo en que las discográficas eran industrias serias, con departamentos artísticos que sabían de música. Los ejecutivos no entendían el producto, pero dejaban hacer a los músicos y a los productores porque no quedaba otra. En cuanto empezaron a saber, llegó la fórmula: sube al escenario, ponte esta ropa, canta esto, baja y tira para casa. La anécdota la recordaba uno de los Gallagher, y resume el cambio de modelo.
El
autotune y los arreglos electrónicos en tiempo real sustituyeron a la calidad vocal e instrumental. Antes hacía falta cierta destreza; hoy basta con un playback bien montado. La consecuencia no es solo estética: el gusto musical de la gente también ha caído. Hay fenómenos que se vuelven famosos sin que nadie entienda muy bien por qué.
La teoría de la rana hervida
La degradación no fue un salto, fue una pendiente. La música para masas alcanzó su cenit en los
años 60, 70 y principios de los 80. A partir de ahí, todo empezó a degenerar hasta el punto actual. Es el argumento de la rana hervida: nadie nota el cambio porque se produce gota a gota. Cada generación cree que la anterior exageraba. La abuela pensaba lo mismo de los Beatles y venía de la zarzuela.
Hay quien sostiene que el proceso arranca antes, con el liberalismo y la destrucción de los tabúes, y que se acelera con la mercantilización de la música. Otros sitúan el punto de no retorno en
2004: cine, televisión, música y costumbres habrían entrado en una fase de calidad inferior. La fecha exacta es discutible; la dirección, no.
El reguetón como síntoma, no como causa
El reguetón no es el problema, es el termómetro. Se le está dando una relevancia que no tiene: es el Caribe Mix que venía en cinta en el 2000, pero elevado a categoría de movimiento cultural. La diferencia con Queen es de uso: a Queen se le pone en casa para escuchar algo de calidad; al otro, en una fiesta donde la música importa una mierda. Esa es la distancia.
La industria también juega con la demografía. Se argumenta que el reguetón se empujó desde arriba en España durante la burbuja del ladrillo, igual que el eurodance con cantantes del este acompañó otro flujo migratorio. La música es un medio de propaganda más, moldeado según las necesidades de la época. No hace falta ser conspiranoico para ver el patrón.
El talento sigue existiendo, pero fuera del foco
No todo está perdido.
Joe Bonamassa publica un disco por año desde 2000 y en estas tierras no le conoce casi nadie. Muse tiene más calidad en un solo tema que en toda la discografía de reguetón junta. El problema no es la ausencia de talento, sino la incapacidad del gran público para distinguirlo. La masa mono neuronal no busca calidad, busca dinero fácil.
Internet, que para el 90% es TikTok, para otros ha servido para descubrir obras inéditas de Vangelis o la discografía de Arvo Pärt. La herramienta es la misma; el uso, opuesto. Mantenerse al margen de la masa no cuesta tanto, pero exige renunciar al dogma del mal gusto imperante.
La comparación que nadie hace: entradas y cachés
Falta un dato que cerraría el debate: el precio de las entradas y el caché de los músicos en los dos conciertos comparados. Si Freddie Mercury llenaba estadios con una voz que clavaba cada nota y Bad Bunny los llena con playback, la diferencia de coste para el espectador debería ser la prueba. Nadie la ha puesto sobre la mesa.
El negocio ha cambiado de dueño. Antes el director artístico descubría talento; hoy el algoritmo lo fabrica. La pregunta no es si la música de antes era mejor, sino si el sistema actual permite que exista algo mejor. La respuesta, por ahora, es que no le interesa.
Con estos mimbres, cabe esperar que la brecha entre música de consumo y música de calidad se ensanche. No porque el talento escasee, sino porque el incentivo económico premia lo contrario. La predicción es incómoda: lo que hoy parece el fondo puede ser solo una etapa intermedia.