La paradoja del eclipse: ni para cruzar el monte, sí para votar
Soria vive hoy un eclipse total de Sol, con el atardecer adelantado una hora. Las autoridades han cerrado los caminos rurales públicos de la provincia para evitar un desastre: se espera una avalancha de turistas, y en algunos núcleos la población se cuadruplicará. El argumento oficial es el fuego. Los visitantes, ajenos a la normativa antiincendios, son un riesgo objetivo. Los partidarios de la medida sostienen que, en un día así, el campo no puede quedar a la intemperie.
La bronca, sin embargo, no es menor. Los habitantes de Soria, que llevan toda una vida haciendo romerías y meriendas a la orilla del río, interpretan el cierre como un insulto: se les trata como menores que no saben pisar un sendero sin vigilancia. Y aquí aparece la paradoja que recorre la opinión pública: si no se les permite caminar por un monte público sin tutela, ¿por qué se les permite elegir a quien les gobierna?
Hay quien va más lejos y sostiene que el voto es un placebo, un papel en una caja que da la ilusión de decisión. En esa lectura, la restricción del eclipse encaja con un patrón de control, no de protección. El malestar económico añade leña: con la deuda y la productividad que arrastra el país, algunos ven en la ciudadanía un elemento sobrante al que hay que mantener quieto y satisfecho. El argumento se repite: España adeuda demasiado y produce demasiado poco como para que su gente importe algo.
El cierre de caminos es una medida puntual, un día excepcional. Pero la pregunta que deja no tiene fecha de caducidad: ¿hasta dónde puede el Estado restringir la libertad de movimientos de ciudadanos a los que, a la vez, considera capaces de decidir el rumbo del país? Soria es la provincia con menos densidad de población de España, un privilegio para quien busca silencio. Hoy, ese silencio se ha vuelto obligatorio. La paradoja queda abierta.